domingo, 6 de octubre de 2013
De la idea a la práctica
Pocos lo ubican por su trabajo en el Gobierno de Michoacán como coordinador del gabinete social hace algunos años. Pero de allí saltó a formar parte activa en el gobierno del presidente Felipe Calderón en funciones clave en la alimentación y salud de los mexicanos, es Salomón Chertorivski, quien en De la idea a la práctica comparte a título personal algunas de las actividades que más le han ayudado en su paso en diferentes espacios de la función pública donde le ha tocado estar.
Esta experiencia en la administración pública en el ámbito federal comenzó en Diconsa, siguió en el Seguro Popular y culminó en la Secretaría de Salud (actualmente se desempeña como Secretario de Desarrollo Económico en el Gobierno de la Ciudad de México), y la plasma en seis capítulos ordenados de manera cronológica en el ámbito del servicio público, desde la llegada hasta la transición.
Salomón Chertorivski nos habla de cuestiones de liderazgo pero también de la realidad que se vive ya en el terreno de batalla, donde los errores pesan más. Intercala algunas declaraciones de gente que ha trabajado con él, como el Director de Desarrollo de Diconsa, quien señala: “Se trata de un trabajo político, no de la política relacionada con el poder, sino del convencimiento, de leer a la gente y de que te lean. Se tienen que dar cuenta de que tú no vienes a quitar, sino a ofrecer”.
Uno de los consejos más contundentes que brinda, luego de su paso por algunos cargos, es el siguiente: “el funcionario prefiera siempre obtener resultados que marquen diferencia y no transformaciones marginales”, porque a su modo de ver “es importante que los resultados no sólo sean precisos, sino además visibles”.
Sin embargo, en la lectura también podemos observar que en ocasiones sus “ejemplos muy significativos” así como sus expresiones del tipo “transformación profunda” son como baches para la lectura misma. El ritmo de superación personal puede ser engañoso, como riesgosas algunas líneas que pueden hacer que el lector deje el ejemplar: “aprendí que la cooperación con las diversas instituciones es una forma útil de contribuir a la continuidad de un proyecto”.
Pero quitando las obviedades, es un libro que sin duda es útil para aquellos novatos en la función pública, es también un material de lectura recomendada para quienes trabajan desde hace años con los mismos patrones y aspiran a salir de su área de confort. Es pues una exposición clara y sustentada de una experiencia personal, que se agradece deje su testimonio.
Salomón Chertorivski, De la idea a la práctica. Experiencias en administración pública, Random House Mondadori, México, 2013; 173 pp.
Texto aparecido en Revista Siempre¡ del domingo 6 de octubre de 2013.
lunes, 30 de septiembre de 2013
La gran Marivián
Antíbula es el escenario a donde ahora nos lleva la pluma de Fernando Aramburu (España, 1959), y Marivián es la protagonista y el alma de la historia. Todo gira alrededor de ella, un territorio donde el gobierno lo ejerce el partido colectivista, al más puro estilo de premiar a los suyos, mantener a raya a los adversarios y dar sólo lo necesario para que la gente no proteste.
O al menos es lo que suponemos a través de la historia que nos va narrando un periodista que ha sido despedido por una causa menor, pero se toma como el detonante para que su olfato periodístico navegue entre las más diversas entrevistas, encuentros, viajes al pasado con tal de saber un poco más de Marivián.
Empecemos de atrás para adelante. Ella muere faltando trece días para cumplir cuarenta años. El cortejo fue de lujo, con ceremonia oficial, las clásicas esquelas, los discursos de mayor aplomo, nada extraordinario para como la tenía acostumbrada el establishment, pero pocos, muy pocos gozaban de esos beneficios.
Su nombre real era Acfia Fenelina Benjamel, pero el mundo la llamó siempre Marivián, la bautizó así quien fuera su maestra y gran influencia, Sera Behe. “Lo he dicho siempre que me lo han preguntado. Yo he tenido desde el principio de mi carrera tres maestros esenciales: la profesora Behe, el director Amel y el Teatro Bolshói de Moscú”, esto es declaraciones reveladas a la Revisa de Actualidad y Espectáculos, cuya revisión hemerográfica estuvo a cargo del periodista despedido.
