Enrique Serna es de los escritores más originales y emblemáticos de la literatura mexicana desde hace años. Su prosa atrapa, contagia con buen ánimo, con sentido del humor, con trama bien atada con nudos sólidos, y sobre todo, con personajes que se transforman en memorables.
En esta ocasión Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) llega con La sangre erguida, un cántico a la sexualidad, un tratado del viagra en esta época, conformada por tres historias que se enlazan de maneras naturales en una escenografía que eligió Barcelona porque allí, caminando por Las Ramblas todo puede pasar.
Ferrán Millares, 47 años, es un solitario que desde su primer intento de relación sexual quedó marcado por la poca funcionabilidad de su miembro. Desde una cárcel en el viejo continente narra su pasado: “Yo no tengo atenuantes ni disculpas: soy el único arquitecto de mi desgracia íntima de un cobarde que nunca tuvo agallas para batirse a duelo con sus complejos”.
Aunque también se da tiempo para la filosofía: “Supongo que el sexo, en condiciones ideales, debe ser un alegre abandono a los caprichos voluptuosos del inconsciente”. Ferrán descubre gracias a una madura compañera indirecta de trabajo que todavía puede ejercer como hombre.
Sin embargo sólo es gracias a la ayuda de la pastilla azul como puede tener erecciones, y gracias a la buena combinación de su galanura con su facilidad de palabra seductora y una excelente administración del medicamento consigue triunfos que de otra manera sólo en sueños hubiera visto.
Ligar ya era parte de su manera de ser, tenía el poder que quería, incluso se lió con la esposa de uno de los más importantes accionistas de la empresa donde laboraba, lo cual al inicio le llevó a recibir premios como un lujoso automóvil en compensación a su esfuerzo físico; además se dio tiempo de fraguar venganza de aquella mujer que le paralizó la hombría cuando eran jóvenes.
Quién le vendía el producto era Bulmaro, un veracruzano que tenía una familia y era dueño de un taller mecánico, pero que dejó todo por Romelia, una cantante centroamericana que de gira por el puerto flechó a quien le puso casa y lo que tenía de ahorros a su disposición para alcanzar su sueño de ser cantante, pasos que los llevaron a Cataluña.
Allá, Bulmaro no tenía le dinero suficiente para montar un negocio y mientras estaba en casa realizaba todas las tareas que en su anterior hogar nunca realizó: limpiar, lavar, guisar, entre otras, perdiendo de a poco su voluntad. Lo dominaba su profundo deseo sexual por esa mujer que con un solo roce le hacía vibrar.
Romelia se la pasaba en la mañana durmiendo, para posteriormente hacer algo de ejercicio e ir trabajar en un bar donde cantaba con un grupo musical, lugar hasta al que un día llegó un supuesto productor que le haría su sueño realidad, despertando los más altos celos de Bulmaro, pero no ejercía mayor presión por temor a que lo dejara, aunque cuando él tomó la decisión, ella lo controló de inmediato y con los mimos sexuales lo tenía más que a la mano.
El negocio de la venta ilegal de viagra tenía sus riesgos y el peso de la ley le cayó encima al chino que le vendía el producto a Bulmaro y luego a éste después de tomarle la medida varios días. Ya lo venían siguiendo, incluso se tuvo que refugiar sin pedir permiso en la casa de Juan Luis.
Argentino, estrella del cine porno, aunque ya en la etapa final de su carrera, Juan Luis Kerlow llegó a Barcelona porque un productor lo quería en sus filas como actor exclusivo y además le publicarían sus memorias. Desde los diez años tuvo el poder Juan Luis de manejar con la mente sus erecciones, dando placer a las cientos de mujeres con las que se había acostado ya sea por trabajo o por placer.
Consejos de un actor porno como “El sueño dorado de toda mujer era alzar la varita del mago con el magnetismo de su belleza”, dejan ver algunas de sus páginas, que primero fueron tecleadas por un fantasma, aunque luego cobraron vida de su puño y letra, así como también cobró vida su miembro al verse enamorado de una chica sencilla en un contexto de lo más casual.
Luego de ese encuentro su vida profesional sufrió las consecuencias de la realidad, no pudo tener erecciones en sus filmaciones, y ¿de qué sirve un actor de cine pornográfico si no puede tener el miembro erguido?, si no es para blanco de críticas y burlas, que fue precisamente lo que le sucedió a Juan Luis. Al notar su cambio físico, decidió darle cause al amor y dejar de lado todo, arreglando lo posible para no dejar tirada la película.
La relación de Juan Luis con Bulmaro se debía a sus respectivas parejas, quienes iban juntas a hacer ejercicio y, posteriormente el actor le iba a facilitar el recurso económico a Bulmaro para montar su taller mecánico en Barcelona, pero todo se derrumbó inmediatamente después de la boda de Juan Luis con Laia al enterarse ésta de la profesión que ejercía su ahora esposo.
Con un ritmo ascendente, con capítulos redondos que van haciendo de la trama interesante cuál ágil, y con finales que pueden parecer predecibles pero no dejan de sorprender, La sangre erguida de Enrique Serna comprueba la hechura de una novela que atrapa, que habla de las cosas reales, que tiende a hacer partícipe al lector y andar por esas calles o esos bares de España. Y que lleva en el lenguaje a un partícipe más de la trama.
Enrique Serna, La sangre erguida. Seix Barral, México, 326 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡
domingo, 4 de septiembre de 2011
jueves, 18 de agosto de 2011
¿Y usted de qué se queja?
La pregunta tiene sentido, pues no es un reclamo. Es una simple cuestión y en ese tono debe leerse. ¿Usted de qué se queja hoy? Ello inspirado en que pareciera que en la sociedad contemporánea se respira un ambiente de reclamo, que inicia a veces desde lo que pareciera más pequeño.
Si bien en cuanto a gustos contamos ya sea con un equipo favorito, o alguna película de moda de la cual en las reuniones cotidianas hablamos, todo hace indicar que la modernidad exige la pertenencia de una queja para formar parte de los diferentes círculos sociales.
La queja la escuchamos en todos los niveles socioeconómicos, es como un requisito para ingresar a las diferentes dinámicas grupales: quienes se quejan del jefe, del vecino, quienes tienen un listado de puntos en contra de un profesor, las de la ex pareja o, más aún, la de la familia de la ex pareja. O las ya tan gastadas contra los gobernantes. Como sea, el caso es que vivimos con la queja de cada día, aunque esto a veces no sea del todo cierto.
