martes, 22 de octubre de 2013
El matrimonio de los peces rojos
Es de las narradoras mexicanas que más ha llamado la atención en fechas recientes, y con justa razón. Guadalupe Nettel (1973) es dueña de un estilo propio que se logra a base de trabajo, signos de identidad que se agradecen, y que mantiene la fórmula que hace pensar al lector en sí mismo y en su posición en este mundo.
Ahora nos presenta El matrimonio de los peces rojos, volumen acreedor al Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, formado por cinco piezas con independencia en la fuerza y con fortaleza en su conjunto. Abre el que le da título a la obra y nos muestra las vivencias de un matrimonio joven que por regalo de una amistad de pronto son dueños de un pez rojo que, piensan, requiere compañía.
La pregunta salta: “¿Podría hablarse del destino en el mundo de los peces?”, y es que los problemas de la pareja de peces y la del matrimonio joven parecen reflejarse: falta de espacio, molestias que incrementan con ganas de deshacerse del otro. La trama es un toma y daca que presagia lo peor.
Le sigue “Guerra en los basureros”, donde un adolescente es enviado a casa de sus tíos por problemas económicos de sus padres, desde esa tribuna tratará de descifrar el mundo ajeno de sus primos, de sus compañeros en la escuela, y sobre todo de la chica del aseo, quien vive junto con su madre en la planta alta de la casa familiar, sitio donde también le hallaron asilo al sobrino arrimado.
La trama lleva a la cucaracha en espíritu y forma de lucha, la fumigación de la plaga es la aventura y la decisión. La cucaracha, para algunos es el simbolismo de la nada, es a final de cuentas una especie de protección hacia todo lo desconocido (“¿O fue acaso la sensación de familiaridad la que me produjo el rechazo?”). Es una repetición constante, pues por alguna razón para el protagonista de este cuento las cucarachas “casi siempre terminan convirtiéndose en una obsesión”.
El tercero es “Felina”, una especie de confesión de una universitaria, para usar el lugar común, con todo el futuro por delante, pero que por una aventura de una sola noche con Ander, su compañero de piso durante apenas un mes, tiene que hacer una pausa para replantearse lo que quiere. Lo impactante son las similitudes que conlleva su embarazo con el de Greta, su inseparable gata quien junto con Milton, pareja de la minina, le dan el toque de familia a un departamento testigo de los altibajos emocionales de ambas.
El embarazo es un pretexto para atestiguar la manera en que se copian patrones y vemos la realidad en otros ojos. Como signan las líneas de la trama: “Los vínculos entre los animales y los seres humanos pueden ser tan complejos como aquellos que nos unen a la gente. Hay personas que mantienen con sus mascotas lazos de cordialidad resistida”. Por eso tampoco sorprende el papel de la asesora universitaria, Marisa, en veces mamá, en otras amiga, el perfecto balance con la vida real. Quizá la trama más predecible, pero no por eso de menor calidad.
Prosigue “Hongos”, un cuento que en el nombre mismo genera morbo, va de un matrimonio maduro sin hijos donde por coincidencias de la vida, ella tiene que salir de viaje de trabajo y en ese lapso conoce y se enamora de un destacado músico. La infidelidad se presenta, sobre todo bajo el razonamiento de que “Cuando una relación tiene una fecha de caducidad tan clara como la nuestra, ni siquiera perdemos el tiempo en juzgar al otro”.
Es allí precisamente cuando toma un nuevo ritmo la trama, en las ganas de ella de olvidarlo, y en los tantos pretextos para saludarse, enviarse mensajes, mails, usar los más viejos trucos de seducción. Ella pone en riesgo su propio matrimonio, y posteriormente también su propia forma de ver el mundo, mientras que el músico sigue con su vida de casado, problemas cotidianos y esa especie de hongo que le ha crecido en diversas partes del cuerpo porque sabe que “Erradicar un hongo puede ser tan complicado como acabar con una relación indeseada”.
La pieza que cierra el libro es “La serpiente de Beijín”, donde de nuevo es a partir de una búsqueda por las raíces familiares, que incluyen un viaje al lejano oriente, donde un padre y al parecer abnegado esposo encuentra la infidelidad. Pero rompe la dinámica cuando en la casa familiar levanta más sospechas que construya una pagoda en la parte de arriba y que adopte actividades que incluyen rituales orientales y una serpiente rara.