La belleza de Marivián no aceptaba comparativos, la destreza de Aramburu para plasmarlo en su narrativa merece la cita: “La naturaleza había dotado a Acfia Fenelina de unos pechos erguidos de dimensiones generosas, con unos pezones oscuros y redondos que se le marcaban en la blusa, por lo que, en épocas de ropa ligera, cuando iba por la calle dejaba de costumbre tras de sí un reguero de caras risueñas y ceños reprobatorios”.
Bien a bien ella era un producto más que una persona, el sistema la trató siempre con los destellos de estrella que decía ser y así se sentía, ni impuestos, ni filas, ni trámites engorrosos, todo llegaba a su domicilio, hasta las identificaciones que la acreditaban como miembro del partido oficial.
Su primera actuación pública fue en Coliseo Nacional, donde presentaron la ópera Aida de Guiseppe Verdi, allí se las ingenió para que un reseñista la hiciera sobresalir, el texto signó: “una obrilla tan abstrusa como intrascendente, que nada aporta al pueblo y de la cual lo único que se nos ocurre resaltar son las piernas de la hermosa actriz que hacía de criada”.
La trama nos lleva al primer matrimonio de Marivián con Mlaco Derf y la vida de padecimientos que sufrió. Buena parte de la intriga se sostiene gracias a la variedad y al ritmo narrativo que se alterna entre recortes periodísticos y varios personajes, por ejemplo Mel Amel, el director que tuvo a bien llevarla a la pantalla grande, él la describe como “una mujer vacía. Estaba hueca por dentro. Como lo oyes. Era aire rodeado de piel”.
Fueron en total siete largometrajes los que realizó Marivián, y al menos dos matrimonios, el segundo con Bolsio Demonce, a quien le reiteraba su amor incondicional luego de que él falleciera, decía: “Yo a Bolsio, mientras me dure la vida, lo llevaré conmigo dentro de mi corazón”, también en declaraciones a la Revista de Actualidad y Espectáculos.
El amor es uno de los hilos que no podía faltar en la vida del personaje, pero ser amante de ella era firmar la responsiva de suicidio, porque era vigilada por todos, una gracia de superestrella que bajaba de las nubes sólo para ser pisoteada, esa vida fugaz que brinda la belleza del momento, porque terminada la física entonces se derrumbaba todo, tal como lo confesó Lurbia Duendud quien en una visita a la estrella le contó que “toda la noticia consiste en una patraña urdida por el Gobierno”.
Marivián es un personaje en busca de autor, fuerte, amoroso, con mucha gracia, nacida de la pluma de alguien que nos hace enamorarnos de ella a partir de su sufrimiento y luego acompañarla en las bondades de su vida, ya sea sexual, ya con premios y regalos al por mayor. En el más puro estilo de Aramburu, acostumbrados como nos tiene a que sus personajes sobreviven de los zulos luego de ser capturados por integrantes de la ETA, ahora es Marivián quien de a poco se extingue en el mismo dolor, en el mismo desgaste de todo ser humano que se siente vigilado todo el tiempo.
Con un gran ritmo y una riqueza de voces narrativas, el guiño del periodista no pasa inadvertido, Fernando Aramburu nos regala en La gran Marivián un pretexto para darnos cuenta de que toda la belleza puede extinguirse en un solo momento y que es mejor disfrutar de las cosas buenas que nos presenta la vida.
Fernando Aramburu, La gran Marivián. Tusquets, México, 2013; 280 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 29 de septiembre de 2013.
martes, 24 de septiembre de 2013
Discurso y contexto
Para muchos estudiantes de comunicación el nombre de Teun A. van Dijk es sumamente familiar, en varias materias es lectura obligada su libro Estructuras y funciones del discurso. El cual da luces teóricas de algo que parece no tener mayor ciencia, pero mientras más se conoce el marco teórico más se descubre su complejidad.
El autor nacido en Holanda es una de las voces más calificadas, y lo confirma la constante actualización que hace de sus mismas ideas, por eso ahora presenta Discurso y contexto, un libro necesario hoy en día para comprender mucho de lo que se dice y por qué se dice.
Comprendemos todos que una cosa es lo que un emisor genera, pero eso que para él o ella queda claro, no necesariamente es así, del receptor depende que la comunicación tenga un proceso bien llevado.
Comienza con un ejemplo de discurso del entonces primer ministro de Inglaterra Tony Blair, y nos pone precisamente en ese contexto parlamentario, y señala: “No es la situación social ‘objetiva’ la que influye en el discurso, ni es que el discurso influya directamente en la situación social: es la definición subjetiva realizada por los participantes de la situación comunicativa la que controla esta influencia mutua”.