Me refiero a que a veces mentimos en nuestras quejas o las exageramos por quedar bien, por no estar apartados, por estar in y no out de la discusión. Hoy, incluso, es tan común, que buscamos en los recovecos de mayor agrado para encontrar la queja a un hecho que tal vez no lo ameritaba, y es que si se habla bien al 100 por ciento de algo, no lo cree el espectador que escucha atento y espera, ya acostumbrado, la queja por venir.
Hemos generado incluso canales para recibir estas quejas: allí están los buzones que intentan despistar anunciando que también reciben reclamos, sugerencias y felicitaciones, recuérdese los supermercados o aeropuertos; en algunos vehículos que transportan productos de marcas de prestigio colocan de manera visible un número telefónico para llamar si tiene alguna queja contra la forma de conducir del operador de esa unidad (claro, se debe tomar el número de la unidad y, ya de paso, la dirección y horario para sustentar la queja).
Ese marco pareciera obligar a que hoy en día adoptemos o generemos una queja cada día, incluso en las relaciones de pareja, cuando no hay ningún problema a la vista, alguno de los dos integrantes de la relación piensa que ése en sí es un problema. Traducción: el problema es que no hay problema. Se piensa erróneamente, la mayoría de las veces, que después de la calma vendrá la tempestad. Inevitable recomendar la lectura de Amor líquido del filósofo Zygmunt Bauman.
Otro ejemplo de las quejas comunes se da en los diversos foros académicos cuando el expositor, al concluir su ponencia, inquiere a los integrantes del auditorio si tienen algún comentario o pregunta, a lo cual no falta aquel que quiere hacer su propia exposición basada en alguna queja sobre la ponencia del experto. Todo concluye con un aburrimiento y con la ausencia de la pregunta o comentario y ésa sí genera queja de los demás espectadores.
Las dolencias físicas son el botón de mayor muestra de la queja cotidiana. Las nuevas generaciones no aguantamos estoicos como las de antes el dolor físico, se han generado medicamentos para contrarrestar el malestar; por ello, ante una cortadura leve, dolor de cabeza y no se diga dolencia de muelas, parece que el mundo se le vino encima al doliente, y de inmediato pide licencia, permiso, incapacidad y misericordia de quienes lo rodean.
La recomendación en todo caso no es ya aguantarse el dolor —si se tiene, consulte al experto —, sino que en el continuo de quejas que a diario esbozamos, veamos cuáles valen la pena exponer y cuáles en verdad no ameritan llamarlas quejas.
Haga un esfuerzo este día, observe y escuche a su alrededor, las charlas grupales pueden ser un gran foro, allí habrá quejas contra el presidente, contra algún equipo o deportista de moda, contra el programa de televisión que aún no ha visto pero ya calificó, alguna contra el modus vivendi de un familiar, contra lo alto que están los precios. Sopese si eso vale la pena calificarlo como queja, luego mire si no es usted la persona que los enunció, o sea, el quejoso.
De tanto quejarnos, luego no nos quejemos de que alguien se queje de nosotros. Y esto es más que un juego de palabras. A final de cuentas hablar de algo es una forma de desearlo, y si habla todo el tiempo de quejas qué cree usted que obtendrá.
Texto aparecido en CAMPUS de Milenio Diario el día de hoy jueves 18 de agosto de 2011.
Si bien en cuanto a gustos contamos ya sea con un equipo favorito, o alguna película de moda de la cual en las reuniones cotidianas hablamos, todo hace indicar que la modernidad exige la pertenencia de una queja para formar parte de los diferentes círculos sociales.
La queja la escuchamos en todos los niveles socioeconómicos, es como un requisito para ingresar a las diferentes dinámicas grupales: quienes se quejan del jefe, del vecino, quienes tienen un listado de puntos en contra de un profesor, las de la ex pareja o, más aún, la de la familia de la ex pareja. O las ya tan gastadas contra los gobernantes. Como sea, el caso es que vivimos con la queja de cada día, aunque esto a veces no sea del todo cierto.
Me refiero a que a veces mentimos en nuestras quejas o las exageramos por quedar bien, por no estar apartados, por estar in y no out de la discusión. Hoy, incluso, es tan común, que buscamos en los recovecos de mayor agrado para encontrar la queja a un hecho que tal vez no lo ameritaba, y es que si se habla bien al 100 por ciento de algo, no lo cree el espectador que escucha atento y espera, ya acostumbrado, la queja por venir.
Hemos generado incluso canales para recibir estas quejas: allí están los buzones que intentan despistar anunciando que también reciben reclamos, sugerencias y felicitaciones, recuérdese los supermercados o aeropuertos; en algunos vehículos que transportan productos de marcas de prestigio colocan de manera visible un número telefónico para llamar si tiene alguna queja contra la forma de conducir del operador de esa unidad (claro, se debe tomar el número de la unidad y, ya de paso, la dirección y horario para sustentar la queja).
Ese marco pareciera obligar a que hoy en día adoptemos o generemos una queja cada día, incluso en las relaciones de pareja, cuando no hay ningún problema a la vista, alguno de los dos integrantes de la relación piensa que ése en sí es un problema. Traducción: el problema es que no hay problema. Se piensa erróneamente, la mayoría de las veces, que después de la calma vendrá la tempestad. Inevitable recomendar la lectura de Amor líquido del filósofo Zygmunt Bauman.
Otro ejemplo de las quejas comunes se da en los diversos foros académicos cuando el expositor, al concluir su ponencia, inquiere a los integrantes del auditorio si tienen algún comentario o pregunta, a lo cual no falta aquel que quiere hacer su propia exposición basada en alguna queja sobre la ponencia del experto. Todo concluye con un aburrimiento y con la ausencia de la pregunta o comentario y ésa sí genera queja de los demás espectadores.
Las dolencias físicas son el botón de mayor muestra de la queja cotidiana. Las nuevas generaciones no aguantamos estoicos como las de antes el dolor físico, se han generado medicamentos para contrarrestar el malestar; por ello, ante una cortadura leve, dolor de cabeza y no se diga dolencia de muelas, parece que el mundo se le vino encima al doliente, y de inmediato pide licencia, permiso, incapacidad y misericordia de quienes lo rodean.
La recomendación en todo caso no es ya aguantarse el dolor —si se tiene, consulte al experto —, sino que en el continuo de quejas que a diario esbozamos, veamos cuáles valen la pena exponer y cuáles en verdad no ameritan llamarlas quejas.