Las sospechas de la madre y las pesquisas del hijo dan por resultado un final inesperado, el conjuro para deshacerse del recuerdo y la complicidad para que esto suceda. Llevando al reptil como símbolo de fortaleza, un ritual encadenando trampas al sentido.
Todos los cuentos nos hacen recordar por momentos a la Nettel de El cuerpo en que nací, donde un desgarre, una cicatriz con su sangre emanando es también el confín de satisfacciones quizás únicas del personaje. Sin duda, El matrimonio de los peces rojos es un libro que se recomienda lectura y relectura, y es que la literatura de Guadalupe Nettel se vuelve peligrosamente adictiva.
Guadalupe Nettel, El matrimonio de los peces rojos. Páginas de espuma, México, 2013; 120 pp.
Texto publicado en la Revista Siempre¡ del domingo 20 de octubre de 2013.
miércoles, 16 de octubre de 2013
La buena tiniebla
Una muer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
de modo que si sobreviene
un apagón o un desconsuelo
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda
entonces las paredes se acuarelan
el cielo raso se convierte en cielo
las telarañas vibran en su ángulo
los almanaques dominguean
y los ojos felices y felinos
miran y no se cansan de mirar
una mujer desnuda y en lo oscuro
una mujer querida o a querer
exorciza por una vez la muerte.
Mario Benedetti en "Geografías"
lunes, 7 de octubre de 2013
De decisiones apresuradas
Puede ser debido a la crisis, quizá el momento, tal vez el contexto es el que influye, pero lo cierto es que sin importar la variabilidad de la razón, el resultado es similar: estamos tomando diversas decisiones apresuradas en nuestras vidas.
Y se empieza a notar con resultados comprometedores, con ajustes sobre la marcha por la mala planeación, porque al construir las bases se hizo olvidando el espacio para la reflexión, el análisis necesario.
Las acciones de gobierno por ejemplo, ponen a algunos en la disyuntiva del todo o nada, están a favor o en contra, pero en ocasiones ni siquiera han brindado el lapso para la lectura, el análisis, llega la negativa antes que la reflexión. Evitar el debate es promover la falta de argumentos y de consensos.
Los medios de comunicación igual figuran en esta parte como actores. Pues privilegian estos opuestos, no hay espacio para el “depende” y su gran poder. Se necesita un respiro para analizar la información, darle credibilidad al argumento, tener claro a lo que se quiere llegar con lo que se está diciendo.
De pronto pareciera que lo conveniente es estar con las mayorías, y algunos se recargan en demasía en el proceso de adaptabilidad con tal de quedar bien, verifican el tamaño de la ola y buscan la manera de subirse, sobre todo en cuanto a rumorología se trata.
No se hace un pequeño hueco para verificar la información o siquiera para saber si lo que en redes sociales virtuales por ejemplo, se va a compartir o a decir, es medianamente cuerdo. Lo que impera e impacta ahora es la inmediatez, se va tan deprisa que no importa si es erróneo, nadie lo notará porque pasará inadvertido en cuestión de instantes. La inmediatez consume.
La suma de instantes no está construyendo ni dejando un legado certero en nuestro presente. Cuando los hombres y mujeres del mañana quieran analizar nuestro época habrá toneladas de cifras, frases, cantidades exageradas de testimonios, pero poca información de calidad, y no toda será la adecuada para darse una idea del pasado.
La cuestión es ¿Cómo entonces nos vamos a definir? En la generación de la inmediatez, de los contenidos rápidos (como la comida y el tiempo para comer), la fugacidad de los deleites. Pocas rendijas estamos dejando para la definición, la construcción de identidades (si ahora el avatar y el perfil falso conviven al lado nuestro).
Baste como botón de muestra un espectáculo público como lo es un concierto donde se pueden ver a cientos o miles de espectadores grabando o captando las mejores imágenes con sus teléfonos inteligentes, desde donde miran el espectáculo y desean compartirlo a la brevedad. No disfrutan lo que ven en vivo, sino disfrutan (quizá presumen) el contenido del que de alguna u otra forma, están siendo parte.
Y el disfrute es fugaz, al término de ese concierto ya se piensa y planea la asistencia al siguiente, no ha pasado tiempo para estructurar la anécdota narrativa, quizá la visual sí a partir de las tanta fotos levantadas, pero ya fue, es historia, lo que importa es lo siguiente, elevar el récord personal.