El también autor de El Discurso como Estructura y como Proceso brinda herramientas teóricas que uno puede identificar plenamente en cualquier oportunidad de lo cotidiano, es la ventaja que ahora propone, modelos contextuales de los participantes bien definidos que inciden de manera activa en la interacción, producción y comprensión del discurso.
De la primera afirma, “para que la interacción entre el discurso y el habla sea posible, los participantes tienen que representar las intenciones de los demás participantes, así como las suyas”. Y es que desde su punto de vista, o al menos como tesis de esta obra, “es que el discurso se produce e interpreta bajo el control de los modelos mentales contextuales”. Por ejemplo, como lo dice el mismo Van Dijk “el conocimiento personal o socialmente compartido del hablante (incluido su noción sobre el conocimiento del destinatario) se maneja para producir discursos o interpretaciones apropiados”.
Al final anuncia que los próximos textos abundará sobre la teoría de la interfaz que deja entrever, y para decirlo en sus propias palabras: “Podemos concluir a partir de la caracterización informal de la noción de ‘contexto’, que no entendemos a cabalidad los fenómenos complejos sin entender su contexto”. De tal forma que el enfoque sociocognitivo que ahora nos presenta Teun A. van Dijk resulta una especie de retorno a las aulas pero con más experiencia, con más “contexto” y con dudas siempre dispuestas a transformarse en certezas e incluso conocimiento, y eso siempre es bueno si se quiere abrir el debate.
Teun A. van Dijk, Discurso y contexto. Un enfoque sociocognitivo. Gedisa editorial, España, 2012; 350 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 22 de septiembre de 2013.
lunes, 16 de septiembre de 2013
El Pacifista
Nacido en Irlanda en 1971 John Boyne quizá sea un nombre poco conocido a simple vista, pero cuando se descubre que fue él quien escribió El niño con el pijama a rayas (que llevara a la gran pantalla Mark Herman) se nos hace menos lejano. Esta vez el oriundo de Dublín nos entrega El pacifista, una novela con buena hechura, ritmo y personajes entrañables.
El autor nos lleva a las diferentes edades del protagonista, y nos cuenta, o mejor dicho, hace que Tristan Sadler nos narre su vida desde que salió de casa para alistarse en el servicio militar (mintiendo porque sólo tenía diecisiete años) hasta el momento en que decide quitarse la vida.
Sadler se convierte en una figura entrañable por momentos, desesperante por otros. De su niñez sabemos lo mínimo, pero eso poco es clave para entender su forma de actuar, por ejemplo, la frase que le dice su padre antes de alistarse en las fuerzas armadas: “Lo mejor para todos será que los alemanes te mataran de un tiro nada más verte”.
Ese trato lejano y frío de su padre tiene otro momento alto cuando, al terminar la guerra y Tristán regresa a casa, se entera de la muerte de su hermana sucedida muchos meses atrás, su padre de nuevo le dice: “La verdad, Tristán —me dijo haciéndome salir a la calle otra vez—, es que tú ya no eras su hermano, como tampoco eres mi hijo. Ésta no es tu familia. No tienes nada que hacer aquí, ya no”.
Y es que el padre conocía y reprobaba algunas actitudes de su hijo, sobre todo en las relativas a las relaciones de pareja. Pero ese detalle a Tristán lo impulsaba a seguir con su vida. Alistado ya en las filas del ejército conoció a Will Bancroft por quien de inmediato sintió admiración, afecto y cariño. Él lo tenía como su cómplice, tocó en suerte que compartieran dormitorio en los días de preparación.
En esas horas intensas de preparación, Will y Tristan platicaban de muchas cosas, aunque inteligentemente se reservaban otras. Ambos fueron testigos de cómo el Sargento Clayton a cargo del grupo estaba obsesionado con la guerra y odiaba a quienes no opinaban como él, tal era el caso del soldado Wolf, un pluma blanca declarado desde el inicio, esos que no están de acuerdo con el uso de las armas, con matar a los demás, pero están en el campo de batalla.
Las jornadas se volvían una atracción para ver cómo el sargento Clayton hacía los días difíciles a Wolf, pero éste siempre aguantó todo, hasta un día antes de partir al verdadero campo de batalla cuando misteriosamente desapareció, siendo la primera baja del batallón.