Haga un esfuerzo este día, observe y escuche a su alrededor, las charlas grupales pueden ser un gran foro, allí habrá quejas contra el presidente, contra algún equipo o deportista de moda, contra el programa de televisión que aún no ha visto pero ya calificó, alguna contra el modus vivendi de un familiar, contra lo alto que están los precios. Sopese si eso vale la pena calificarlo como queja, luego mire si no es usted la persona que los enunció, o sea, el quejoso.
De tanto quejarnos, luego no nos quejemos de que alguien se queje de nosotros. Y esto es más que un juego de palabras. A final de cuentas hablar de algo es una forma de desearlo, y si habla todo el tiempo de quejas qué cree usted que obtendrá.
Texto aparecido en CAMPUS de Milenio Diario el día de hoy jueves 18 de agosto de 2011.
lunes, 15 de agosto de 2011
La insoportable levedad del casi
Casi el total del marco referencial que utilizamos los seres humanos requiere de unidades de medición: hora, día, kilómetros, kilogramos, litros, entre muchos otros. Sin embargo, integrantes de la sociedad mexicana, aunque por supuesto no excluye a otras que también lo tienen o lo han adoptado, hemos generado una variación que acentúa, para los fines que sean necesarios, un elemento distintivo que le da un giro diferente, incluso intrigante.
Me refiero a la figura del “casi”, una palabra que cambia el sentido de la medida y genera duda, confusión, incluso molestia llegado el caso. Tomemos, por ejemplo, las labores escolares, donde la ubicamos en dos facetas: primero en la gestación.
En la casa, la madre dice al hijo: “¿pollito, ya hiciste la tarea?” —puede modificarse el sustantivo subrayado por uno de mayor uso o gusto—, a lo cual dirá el estudiante: “ya casi mamá, nada más me faltan unos problemas de matemáticas y dos cosas de lectura”. Y allí sí que no sabemos cuánta tarea tenía el alumno, pero si dijo que casi, seguramente era más que ésa que señaló. Confiemos así sea.
Pero ahora vayamos a la escuela, la otra faceta del “casi escolar”, cuando el profesor dice: “a ver, jóvenes, espero que traigan su tarea completa”. Y si el personaje que conocemos como pollito dice: “híjole, profe, casi no tuve tiempo, pero hice hasta donde pude, es más, casi la completo”, notamos, para empezar, que el alumno ya sabe usar muy bien la figura del casi, pues la colocó como excusa de sus múltiples actividades y luego para generar una especie de defensa de lo mucho o poco que sí hizo, pero no lo exime de que no la terminó.
Vamos a otro escenario de mayores riesgos, pongámoslo ya en un trabajo normal, donde no extrañaría oír un diálogo similar al siguiente: “licenciado Medina, ¿tiene usted el informe que se le pidió hace dos semanas?”, preguntará el jefe inquisitivo, a lo cual obtendrá por respuesta: “claro, jefe, ya casi lo tengo, nada más lo estamos detallando”. Dejando Medina abierto ese espacio de duda que genera ahora el verbo “detallar”. Explosiva mezcla entre detallar y casi. Seguro que más de un jefe la ha escuchado y ahora recuerda a algún empleado o ex empleado.
Pero el casi tiene una vida propia y prolija que también podemos ubicar con facilidad en la vida cotidiana. Por ejemplo, he escuchado más de una vez a las mujeres señalar que un hombre es “casi perfecto”, la mayoría de las veces no es por falta de galanura, exceso de peso, color de piel, religión que profesa, series de televisión o equipo de futbol de su preferencia; no, la razón es más directa: el caballero en cuestión es “casi perfecto” porque está casado con alguien que no son ellas. Ese, digamos, es un casi existencial.
Incluso, en esta misma rueda de la fortuna el casi de la suerte es el que vive en los jugadores de lotería y siempre se alimentan de buenos deseos: “casi me la gano esta vez”. Seguirán jugando, aunque su medida de acertar sea distante para ellos, en el deseo de ganar, siempre va a ser casi el que salga con el premio mayor.
Uno que no podemos dejar fuera es el “casi deportivo”, digamos el sinónimo del “por poquito”. Ejemplo suficiente es, en un juego de futbol, cuando el balón pega en el poste del equipo rival y no entra a gol, allí se escucha luego de un “¡ah!”, el típico casi o la figura ya mencionada del por poquito, aunque el marcador siga igual.
De tal suerte, el casi es una figura que existe y se puede percibir con facilidad y con provocaciones menores. No obstante, su abuso puede entorpecer el desarrollo de una nación y bien se podría agregar a la larga lista de pretextos de la clase gobernante. Ejemplo: “casi salimos de la pobreza”, traducción: “estamos igual o peor que antes”. Allí sí, odiamos el casi y su insoportable levedad.
Texto aparecido en el suplemento CAMPUS de Milenio Diario.
Me refiero a la figura del “casi”, una palabra que cambia el sentido de la medida y genera duda, confusión, incluso molestia llegado el caso. Tomemos, por ejemplo, las labores escolares, donde la ubicamos en dos facetas: primero en la gestación.
En la casa, la madre dice al hijo: “¿pollito, ya hiciste la tarea?” —puede modificarse el sustantivo subrayado por uno de mayor uso o gusto—, a lo cual dirá el estudiante: “ya casi mamá, nada más me faltan unos problemas de matemáticas y dos cosas de lectura”. Y allí sí que no sabemos cuánta tarea tenía el alumno, pero si dijo que casi, seguramente era más que ésa que señaló. Confiemos así sea.
Pero ahora vayamos a la escuela, la otra faceta del “casi escolar”, cuando el profesor dice: “a ver, jóvenes, espero que traigan su tarea completa”. Y si el personaje que conocemos como pollito dice: “híjole, profe, casi no tuve tiempo, pero hice hasta donde pude, es más, casi la completo”, notamos, para empezar, que el alumno ya sabe usar muy bien la figura del casi, pues la colocó como excusa de sus múltiples actividades y luego para generar una especie de defensa de lo mucho o poco que sí hizo, pero no lo exime de que no la terminó.
Vamos a otro escenario de mayores riesgos, pongámoslo ya en un trabajo normal, donde no extrañaría oír un diálogo similar al siguiente: “licenciado Medina, ¿tiene usted el informe que se le pidió hace dos semanas?”, preguntará el jefe inquisitivo, a lo cual obtendrá por respuesta: “claro, jefe, ya casi lo tengo, nada más lo estamos detallando”. Dejando Medina abierto ese espacio de duda que genera ahora el verbo “detallar”. Explosiva mezcla entre detallar y casi. Seguro que más de un jefe la ha escuchado y ahora recuerda a algún empleado o ex empleado.