Las modas son distintas porque el proceso para llegar a serlo también lo es. El tiempo que se llevaba la generación del anhelo, aquel que nacía con la expectativa de obtener algo y posterior a ello, tenerlo, ahora es rebasado porque la moda cambia de manera más rápida, y cuando apenas el individuo ha juntado el recurso para adquirir el modelo reciente del teléfono inteligente de moda, resulta que anuncian uno más nuevo.
Tiene que ver también con la forma de valorar lo que poseemos. La generación de necesidad, el camino para la obtención de lo deseado, lo que entre otros el poeta griego Constantino Petras Kavafis nos legó en su “Ítaca”, el camino se disfruta tanto como la llegada, el esfuerzo tanto como el logro.
Y sobre todo la emoción, el disfrute de la sensación de esperar, un oficio que empieza a perderse, el de la paciencia, el de no hacer nada, el de respirar con calma, el de disfrutar el instante de soledad, cerrar los ojos y sentirse único. Que ahora se ve rebasado vertiginosamente por la pantalla del celular, el ruido de los vehículos que corren en la vía y la preocupación por “hacer” algo, por moverse, porque el ritmo de vida así lo exige.
Es importante que regrese el espacio para la reflexión, incluyendo la propia, que evite las prisas para tomar mejores decisiones, que sean a mediano y largo plazo y no en el constante cambio que en ocasiones no genera desarrollo ni mucho menos bienestar o felicidad.
Texto aparecido en Suplemento CAMPUS de Milenio Diario el jueves 3 de octubre de 2013.
domingo, 6 de octubre de 2013
De la idea a la práctica
Pocos lo ubican por su trabajo en el Gobierno de Michoacán como coordinador del gabinete social hace algunos años. Pero de allí saltó a formar parte activa en el gobierno del presidente Felipe Calderón en funciones clave en la alimentación y salud de los mexicanos, es Salomón Chertorivski, quien en De la idea a la práctica comparte a título personal algunas de las actividades que más le han ayudado en su paso en diferentes espacios de la función pública donde le ha tocado estar.
Esta experiencia en la administración pública en el ámbito federal comenzó en Diconsa, siguió en el Seguro Popular y culminó en la Secretaría de Salud (actualmente se desempeña como Secretario de Desarrollo Económico en el Gobierno de la Ciudad de México), y la plasma en seis capítulos ordenados de manera cronológica en el ámbito del servicio público, desde la llegada hasta la transición.
Salomón Chertorivski nos habla de cuestiones de liderazgo pero también de la realidad que se vive ya en el terreno de batalla, donde los errores pesan más. Intercala algunas declaraciones de gente que ha trabajado con él, como el Director de Desarrollo de Diconsa, quien señala: “Se trata de un trabajo político, no de la política relacionada con el poder, sino del convencimiento, de leer a la gente y de que te lean. Se tienen que dar cuenta de que tú no vienes a quitar, sino a ofrecer”.
Uno de los consejos más contundentes que brinda, luego de su paso por algunos cargos, es el siguiente: “el funcionario prefiera siempre obtener resultados que marquen diferencia y no transformaciones marginales”, porque a su modo de ver “es importante que los resultados no sólo sean precisos, sino además visibles”.
Sin embargo, en la lectura también podemos observar que en ocasiones sus “ejemplos muy significativos” así como sus expresiones del tipo “transformación profunda” son como baches para la lectura misma. El ritmo de superación personal puede ser engañoso, como riesgosas algunas líneas que pueden hacer que el lector deje el ejemplar: “aprendí que la cooperación con las diversas instituciones es una forma útil de contribuir a la continuidad de un proyecto”.
Pero quitando las obviedades, es un libro que sin duda es útil para aquellos novatos en la función pública, es también un material de lectura recomendada para quienes trabajan desde hace años con los mismos patrones y aspiran a salir de su área de confort. Es pues una exposición clara y sustentada de una experiencia personal, que se agradece deje su testimonio.
Salomón Chertorivski, De la idea a la práctica. Experiencias en administración pública, Random House Mondadori, México, 2013; 173 pp.