El detonante del recuerdo es el mismo Tristan quien decide, acabada la guerra, ir a donde vivía Will y devolverle a Marian Bancroft las cartas que su hermano le escribió. Allí viene esa nostalgia, ese cambio de ritmo que nos hace ver al Tristan enamorado, al que pierde los estribos por los celos, por la presión, por lo que vivió entre amenazas, muerte, reclamos.
El momento del frenesí lo plasmó de buena forma: “Entonces recorre mi cuerpo de arriba abajo, acariciándome por entero, y esta vez me obligo a no escuchar la voz en mi cabeza que me dice que no son más que unos minutos de placer a cambio de quién sabe cuánto tiempo de antipatía por su parte, porque no importa; al menos durante estos pocos minutos podré creer que ya no estamos en guerra”.
Ese es el Tristan que veía a Will como su todo, al parecer sólo fue una noche en que unieron sus cuerpos en los días de entrenamiento, pero nunca pudo borrarlo de su mente. La obsesión de Tristan por Will se volvió a su vez una lucha interna, se molestaba cuando se alejaba, en la guerra por días no sabía de él y le preocupaba, hasta que Tristan es herido y permanece varias jornadas en el hospital.
Al recuperarse, de forma sobresaliente a decir de los médicos, Tristán tiene una pausa para pensar en los caídos de su batallón, en las figuras que han aparecido en estas jornadas, en Will y su amor por él, en que es momento de dejar la batalla, pero esto último no puede hacerlo, el sargento Clayton lo obliga a regresar.
Cuando se encuentra a Will de nuevo, se entera de que éste ha sido confinado al calabozo, etiquetado como un pluma blanca. Sabe allí Tristan que no le quedan muchas esperanzas a quien mira con ojos de amor, pero más allá de eso, Will impulsado por el hartazgo le echa en cara a Tristan cosas que éste no esperaba, palabras que marcarán el fin de la relación.
La forma en que Will murió es narrada por Tristan a Marian. La forma en que Boyne nos narra el fin de la historia es un buen guiño, con un personaje ya mayor, afamado escritor de libros, lleno de fama y fortuna pero vacío de amor. Quizás allí estuvo la mayor virtud de su inteligencia, salir bien librado siempre, quizás allí también estuvo la mayor pifia de su batalla: quedarse solo.
El pacifista es una obra que habla del amor y de la guerra, de las consecuencias de los celos, de las relaciones familiares y filiales, y de que no es necesario estar en el campo de batalla para librar las luchas contra uno mismo.
John Boyne, El pacifista. Ediciones Salamandra (Traducción de Patricia Antón), España, 2013; 284 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 15 de septiembre de 2013.
sábado, 17 de agosto de 2013
Cuando mentimos
Todos pensamos que somos inteligentes y en esa medida intuimos que no nos podrán engañar ni mucho menos mentir, que tenemos una preparación especial para detectar a quienes ya no digamos lo hacen, sino siquiera lo intentan. Todo lo cual es un error.
A decir del investigador Robert Feldman los seres humanos mentimos en diferentes niveles, pero siempre mentimos, y vale la pena ponerlo con ejemplos contundentes como los de cualquier día. Recordemos si mentimos en la charla de café en la mañana, en el trabajo, con la familia, en la llamada telefónica o en la computadora, allí hay una primera aproximación.
El experto señala que “las mentiras corrientes en la vida cotidiana puede que no nos hagan daño de un modo fácilmente mesurable. Pero producen el efecto de hacer la vida cotidiana mucho menos amigable. Éste es el coste de vivir en una sociedad tan propensa al engaño en tantos de sus aspectos: nuestra vida se mancha con frecuencia”.
Y es que parecen cosas lógicas pero en ocasiones no las vemos, por ejemplo: “Si una mentira sale bien, alguien siempre resulta engañado. Y, cosa crucial, aunque el receptor de la mentira no lo sepa, el que miente sí lo sabe”. Además, cometemos un error al pensar que quien miente se siente culpable por ello, Feldman dice que no existe culpabilidad en el mentiroso.
Porque ellos, o nosotros, los mentirosos pues, no hacen nada en particular cuando mienten o mentimos. Incluso en las líneas el miembro de la American Psychological Association señala que “una vez que reconocemos que es posible disfrutar con una mentira con intención, esta forma de engaño enseguida se vuelve más comprensible y más compleja. No sólo importa la función de la mentira. La forma también importa”.