Pero el casi tiene una vida propia y prolija que también podemos ubicar con facilidad en la vida cotidiana. Por ejemplo, he escuchado más de una vez a las mujeres señalar que un hombre es “casi perfecto”, la mayoría de las veces no es por falta de galanura, exceso de peso, color de piel, religión que profesa, series de televisión o equipo de futbol de su preferencia; no, la razón es más directa: el caballero en cuestión es “casi perfecto” porque está casado con alguien que no son ellas. Ese, digamos, es un casi existencial.
Incluso, en esta misma rueda de la fortuna el casi de la suerte es el que vive en los jugadores de lotería y siempre se alimentan de buenos deseos: “casi me la gano esta vez”. Seguirán jugando, aunque su medida de acertar sea distante para ellos, en el deseo de ganar, siempre va a ser casi el que salga con el premio mayor.
Uno que no podemos dejar fuera es el “casi deportivo”, digamos el sinónimo del “por poquito”. Ejemplo suficiente es, en un juego de futbol, cuando el balón pega en el poste del equipo rival y no entra a gol, allí se escucha luego de un “¡ah!”, el típico casi o la figura ya mencionada del por poquito, aunque el marcador siga igual.
De tal suerte, el casi es una figura que existe y se puede percibir con facilidad y con provocaciones menores. No obstante, su abuso puede entorpecer el desarrollo de una nación y bien se podría agregar a la larga lista de pretextos de la clase gobernante. Ejemplo: “casi salimos de la pobreza”, traducción: “estamos igual o peor que antes”. Allí sí, odiamos el casi y su insoportable levedad.
Texto aparecido en el suplemento CAMPUS de Milenio Diario.
domingo, 14 de agosto de 2011
La Señora Rojo
Para la literatura mexicana Antonio Ortuño fue en el 2007 una de sus principales figuras gracias a su novela Recursos humanos, muchos nos entusiasmamos con esa narrativa que para utilizar el lugar común, lograba transmitir un lenguaje propio, algo siempre complicado en el mundo del arte.
Ese mismo año presentó El jardín japonés, una colección de cuentos que tampoco pasó inadvertida entre sus seguidores. Para finales de 2010 reaparece en la escena con una nueva colección de cuentos bajo el título La Señora Rojo, la mayoría publicados en sus primeras versiones en diversas revistas literarias.
Dividido en dos partes: “La Carne” y “El Mundo”, La Señora Rojo como toda colección tiene hallazgos y ejercicios fallidos. Dentro de éstos últimos está “Agua corriente”, que goza de una buena trama, ritmo inteligente pero un final fallido, genera altas expectativas que no se cumplen, pues no cierra el círculo. Similar ocurre con “El día del amor”, una historia de sexo más que de amor que resulta en anécdota con personajes comunes en situaciones previsibles.
Un paréntesis puede ser “Masculinidad”, cuento que se coloca en el punto medio porque es el más tradicional de las narraciones de Ortuño, tiene la fuerza suficiente para considerarlo en la colección, exige relectura quizá por diferente al resto. Con una historia bien contada, digamos un cuento con la estructura más lograda, pero frío.
Dentro de los hallazgos sobresale el que le da título a la obra “La Señora Rojo” que tiene ritmo, sorpresa, no sé si se logre catalogar dentro del grupo selecto de lo original, pero sí cabe en el espacio reservado a los perturbadores.
Pero el cuento que más vale la pena de la colección es “El Grimorio de los Vencidos” con un personaje de antología: El Mago Que Hace Nevar. Y tal vez es el mejor resuelto porque es el de más largo aliento, y es que Antonio Ortuño está hecho para las narraciones largas, la brevedad de los cuentos le resulta ajena por momentos, y si bien las apariencias engañan, su fortaleza narrativa radica en mayor medida en los nudos que logran atrapar al lector, en la decisión unánime más que en el golpe certero.
Cierto es también que por momentos los temas del sexo, la infidelidad a bocajarro resulta repetitiva en algunos cuentos, pero la independencia que guardan entre ellos hacen que se respete en su individualidad.
La segunda parte del libro tiene dos cuentos que llaman la atención en su hechura, por un lado “Historia” y por el otro “Boca pequeña y labios delgados”, ello porque ambas tienen divisiones para su lectura, esto es, la primera está dividida bajo un orden numérico que puede interpretarse como el lenguaje tecnológico de hoy en día en las redes sociales, obviamente atados por el consecutivo numeral.
Mientras que en el otro es a través de la lectura e interpretación de cartas como se conforma el cuento, un recurso muy socorrido, pero que logra superar la prueba por su trama y, es que en el fondo quizá todos estamos atrapados: “No estoy preso, como otros, por no creer, sino por creer demasiado”. Allí, Ricardo Bach es el doctor y de las cartas que le hace llegar el paciente arma un entramado mental donde entra el lector para tomar partido.
Las últimas dos narraciones, “Pavura” y “Héroe”, más allá de su hechura o trama, es el reflejo de nueva cuenta de esos juegos mentales observados en varios de los personajes que da vida Antonio Ortuño, sin perder de vista que muchas de ellas cobran vida en la realidad cotidiana, pues de qué otra manera se identifican los diferentes complejos que le dan forma al ser humano. Y es que en algunas batallas que se libran en el interior de algunos, con el pasado sobre todo, tienen por finalidad aparecer algún día en los libros de historia, de nueva cuenta la búsqueda del reconocimiento.
Así son los cuentos de Antonio Ortuño, bien hechos pero algunos con finales mal logrados, sobre todo. Reitero que es un autor completo que se mueve mejor en el terreno de la narrativa de largo aliento como son las novelas, pero es cierto que su sello impregna cada cuento de éste título que continúa su búsqueda por entender y descifrar cada vez más la hechura de los humanos, un tema que maneja a la perfección el autor.
Antonio Ortuño, La Señora Rojo. Páginas de espuma, México.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ del 14 de agosto.
Ese mismo año presentó El jardín japonés, una colección de cuentos que tampoco pasó inadvertida entre sus seguidores. Para finales de 2010 reaparece en la escena con una nueva colección de cuentos bajo el título La Señora Rojo, la mayoría publicados en sus primeras versiones en diversas revistas literarias.