Texto aparecido en Revista Siempre¡ del domingo 6 de octubre de 2013.
lunes, 30 de septiembre de 2013
La gran Marivián
Antíbula es el escenario a donde ahora nos lleva la pluma de Fernando Aramburu (España, 1959), y Marivián es la protagonista y el alma de la historia. Todo gira alrededor de ella, un territorio donde el gobierno lo ejerce el partido colectivista, al más puro estilo de premiar a los suyos, mantener a raya a los adversarios y dar sólo lo necesario para que la gente no proteste.
O al menos es lo que suponemos a través de la historia que nos va narrando un periodista que ha sido despedido por una causa menor, pero se toma como el detonante para que su olfato periodístico navegue entre las más diversas entrevistas, encuentros, viajes al pasado con tal de saber un poco más de Marivián.
Empecemos de atrás para adelante. Ella muere faltando trece días para cumplir cuarenta años. El cortejo fue de lujo, con ceremonia oficial, las clásicas esquelas, los discursos de mayor aplomo, nada extraordinario para como la tenía acostumbrada el establishment, pero pocos, muy pocos gozaban de esos beneficios.
Su nombre real era Acfia Fenelina Benjamel, pero el mundo la llamó siempre Marivián, la bautizó así quien fuera su maestra y gran influencia, Sera Behe. “Lo he dicho siempre que me lo han preguntado. Yo he tenido desde el principio de mi carrera tres maestros esenciales: la profesora Behe, el director Amel y el Teatro Bolshói de Moscú”, esto es declaraciones reveladas a la Revisa de Actualidad y Espectáculos, cuya revisión hemerográfica estuvo a cargo del periodista despedido.
La belleza de Marivián no aceptaba comparativos, la destreza de Aramburu para plasmarlo en su narrativa merece la cita: “La naturaleza había dotado a Acfia Fenelina de unos pechos erguidos de dimensiones generosas, con unos pezones oscuros y redondos que se le marcaban en la blusa, por lo que, en épocas de ropa ligera, cuando iba por la calle dejaba de costumbre tras de sí un reguero de caras risueñas y ceños reprobatorios”.
Bien a bien ella era un producto más que una persona, el sistema la trató siempre con los destellos de estrella que decía ser y así se sentía, ni impuestos, ni filas, ni trámites engorrosos, todo llegaba a su domicilio, hasta las identificaciones que la acreditaban como miembro del partido oficial.
Su primera actuación pública fue en Coliseo Nacional, donde presentaron la ópera Aida de Guiseppe Verdi, allí se las ingenió para que un reseñista la hiciera sobresalir, el texto signó: “una obrilla tan abstrusa como intrascendente, que nada aporta al pueblo y de la cual lo único que se nos ocurre resaltar son las piernas de la hermosa actriz que hacía de criada”.
La trama nos lleva al primer matrimonio de Marivián con Mlaco Derf y la vida de padecimientos que sufrió. Buena parte de la intriga se sostiene gracias a la variedad y al ritmo narrativo que se alterna entre recortes periodísticos y varios personajes, por ejemplo Mel Amel, el director que tuvo a bien llevarla a la pantalla grande, él la describe como “una mujer vacía. Estaba hueca por dentro. Como lo oyes. Era aire rodeado de piel”.
Fueron en total siete largometrajes los que realizó Marivián, y al menos dos matrimonios, el segundo con Bolsio Demonce, a quien le reiteraba su amor incondicional luego de que él falleciera, decía: “Yo a Bolsio, mientras me dure la vida, lo llevaré conmigo dentro de mi corazón”, también en declaraciones a la Revista de Actualidad y Espectáculos.
El amor es uno de los hilos que no podía faltar en la vida del personaje, pero ser amante de ella era firmar la responsiva de suicidio, porque era vigilada por todos, una gracia de superestrella que bajaba de las nubes sólo para ser pisoteada, esa vida fugaz que brinda la belleza del momento, porque terminada la física entonces se derrumbaba todo, tal como lo confesó Lurbia Duendud quien en una visita a la estrella le contó que “toda la noticia consiste en una patraña urdida por el Gobierno”.
Marivián es un personaje en busca de autor, fuerte, amoroso, con mucha gracia, nacida de la pluma de alguien que nos hace enamorarnos de ella a partir de su sufrimiento y luego acompañarla en las bondades de su vida, ya sea sexual, ya con premios y regalos al por mayor. En el más puro estilo de Aramburu, acostumbrados como nos tiene a que sus personajes sobreviven de los zulos luego de ser capturados por integrantes de la ETA, ahora es Marivián quien de a poco se extingue en el mismo dolor, en el mismo desgaste de todo ser humano que se siente vigilado todo el tiempo.