Ahora bien, bajo el supuesto de que cada mentira tiene un precio. También es cierto que “no todas las mentiras tienen intención de hacer daño”, damos por hecho que la mentira existe, y está entre nosotros, aunque a su vez, como remata el autor su obra: “Puede que la sinceridad no sea una política perfecta, aplicable de forma universal, pero sigue siendo la mejor política”. Aunque no aclara para quién.
He allí el juego de las mentiras, del daño en sus diferentes grados, las que son con fines dañinos y las que no, las que se dejan pasar por fines sociales o de convivencia, pero el caso es que esa mancha puede crecer hasta opacar toda situación. Una lectura necesaria en este tiempo donde la inmediatez parece ganar terreno sobre la veracidad.
Roberto Feldman, Cuando mentimos. Las mentiras y lo que dicen de nosotros. Urano, España, 2010; 317 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 18 de agosto 2013.
lunes, 12 de agosto de 2013
Barack Obama en sus propias palabras
Nada más contundente que las palabras que van quedando para la posteridad para saber qué tan coherentes han sido algunos personajes de la vida pública moderna, por ejemplo el hoy Presidente de Estados Unidos Barack Obama. Alguien que se ha especializado en este ejercicio de la recopilación es Lisa Rogak, quien tiene en su haber volúmenes similares sobre políticos como Colin Powell y Howard Dean.
Pero en el caso que nos ocupa es necesario señalar, como afirma la compiladora, que “los estadunidenses rara vez han tenido la experiencia de un candidato presidencial cuyo estilo retórico fuera tan crucial para su plataforma política”. Ella hace su afirmación poco antes de noviembre de 2008, cuando todavía no entraba a los libros de historia Barack Obama como el primer presidente de color de Estados Unidos.
Lo cierto es que el actual mandatario llama la atención cada vez que emite una comunicación, ya sea en la forma, en el fondo, con sus frases, con sus imágenes, siempre comunica. De allí que este cofre de sus propias palabras sea un interesante ejercicio que demuestra su ideario, su perfil, su forma de tomar decisiones, por ejemplo cuando era Senador por Chicago, incluso en un momento que no todos lo tenían en el registro para competir ya no digamos por la silla presidencial sino por la candidatura, comento en tono de crítica al gobierno de George W. Bush: “No es la magnitud de nuestros problemas lo que más me preocupa. Es la pequeñez de nuestra política. Estados Unidos ha enfrentado grandes problemas, pero hoy, nuestros líderes en Washington aparecen incapaces de trabajar juntos de un modo práctico, guiado por el sentido común. La política se ha vuelto tan amarga y tan partidaria, tan trabada por el dinero y la influencia, que no podemos abordar los grandes problemas que exigen solución”.
Cada intervención iba colocando ese granito de arena que con el paso de los días le ha dado forma a un perfil que resulta inspiración para muchos, porque conlleva también una alta proporción de sinceridad, lo cual de paso atrae a la confianza. Señala, por ejemplo: “Mi actitud general es que, si estoy haciendo un buen trabajo ahora, puedo tener la oportunidad de aspirar a un cargo superior. Si no estoy haciendo un buen trabajo y estoy prestando demasiada atención a lo que pueda ocurrir en el camino, no estará esa opción abierta para mí”. La lógica de la razón, de lo que el ciudadano entiende y quiere escuchar.
Y es que en esa parte del sueño y la esperanza, el “Yes we can” que enarboló en su primer campaña presidencial, en el paso del “Change” al “Fordward” que le siguió cuatro años después, siempre mantuvo la coherencia en sus años previos, por ejemplo cuando en una declaración afirmó: “No es que la gente común haya olvidado cómo soñar. Es sólo que sus líderes lo han olvidado”.
En las líneas del mandatario podemos percibir confianza en sí mismo (“No me presentara si no pensara que puedo ganar”), frases para que la gente lo apoye (“Respuestas directas a preguntas fundamentales. Eso es lo que no tenemos en este momento”), tips de campaña electoral (“Uno no vota por alguien por la forma en que se ve. Se vota por aquello que representa”), y por si fuera poco, consejos para aquellos políticos que les da por escribir sus libros también tiene unas palabras: “Me sentiría muy incómodo poniendo mi nombre en algo que ha escrito otro, o que he coescrito o dictado. Si mi nombre está ahí, me pertenece”.