Dividido en dos partes: “La Carne” y “El Mundo”, La Señora Rojo como toda colección tiene hallazgos y ejercicios fallidos. Dentro de éstos últimos está “Agua corriente”, que goza de una buena trama, ritmo inteligente pero un final fallido, genera altas expectativas que no se cumplen, pues no cierra el círculo. Similar ocurre con “El día del amor”, una historia de sexo más que de amor que resulta en anécdota con personajes comunes en situaciones previsibles.
Un paréntesis puede ser “Masculinidad”, cuento que se coloca en el punto medio porque es el más tradicional de las narraciones de Ortuño, tiene la fuerza suficiente para considerarlo en la colección, exige relectura quizá por diferente al resto. Con una historia bien contada, digamos un cuento con la estructura más lograda, pero frío.
Dentro de los hallazgos sobresale el que le da título a la obra “La Señora Rojo” que tiene ritmo, sorpresa, no sé si se logre catalogar dentro del grupo selecto de lo original, pero sí cabe en el espacio reservado a los perturbadores.
Pero el cuento que más vale la pena de la colección es “El Grimorio de los Vencidos” con un personaje de antología: El Mago Que Hace Nevar. Y tal vez es el mejor resuelto porque es el de más largo aliento, y es que Antonio Ortuño está hecho para las narraciones largas, la brevedad de los cuentos le resulta ajena por momentos, y si bien las apariencias engañan, su fortaleza narrativa radica en mayor medida en los nudos que logran atrapar al lector, en la decisión unánime más que en el golpe certero.
Cierto es también que por momentos los temas del sexo, la infidelidad a bocajarro resulta repetitiva en algunos cuentos, pero la independencia que guardan entre ellos hacen que se respete en su individualidad.
La segunda parte del libro tiene dos cuentos que llaman la atención en su hechura, por un lado “Historia” y por el otro “Boca pequeña y labios delgados”, ello porque ambas tienen divisiones para su lectura, esto es, la primera está dividida bajo un orden numérico que puede interpretarse como el lenguaje tecnológico de hoy en día en las redes sociales, obviamente atados por el consecutivo numeral.
Mientras que en el otro es a través de la lectura e interpretación de cartas como se conforma el cuento, un recurso muy socorrido, pero que logra superar la prueba por su trama y, es que en el fondo quizá todos estamos atrapados: “No estoy preso, como otros, por no creer, sino por creer demasiado”. Allí, Ricardo Bach es el doctor y de las cartas que le hace llegar el paciente arma un entramado mental donde entra el lector para tomar partido.
Las últimas dos narraciones, “Pavura” y “Héroe”, más allá de su hechura o trama, es el reflejo de nueva cuenta de esos juegos mentales observados en varios de los personajes que da vida Antonio Ortuño, sin perder de vista que muchas de ellas cobran vida en la realidad cotidiana, pues de qué otra manera se identifican los diferentes complejos que le dan forma al ser humano. Y es que en algunas batallas que se libran en el interior de algunos, con el pasado sobre todo, tienen por finalidad aparecer algún día en los libros de historia, de nueva cuenta la búsqueda del reconocimiento.
Así son los cuentos de Antonio Ortuño, bien hechos pero algunos con finales mal logrados, sobre todo. Reitero que es un autor completo que se mueve mejor en el terreno de la narrativa de largo aliento como son las novelas, pero es cierto que su sello impregna cada cuento de éste título que continúa su búsqueda por entender y descifrar cada vez más la hechura de los humanos, un tema que maneja a la perfección el autor.
Antonio Ortuño, La Señora Rojo. Páginas de espuma, México.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ del 14 de agosto.
lunes, 31 de enero de 2011
Las noches difíciles
Si hay un escritor dueño de la sensibilidad irónica que viste el tema de la intriga y la muerte es Dino Buzzati (1906-1972), quien un año antes de su muerte publicó Las noches difíciles, un conjunto de relatos en su estilo más puro, ése que tiene acostumbrado a su público lector.
La narrativa en estado de germinación, pues de él brotan las emociones y sentimientos más encontrados del ser humano, difícil es leer a Buzzati sin que se mueva algo en la mente de quien lo percibe, complicado si no es imposible que paseen inadvertidas sus letras.
Ya en Sesenta relatos (también editado por Acantilado) pudimos darnos un festín de sensaciones, ahora esta reciente entrega confirma lo que de suyo le pertenece al autor, una magia de buenas coincidencias, de trabajo esforzado en tramas, personajes, elementos que para otras plumas no causan tanta penetración y que en el también autor de El colombre simplemente toman rumbo definitorio.
El juego de elementos variados es parte de su formación, de dimensiones que no aparecen más allá de unas cuantas líneas, explota su gusto por la narración breve para ponernos en una encrucijada: “¿Era un sueño? ¿O era una verdad? Aunque pudiera contarlo o escribirlo, nadie me iba a creer”. Y es cierto, por qué creerle, en qué basa su pregunta, hace pensar a quien comparte la lectura.
Como “Alias en la vía Sesostri”, una narración impecable, con el sarcasmo a flor de piel, en un juego de rutinas que se rompen para cambiar el curso de la vida: “Confieso que también yo me sentía profundamente turbado. Si un hombre de valía tan venerado y digno caía de golpe en el fango y el aprobio, ¿en qué se podía creer ya?”.
Ésa es una pregunta certera, en qué creer, ya no tanto en quién (imposible evitar señalar “El médico de las fiestas”, que como su nombre lo dice es un especialista en rescatar festejos para alegría de la gente). Acaso dependerá del emisor, como en “El ermitaño” que señala: “Las tentaciones te las manda el cielo justamente para que te dejes arrastrar por ellas y te hundas en el lodo y que tal abyección te traiga amargas lágrimas”.
Esto es, va de lo festivo a lo crudo, de la fantasía, como su propia versión de la Cenicienta, hasta el recuerdo de la realidad más anhelada como el primer párrafo de “Mosaico”: “Milagro: cada vez pasan menos coches, ya no se oye ladrar a los cláxones, hay un cielo límpido, por la mañana el automóvil aparcado junto a la acera no está sucio de esmog, el teléfono no está sonando continuamente, el buzón está casi vacío. ¿Qué sucede? Qué alivio, qué paz, qué silencio. Pero, ¡ay, qué bonitos eran aquellos tiempos!”.