Con un gran ritmo y una riqueza de voces narrativas, el guiño del periodista no pasa inadvertido, Fernando Aramburu nos regala en La gran Marivián un pretexto para darnos cuenta de que toda la belleza puede extinguirse en un solo momento y que es mejor disfrutar de las cosas buenas que nos presenta la vida.
Fernando Aramburu, La gran Marivián. Tusquets, México, 2013; 280 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 29 de septiembre de 2013.
martes, 24 de septiembre de 2013
Discurso y contexto
Para muchos estudiantes de comunicación el nombre de Teun A. van Dijk es sumamente familiar, en varias materias es lectura obligada su libro Estructuras y funciones del discurso. El cual da luces teóricas de algo que parece no tener mayor ciencia, pero mientras más se conoce el marco teórico más se descubre su complejidad.
El autor nacido en Holanda es una de las voces más calificadas, y lo confirma la constante actualización que hace de sus mismas ideas, por eso ahora presenta Discurso y contexto, un libro necesario hoy en día para comprender mucho de lo que se dice y por qué se dice.
Comprendemos todos que una cosa es lo que un emisor genera, pero eso que para él o ella queda claro, no necesariamente es así, del receptor depende que la comunicación tenga un proceso bien llevado.
Comienza con un ejemplo de discurso del entonces primer ministro de Inglaterra Tony Blair, y nos pone precisamente en ese contexto parlamentario, y señala: “No es la situación social ‘objetiva’ la que influye en el discurso, ni es que el discurso influya directamente en la situación social: es la definición subjetiva realizada por los participantes de la situación comunicativa la que controla esta influencia mutua”.
El también autor de El Discurso como Estructura y como Proceso brinda herramientas teóricas que uno puede identificar plenamente en cualquier oportunidad de lo cotidiano, es la ventaja que ahora propone, modelos contextuales de los participantes bien definidos que inciden de manera activa en la interacción, producción y comprensión del discurso.
De la primera afirma, “para que la interacción entre el discurso y el habla sea posible, los participantes tienen que representar las intenciones de los demás participantes, así como las suyas”. Y es que desde su punto de vista, o al menos como tesis de esta obra, “es que el discurso se produce e interpreta bajo el control de los modelos mentales contextuales”. Por ejemplo, como lo dice el mismo Van Dijk “el conocimiento personal o socialmente compartido del hablante (incluido su noción sobre el conocimiento del destinatario) se maneja para producir discursos o interpretaciones apropiados”.
Al final anuncia que los próximos textos abundará sobre la teoría de la interfaz que deja entrever, y para decirlo en sus propias palabras: “Podemos concluir a partir de la caracterización informal de la noción de ‘contexto’, que no entendemos a cabalidad los fenómenos complejos sin entender su contexto”. De tal forma que el enfoque sociocognitivo que ahora nos presenta Teun A. van Dijk resulta una especie de retorno a las aulas pero con más experiencia, con más “contexto” y con dudas siempre dispuestas a transformarse en certezas e incluso conocimiento, y eso siempre es bueno si se quiere abrir el debate.
Teun A. van Dijk, Discurso y contexto. Un enfoque sociocognitivo. Gedisa editorial, España, 2012; 350 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 22 de septiembre de 2013.
lunes, 16 de septiembre de 2013
El Pacifista
Nacido en Irlanda en 1971 John Boyne quizá sea un nombre poco conocido a simple vista, pero cuando se descubre que fue él quien escribió El niño con el pijama a rayas (que llevara a la gran pantalla Mark Herman) se nos hace menos lejano. Esta vez el oriundo de Dublín nos entrega El pacifista, una novela con buena hechura, ritmo y personajes entrañables.
El autor nos lleva a las diferentes edades del protagonista, y nos cuenta, o mejor dicho, hace que Tristan Sadler nos narre su vida desde que salió de casa para alistarse en el servicio militar (mintiendo porque sólo tenía diecisiete años) hasta el momento en que decide quitarse la vida.
Sadler se convierte en una figura entrañable por momentos, desesperante por otros. De su niñez sabemos lo mínimo, pero eso poco es clave para entender su forma de actuar, por ejemplo, la frase que le dice su padre antes de alistarse en las fuerzas armadas: “Lo mejor para todos será que los alemanes te mataran de un tiro nada más verte”.