Al final Barack Obama es personaje de sí mismo: “Descubrí que la mejor forma de abordar la ‘construcción de la imagen’ es ser yo mismo y dejar que todo el mundo sepa lo que pienso. Y de ese modo no termino tropezando por decir una cosa y hacer otra”. Así, dibujado de propia mano, con sus mismas palabras se puede ver a un Obama en su punto y en su interior, con la pausa para releer lo que dijo, para ubicar su forma de pensar y de actuar, el movimiento pues, de sus palabras.
Lisa Rogak, Barack Obama en sus propias palabras. Aguilar, México, 2012; 156 pp
Texto publicado en la Revista Siempre del domingo 11 de agosto 2013.
jueves, 1 de agosto de 2013
Las muchas indignaciones
Las redes sociales tuvieron otro momento álgido en días recientes cuando circuló (y llegó a medios tradicionales) un video donde se ve claramente que dos inspectores del municipio de Centro, cuya cabecera es Villahermosa, en el sureño estado de Tabasco, hacen que un niño que labora como vendedor ambulante, tire su mercancía al suelo entre sollozos.
Los comentarios sobre el inspector Juan Diego López Jiménez a estas alturas son por demás conocidos. Pero pareciera que la indignación de las masas está mal dirigida, pues fue mayor la molestia por el racismo y aires de superioridad del empleado de gobierno municipal, con todo lo que conlleva ese hecho, que la indignación porque un niño de 8 años tenga que trabajar.
A ciencia cierta las lágrimas que presenciamos a través de la pantalla, nos dicen que el niño fue lastimado, pero no debemos descartar que su llanto también se pudo deber al miedo que le representaba al pobre infante regresar con quien maneja el negocio y decirle que su mercancía le fue robada (como con los cigarros claramente robados), y entonces el regaño o incluso maltrato físico del verdadero dueño de la canasta era una de las fuentes de origen de esas lágrimas.
Nos indigna de hecho que un inspector, como cualquier servidor público de todo nivel, robe o despoje de un producto que vende el niño, pero pareciera que no nos indigna como sociedad en esa misma medida que el infante y otros de su tipo tengan la necesidad de salir al peligro de las calles para buscar un sustento.
La historias tienden a aderezarse conforme se van contando, por eso en días posteriores ya se conocía el nombre y origen del infante: Feliciano Díaz (aunque antes se dijo que su nombre era Manuel) de Chiapas, incluso su pertenencia al grupo étnico de los tzotziles, pero más allá, para calmar a la hambrienta causa de la justicia social que gritaba en redes sociales y ya también en medios tradicionales, se nos dijo que el niño trabajaba para pagar sus útiles escolares. Un guión de telenovela pues.
Más allá de si es verdad o no esa afirmación es precisa y necesaria la pausa para saber cómo es que llegamos a este momento (este sí indignante) donde una familia tenga la necesidad de que un niño de 8 años salga a trabajar. Y cómo unas autoridades de gobierno le pongan trabas a un niño que desconoce sus derechos, y cómo una sociedad se indigna no porque esto pase, sino porque un empleado de gobierno con criterio del tamaño de un chorlito, simplemente provoque las lágrimas que a todo México le hicieron indignarse, pero no reflexionar, he ahí la diferencia.
El guión sigue, aparece el gobernador de Tabasco y señala que además de ayuda psicológica el ahora ya famoso niño Manuel (o Feliciano) recibirá una beca escolar (no se sabe cómo se le hará llegar si es que vive en otra entidad federativa). Buenos reflejos, pero por qué no aprovechando la circunstancia el mismo mandatario ordena levantar un censo, sin importar las siglas o colores del gobierno estatal, de los niños que trabajan en la capital de su estado y les ofrece una beca a todos y cada uno de ellos, ¿o necesitamos la existencia de otros videos para responder a la circunstancia?
A esto debemos sumar el comportamiento de la otra inspectora que ya tuvo su castigo administrativo, una persona de nombre Carmen Torres Díaz cuyo silencio cómplice también daña, y también se puede tomar como un reflejo de muchos que ven atropellos y prefieren hacerse a un lado, evitar participar, el cómodo “yo no vi nada”, que también fragmenta a la sociedad mexicana.
Mucha indignación pero poca reflexión tuvimos con esta experiencia. Ojalá en algo haya cambiado la forma de pensar de algunos, allí empiezan los grandes movimientos, en la manera de pensar y de actuar.
Texto publicado en el suplemento CAMPUS de Milenio Diario le jueves 1 de agosto de 2013.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)