“Relato a dos” es un ejercicio literario que debería proponerse como opción en la instrucción básica para que los estudiantes empleen de mejor forma la imaginación. Mientras que en “Invenciones” se vive el padecimiento de un hospital de una manera diferente todos allí son enfermos, el doctor, enfermeras, administrativos, todos padecen algo. Y lleva por moraleja una sentencia que seguramente más de uno hemos vivido: “Lo más desagradable de un hospital es ver que todos los demás no están enfermos”.
En Las noches difíciles podemos ubicar varias historias dentro de un título. Y es que en su variedad se fundamenta una de sus fortalezas, pero sobre todo en el viaje a uno mismo, como “La alienación”, donde debe encontrarse sin que los demás lo vean a él, siendo el escenario cualquier lugar, siendo la profesión tal vez la que ejerza el lector.
El reflejo pues de lo que podemos ser como humanos, de lo que somos como personas, de lo que aspiramos a ser, y eso en sí ya es un gran elemento de diferenciación que tiene Buzzati del resto de escritores. Sin duda un gran narrador que siempre deja enseñanza más allá de un rato de entretenimiento.
Dino Buzzati, Las noches difíciles (traducción de Ataliare), España, 2010, 318 pp.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ de esta semana
La narrativa en estado de germinación, pues de él brotan las emociones y sentimientos más encontrados del ser humano, difícil es leer a Buzzati sin que se mueva algo en la mente de quien lo percibe, complicado si no es imposible que paseen inadvertidas sus letras.
Ya en Sesenta relatos (también editado por Acantilado) pudimos darnos un festín de sensaciones, ahora esta reciente entrega confirma lo que de suyo le pertenece al autor, una magia de buenas coincidencias, de trabajo esforzado en tramas, personajes, elementos que para otras plumas no causan tanta penetración y que en el también autor de El colombre simplemente toman rumbo definitorio.
El juego de elementos variados es parte de su formación, de dimensiones que no aparecen más allá de unas cuantas líneas, explota su gusto por la narración breve para ponernos en una encrucijada: “¿Era un sueño? ¿O era una verdad? Aunque pudiera contarlo o escribirlo, nadie me iba a creer”. Y es cierto, por qué creerle, en qué basa su pregunta, hace pensar a quien comparte la lectura.
Como “Alias en la vía Sesostri”, una narración impecable, con el sarcasmo a flor de piel, en un juego de rutinas que se rompen para cambiar el curso de la vida: “Confieso que también yo me sentía profundamente turbado. Si un hombre de valía tan venerado y digno caía de golpe en el fango y el aprobio, ¿en qué se podía creer ya?”.
Ésa es una pregunta certera, en qué creer, ya no tanto en quién (imposible evitar señalar “El médico de las fiestas”, que como su nombre lo dice es un especialista en rescatar festejos para alegría de la gente). Acaso dependerá del emisor, como en “El ermitaño” que señala: “Las tentaciones te las manda el cielo justamente para que te dejes arrastrar por ellas y te hundas en el lodo y que tal abyección te traiga amargas lágrimas”.
Esto es, va de lo festivo a lo crudo, de la fantasía, como su propia versión de la Cenicienta, hasta el recuerdo de la realidad más anhelada como el primer párrafo de “Mosaico”: “Milagro: cada vez pasan menos coches, ya no se oye ladrar a los cláxones, hay un cielo límpido, por la mañana el automóvil aparcado junto a la acera no está sucio de esmog, el teléfono no está sonando continuamente, el buzón está casi vacío. ¿Qué sucede? Qué alivio, qué paz, qué silencio. Pero, ¡ay, qué bonitos eran aquellos tiempos!”.
“Relato a dos” es un ejercicio literario que debería proponerse como opción en la instrucción básica para que los estudiantes empleen de mejor forma la imaginación. Mientras que en “Invenciones” se vive el padecimiento de un hospital de una manera diferente todos allí son enfermos, el doctor, enfermeras, administrativos, todos padecen algo. Y lleva por moraleja una sentencia que seguramente más de uno hemos vivido: “Lo más desagradable de un hospital es ver que todos los demás no están enfermos”.
En Las noches difíciles podemos ubicar varias historias dentro de un título. Y es que en su variedad se fundamenta una de sus fortalezas, pero sobre todo en el viaje a uno mismo, como “La alienación”, donde debe encontrarse sin que los demás lo vean a él, siendo el escenario cualquier lugar, siendo la profesión tal vez la que ejerza el lector.
El reflejo pues de lo que podemos ser como humanos, de lo que somos como personas, de lo que aspiramos a ser, y eso en sí ya es un gran elemento de diferenciación que tiene Buzzati del resto de escritores. Sin duda un gran narrador que siempre deja enseñanza más allá de un rato de entretenimiento.
Dino Buzzati, Las noches difíciles (traducción de Ataliare), España, 2010, 318 pp.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ de esta semana
domingo, 16 de enero de 2011
Oscura monótona sangre
Julio Andrada es el protagonista de Oscura monótona sangre, pero es sin duda Daiana el corazón de la trama, el fantasma que atraviesa cada página ya sea en su búsqueda o en su hechura. Pues de la tranquilidad que brindaba la repetición de lo cotidiano a Andrada, dio un paso de costado para transformar su vida, y de paso la de otros integrantes de la escenografía bonaerense.
Un día al salir de su ruta acostumbrada y comer en un lugar de aquellos que no frecuentaba desde que tenía mucho menos poder adquisitivo, el empresario escuchó una charla entre camioneros que conllevaba las señas de lo más normal: cuestiones mecánicas o lugares donde frecuentar chicas, por citar dos ejemplos contundentes, y le pareció que ese mundo no debía serle tan ajeno.
Se dirigió a las coordenadas que creyó eran las brindadas en la charla de los camioneros y halló lo que buscaba: una jovencita de nombre Daiana que cobraba 20 pesos por el oral y 30 con penetración, él dejó en sus manos mucho más dinero de ese y ella realizó las labores convenidas en el mismo vehículo sin darse cuenta que habría atrapado a una presa diferente.
Sorprendido consigo mismo con los resultados de su aventura, no tardó demasiados días en regresar al lugar donde había dejado a Daiana, raro en él pues “alejarse de la pobreza era lo único que le producía una auténtica tranquilidad interior”. Decidido la buscó, pero la desolación era la marca de esa calle, de esa Villa 21, a quien sí encontró fue a Luli, una joven más grande que Daiana y más experimentada, quien realizó el mismo trabajo pero con menos gusto.