Ese trato lejano y frío de su padre tiene otro momento alto cuando, al terminar la guerra y Tristán regresa a casa, se entera de la muerte de su hermana sucedida muchos meses atrás, su padre de nuevo le dice: “La verdad, Tristán —me dijo haciéndome salir a la calle otra vez—, es que tú ya no eras su hermano, como tampoco eres mi hijo. Ésta no es tu familia. No tienes nada que hacer aquí, ya no”.
Y es que el padre conocía y reprobaba algunas actitudes de su hijo, sobre todo en las relativas a las relaciones de pareja. Pero ese detalle a Tristán lo impulsaba a seguir con su vida. Alistado ya en las filas del ejército conoció a Will Bancroft por quien de inmediato sintió admiración, afecto y cariño. Él lo tenía como su cómplice, tocó en suerte que compartieran dormitorio en los días de preparación.
En esas horas intensas de preparación, Will y Tristan platicaban de muchas cosas, aunque inteligentemente se reservaban otras. Ambos fueron testigos de cómo el Sargento Clayton a cargo del grupo estaba obsesionado con la guerra y odiaba a quienes no opinaban como él, tal era el caso del soldado Wolf, un pluma blanca declarado desde el inicio, esos que no están de acuerdo con el uso de las armas, con matar a los demás, pero están en el campo de batalla.
Las jornadas se volvían una atracción para ver cómo el sargento Clayton hacía los días difíciles a Wolf, pero éste siempre aguantó todo, hasta un día antes de partir al verdadero campo de batalla cuando misteriosamente desapareció, siendo la primera baja del batallón.
El detonante del recuerdo es el mismo Tristan quien decide, acabada la guerra, ir a donde vivía Will y devolverle a Marian Bancroft las cartas que su hermano le escribió. Allí viene esa nostalgia, ese cambio de ritmo que nos hace ver al Tristan enamorado, al que pierde los estribos por los celos, por la presión, por lo que vivió entre amenazas, muerte, reclamos.
El momento del frenesí lo plasmó de buena forma: “Entonces recorre mi cuerpo de arriba abajo, acariciándome por entero, y esta vez me obligo a no escuchar la voz en mi cabeza que me dice que no son más que unos minutos de placer a cambio de quién sabe cuánto tiempo de antipatía por su parte, porque no importa; al menos durante estos pocos minutos podré creer que ya no estamos en guerra”.
Ese es el Tristan que veía a Will como su todo, al parecer sólo fue una noche en que unieron sus cuerpos en los días de entrenamiento, pero nunca pudo borrarlo de su mente. La obsesión de Tristan por Will se volvió a su vez una lucha interna, se molestaba cuando se alejaba, en la guerra por días no sabía de él y le preocupaba, hasta que Tristan es herido y permanece varias jornadas en el hospital.
Al recuperarse, de forma sobresaliente a decir de los médicos, Tristán tiene una pausa para pensar en los caídos de su batallón, en las figuras que han aparecido en estas jornadas, en Will y su amor por él, en que es momento de dejar la batalla, pero esto último no puede hacerlo, el sargento Clayton lo obliga a regresar.
Cuando se encuentra a Will de nuevo, se entera de que éste ha sido confinado al calabozo, etiquetado como un pluma blanca. Sabe allí Tristan que no le quedan muchas esperanzas a quien mira con ojos de amor, pero más allá de eso, Will impulsado por el hartazgo le echa en cara a Tristan cosas que éste no esperaba, palabras que marcarán el fin de la relación.
La forma en que Will murió es narrada por Tristan a Marian. La forma en que Boyne nos narra el fin de la historia es un buen guiño, con un personaje ya mayor, afamado escritor de libros, lleno de fama y fortuna pero vacío de amor. Quizás allí estuvo la mayor virtud de su inteligencia, salir bien librado siempre, quizás allí también estuvo la mayor pifia de su batalla: quedarse solo.
El pacifista es una obra que habla del amor y de la guerra, de las consecuencias de los celos, de las relaciones familiares y filiales, y de que no es necesario estar en el campo de batalla para librar las luchas contra uno mismo.
John Boyne, El pacifista. Ediciones Salamandra (Traducción de Patricia Antón), España, 2013; 284 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 15 de septiembre de 2013.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)