Andrada lo notó, además con tan mala suerte que a la lluvia que caía en ese momento se le sumó un intento de robo, al cual puso resistencia, estaba en juego su orgullo, no podía decir que lo asaltaron en ese rumbo, cómo podría justificar su estancia allí. La violencia se intensificó al enfrentar cuerpo a cuerpo a un ladrón a quien le dio muerte.
La vida real y pública de Julio Andrada se dividía en la fábrica que dirigía y en los asuntos familiares del edificio que habitaba, donde además era gente de respeto pues le daba solución a todos los conflictos y para ello contaba con la ayuda de Atilio un antiguo policía que ahora era el escudero de ese inmueble así como de los secretos de Andrada.
La convivencia con Daiana en la fábrica fue indescriptible, una primera vez para ambos, entre las necesidades más obvias como la alimentación hasta la más carnal. Pero el recuerdo no lo dejaba libre de culpas, “su hija, su mujer y Daiana formaban parte de su mismo universo. Él lo veía ahora claro y no le importaba lo que pensaran los demás. Él podía hacer convivir esa escena familiar con su boca besando el sexo de la chica sobre una grúa”.
Sin embargo también las páginas de Olguín se dan espacio para agregar la parte más secreta del amor, la más callada cuando Andrada ve desnudo el cuerpo de su esposa “no le parecía una mujer de cincuenta años. Cuando se está muchos años con otra persona, el otro no envejece. La memoria lo transforma en un cuerpo siempre igual a sí mismo. Se congela fuera de toda agresión del tiempo”.
Andrada en el fin de semana que convivió en la fábrica con Daiana enloquece y le pide a su eficiente secretaria que le busque un departamento donde se la llevará a vivir, recuerda cómo su hija Florencia le ha avisado también de su mudanza a un espacio pequeño donde vivirá con su amiga Carla.
Los nervios son quienes traicionarán en la última curva de decisiones a Andrada, quien al mandar a Arizmendi a buscar a Daiana se lleva la sorpresa de que éste ha sido asesinado, y al encontrar en el departamento alquilado a la jovencita ella le dice que su cabeza tiene precio pues en su villa saben que fue quien mató al chico aquella vez que se lio con Luli, desatando un sorpresivo final.
Oscura monótona sangre fue premiada a finales de 2009 con el V Premio Tusquets Editores de Novela con un jurado integrado por Almudena Grandes, Jorge Edwards, Élmer Mendoza y Beatriz de Moura, teniendo por presidente a Juan Marsé.
Aunque más allá del premio su lectura vale por la provocación que ejerce en el lector, un ritmo en constante cambio, un personaje que juega con las elucubraciones y que de la cotidianidad sólo le queda el recuerdo, anunciándonos de nueva cuenta que en la cabeza de cada uno es un mundo diferente, pero también en la mirada de los diferentes individuos que caminan en la calle puede estarse encubando el próximo hecho que cambie la vida.
Sergio Olguín, Oscura monótona sangre. Tusquets editores, México, 2010; pp. 184.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ de esta semana
Un día al salir de su ruta acostumbrada y comer en un lugar de aquellos que no frecuentaba desde que tenía mucho menos poder adquisitivo, el empresario escuchó una charla entre camioneros que conllevaba las señas de lo más normal: cuestiones mecánicas o lugares donde frecuentar chicas, por citar dos ejemplos contundentes, y le pareció que ese mundo no debía serle tan ajeno.
Se dirigió a las coordenadas que creyó eran las brindadas en la charla de los camioneros y halló lo que buscaba: una jovencita de nombre Daiana que cobraba 20 pesos por el oral y 30 con penetración, él dejó en sus manos mucho más dinero de ese y ella realizó las labores convenidas en el mismo vehículo sin darse cuenta que habría atrapado a una presa diferente.
Sorprendido consigo mismo con los resultados de su aventura, no tardó demasiados días en regresar al lugar donde había dejado a Daiana, raro en él pues “alejarse de la pobreza era lo único que le producía una auténtica tranquilidad interior”. Decidido la buscó, pero la desolación era la marca de esa calle, de esa Villa 21, a quien sí encontró fue a Luli, una joven más grande que Daiana y más experimentada, quien realizó el mismo trabajo pero con menos gusto.
Andrada lo notó, además con tan mala suerte que a la lluvia que caía en ese momento se le sumó un intento de robo, al cual puso resistencia, estaba en juego su orgullo, no podía decir que lo asaltaron en ese rumbo, cómo podría justificar su estancia allí. La violencia se intensificó al enfrentar cuerpo a cuerpo a un ladrón a quien le dio muerte.
La vida real y pública de Julio Andrada se dividía en la fábrica que dirigía y en los asuntos familiares del edificio que habitaba, donde además era gente de respeto pues le daba solución a todos los conflictos y para ello contaba con la ayuda de Atilio un antiguo policía que ahora era el escudero de ese inmueble así como de los secretos de Andrada.
La convivencia con Daiana en la fábrica fue indescriptible, una primera vez para ambos, entre las necesidades más obvias como la alimentación hasta la más carnal. Pero el recuerdo no lo dejaba libre de culpas, “su hija, su mujer y Daiana formaban parte de su mismo universo. Él lo veía ahora claro y no le importaba lo que pensaran los demás. Él podía hacer convivir esa escena familiar con su boca besando el sexo de la chica sobre una grúa”.
Sin embargo también las páginas de Olguín se dan espacio para agregar la parte más secreta del amor, la más callada cuando Andrada ve desnudo el cuerpo de su esposa “no le parecía una mujer de cincuenta años. Cuando se está muchos años con otra persona, el otro no envejece. La memoria lo transforma en un cuerpo siempre igual a sí mismo. Se congela fuera de toda agresión del tiempo”.
Andrada en el fin de semana que convivió en la fábrica con Daiana enloquece y le pide a su eficiente secretaria que le busque un departamento donde se la llevará a vivir, recuerda cómo su hija Florencia le ha avisado también de su mudanza a un espacio pequeño donde vivirá con su amiga Carla.
Los nervios son quienes traicionarán en la última curva de decisiones a Andrada, quien al mandar a Arizmendi a buscar a Daiana se lleva la sorpresa de que éste ha sido asesinado, y al encontrar en el departamento alquilado a la jovencita ella le dice que su cabeza tiene precio pues en su villa saben que fue quien mató al chico aquella vez que se lio con Luli, desatando un sorpresivo final.
Oscura monótona sangre fue premiada a finales de 2009 con el V Premio Tusquets Editores de Novela con un jurado integrado por Almudena Grandes, Jorge Edwards, Élmer Mendoza y Beatriz de Moura, teniendo por presidente a Juan Marsé.
Aunque más allá del premio su lectura vale por la provocación que ejerce en el lector, un ritmo en constante cambio, un personaje que juega con las elucubraciones y que de la cotidianidad sólo le queda el recuerdo, anunciándonos de nueva cuenta que en la cabeza de cada uno es un mundo diferente, pero también en la mirada de los diferentes individuos que caminan en la calle puede estarse encubando el próximo hecho que cambie la vida.
Sergio Olguín, Oscura monótona sangre. Tusquets editores, México, 2010; pp. 184.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ de esta semana
lunes, 3 de enero de 2011
El complot de los románticos
Hacer una reunión con invitados tan disímbolos nunca llevó tanto trabajo y tan buenos resultados literarios. El Parnaso es un congreso que sirve de pretexto para darle vida a El complot de los Románticos de Carmen Boullosa quien además de obtener el Premio de Novela Gijón 2008, levanta la mano para decirle al lector exigente que aquí hay una autora mexicana con ganas de contar una historia fresca, ágil, divertida, pero no por ello fácil o carente de recursos.
Muy al contrario, y se nota desde la principal voz narrativa y la trama. La primera con una presidenta de un congreso que no sabe bien a bien por qué pero debe llegar a buen término, escritora con poca obra y menos fama, pero ahora le ha tocado organizar este muestrario de vanidades y estilos tan diferentes como las épocas en que vivieron, porque los integrantes son almas, son muertos. Y la segunda porque en algún momento participamos en los festejos.
De hecho es la misma narradora (por instantes cercana a la línea de la decadencia: “No existo. Google no reconoce mi nombre”) quien nos inmiscuye en cada reflejo de la misma trama gracias a su lenguaje, ese tono narrativo que por momentos le habla directamente al lector, resulta en sonrisas cómplices de la amistad, y qué mejor que sea una conocida quien nos lleve por esa aventura, que recuerda los caminos recorridos para llegar al festejo.
Guiños de cultura general y formación literaria son los nombres de los participantes en el congreso, escritores de diversas épocas, incluso un integrante de la excursión para elegir lugar (que incluyó México, Estados Unidos y Madrid, ésta última la ganadora) es Dante Alighieri. Y ya elegido el lugar, ahora viene la conmemoración y premiación de quien se llevará la gloria ese año.
Un galardón por lo demás arreglado, trabajado por las relaciones públicas de su autor Melville, cuyo nombre era La isla de la Cruz, “El premio era suyo por legítimo derecho, porque el premio es de quien lo trabaja, pero no por los méritos literarios del manuscrito”; acción que no fue bien recibida por un grupo de literatos llamados los Románticos, quienes en pleno Teatro de la Zarzuela defendieron otro libro, el cual al parecer de la narradora no estaba nada mal.
Esta es la parte central de la obra. El recorrido por diferentes ciudades fue el prefacio de la batalla y rebelión, del llamado complot que ayuda a mirar de otra forma la hechura de un proceso que ya marchita o que toca cambiar por su figura desgastada. Y es que en ocasiones resulta tan frío y tan gris el mecanismo y ceremonial de la entrega de galardones que sólo de esta forma parece darle color.
El complot de los Románticos viene a ser un entretenido ejemplar de la literatura de exportación, con toques sensibles de la novela que sabe narrar, que comprende que ahora el libro compite en espacios no sólo de cultura sino también de entretenimiento y esta obra se atreve logrando una buena factura que habla por sí sola, no requiere defensores puritanos, sino exige lectores.
Carmen Boullosa. El complot de los Románticos. Ediciones Siruela (Nuevos Tiempos), España, 2009; 264pp.A
Aparecido en la Revista Siempre¡ de esta primera semana de 2011.
Muy al contrario, y se nota desde la principal voz narrativa y la trama. La primera con una presidenta de un congreso que no sabe bien a bien por qué pero debe llegar a buen término, escritora con poca obra y menos fama, pero ahora le ha tocado organizar este muestrario de vanidades y estilos tan diferentes como las épocas en que vivieron, porque los integrantes son almas, son muertos. Y la segunda porque en algún momento participamos en los festejos.
De hecho es la misma narradora (por instantes cercana a la línea de la decadencia: “No existo. Google no reconoce mi nombre”) quien nos inmiscuye en cada reflejo de la misma trama gracias a su lenguaje, ese tono narrativo que por momentos le habla directamente al lector, resulta en sonrisas cómplices de la amistad, y qué mejor que sea una conocida quien nos lleve por esa aventura, que recuerda los caminos recorridos para llegar al festejo.
Guiños de cultura general y formación literaria son los nombres de los participantes en el congreso, escritores de diversas épocas, incluso un integrante de la excursión para elegir lugar (que incluyó México, Estados Unidos y Madrid, ésta última la ganadora) es Dante Alighieri. Y ya elegido el lugar, ahora viene la conmemoración y premiación de quien se llevará la gloria ese año.
Un galardón por lo demás arreglado, trabajado por las relaciones públicas de su autor Melville, cuyo nombre era La isla de la Cruz, “El premio era suyo por legítimo derecho, porque el premio es de quien lo trabaja, pero no por los méritos literarios del manuscrito”; acción que no fue bien recibida por un grupo de literatos llamados los Románticos, quienes en pleno Teatro de la Zarzuela defendieron otro libro, el cual al parecer de la narradora no estaba nada mal.
Esta es la parte central de la obra. El recorrido por diferentes ciudades fue el prefacio de la batalla y rebelión, del llamado complot que ayuda a mirar de otra forma la hechura de un proceso que ya marchita o que toca cambiar por su figura desgastada. Y es que en ocasiones resulta tan frío y tan gris el mecanismo y ceremonial de la entrega de galardones que sólo de esta forma parece darle color.
El complot de los Románticos viene a ser un entretenido ejemplar de la literatura de exportación, con toques sensibles de la novela que sabe narrar, que comprende que ahora el libro compite en espacios no sólo de cultura sino también de entretenimiento y esta obra se atreve logrando una buena factura que habla por sí sola, no requiere defensores puritanos, sino exige lectores.
Carmen Boullosa. El complot de los Románticos. Ediciones Siruela (Nuevos Tiempos), España, 2009; 264pp.A
Aparecido en la Revista Siempre¡ de esta primera semana de 2011.
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