jueves, 24 de noviembre de 2011

Miedos modernos

Los tiempos actuales traen consigo diferentes miedos. Ya el filósofo alemán Zygmunt Bauman desde hace años viene hablándonos de cómo lo sólido (retomando a Marshall Berman) se desvanece en el aire, y, también se vuelve líquido para dejar de ser lo que era. Ahora la flexibilidad juega un papel crucial.

En esta flexibilidad y con los accesorios que conllevan nuevos mecanismos de comportamiento e interacción humana, percibimos algunas modificaciones en lo que antes parecía cotidiano.

Por ejemplo, parece por momentos que los jóvenes hoy en día tienen miedo al éxito, y es que en la formación académica el alumno más aplicado, el llamado cerebrito, el que siempre saca 10 de calificación es relegado, no es el más popular, esas coincidencias casi no se presentan.

Y se contrapone con el miedo a reprobar, no tanto ya por la pérdida de tiempo que implicaría repetir un año escolar, sino por el rechazo social, por el reclamo familiar, por las críticas que conllevará a quienes se enteren de esa línea en el currículum.

En el mismo escenario escolar el maestro contemporáneo por momentos pareciera que tiene miedo a perder el empleo (situación que se extrapola a cualquier profesión u oficio en países como México), lo aleja de su concentración total para ejercer el magisterio, sumado a que debe buscar otras maneras de manutención para completar el pago de sus servicios y nivel de vida.

Este mismo personaje en ciertos casos concibe la actualización como una manera segura de permanencia más que de aprovechamiento y buen uso en su clase. Una muestra similar la ubicamos en los diferentes estudios que se han hecho en alumnos de posgrado, quienes llegan con carencias de lectura, análisis y escritura. Ellos cumplen el requisito de titulación, publicación de textos u otros sólo para incrementar su puntuación y salario.

Fuera del aula, los padres también comparten el miedo de perder sus fuentes de ingreso e imaginan escenarios diversos donde sus hijos caen en problemas de drogadicción y violencia. La violencia cotidiana en diversas ciudades de nuestro país.

Y es que pareciera que hoy en día ya no es el miedo a morir, sino a la manera de cómo moriremos. Luego del bombardeo en diversos canales de comunicación y charlas familiares, de amigos y conocidos, donde el punto común es haber sido parte o conocer casos cercanos de violencia, contagian que puede ser latente ser atacado por un grupo armado o quedar en medio de una balacera.

No en balde hemos visto simulacros de evacuación en casos de violencia con niños de preescolar; testimonios como el video que circuló en Internet donde vimos cómo una maestra tranquilizaba a sus pequeños estudiantes cantando una canción, mientras afuera de la escuela un estruendo de balas reclamaba la atención.

En otra faceta que se vive actualmente, y el miedo que puede transmitirse están las relaciones juveniles de pareja, donde se presentan situaciones de violencia verbal y física. De allí que el rompimiento de una relación amorosa, más allá de la explicación psicológica y emocional que pueden dar los expertos, es un miedo constante por dos flancos: el que representa una posible represalia, y el ya no tener a ese ser amado cerca o consigo.

Es un miedo que se traduce también en quedar aislado, que va en ocasiones de la mano al miedo al castigo. Quedar aislado o ser relegado es un miedo constante, ya no formar parte del grupo está latente.

Hoy buena parte del miedo radica en quedarse “desconectado” del mundo. Por ejemplo, sin crédito en el celular, o peor aún, sin batería, ese tiempo que dura el “aislamiento” y que anteriormente no se vivía, hoy pone en verdadera psicosis a los jóvenes, y no tan jóvenes profesionistas, que tienen la “necesidad” de estar conectados para saberse útiles, pues piensan que seguramente justo cuando la pila se agote recibirán la llamada o el mensaje que estaban esperando, el que cambiará sus vidas.

Antes se llegaba a casa y se preguntaba si alguien había llamado, si ese alguien había dejado algún recado, y todavía más, si ese mismo alguien había dejado un número dónde localizarlo. Hoy eso, que no es tan pasado, suena tan añejo y hace que aparezca el miedo al arrepentimiento. Miedo al “por qué no”, por qué no hice, por qué no dije, por qué no supe.

Quizá incluso no estemos errados al pensar que algunos jóvenes tengan miedo a ser felices. Puesto que basan su nivel de felicidad a partir de la queja constante y de sentirse mal. Miedos actuales que debemos enfrentar cada día.

Texto aparecido en CAMPUS de Milenio Diario

miércoles, 16 de noviembre de 2011

¿Qué demonios se oye?


Entrevista con Carlos Velázquez, autor de La Biblia Vaquera

Hay autores que arriesgan y son los que llaman la atención, hay libros que mueven y son los que se leen con gusto, tal es el caso de La Biblia Vaquera, obra de Carlos Velázquez (1978), coahuilense que sabe lo que ha creado y que se siente orgulloso de ello.

Envalentonado, Velázquez dice haber creado un espacio llamado PopStock para burlarse de una cartografía que puso de moda la llamada generación del Boom, la cual le parece despreciable, y la del Crack, la cual le es vomitiva. Salvo tres excepciones: en el primer grupo El perseguidor y Rayuela, de Julio Cortázar, y en el segundo En busca de Klingsor, de Jorge Volpi.

Pero a pregunta directa repara, se detiene, reflexiona para calificar a su libro dentro del popart, digamos más cercano a un cómic que a un corrido, y es una respuesta que deja dudas, pues la música es algo que le llama, que le llena, que le guía.

Hay un cuento en la obra que sobresale, lleva por título “Ellos las prefieren gordas”, que bien podría ser heredero en alguna línea del gran Enrique Jardiel Poncela o del maestro Jorge Ibargüengoitia, aunque Velázquez confiesa a manera de sacrilegio que no ha leído a Jorge Ibargüengoitia: “Cuando me hacen el referente no puedo saberlo. Pero las influencias no siempre llegan de manera directa. No soy un conocedor de su obra”.

Pero el también autor de Cuco Sánchez Blues tiene buena pulsación para lograr que la historia no caiga en el chiste barato ni en la anécdota cotidiana, él argumenta que “la estructura lo sostiene todo, el conflicto del personaje mantiene esa figura en función del cuento. Cada una de las palabras está expuesta para cumplir cierta función, la suma de todas ellas hace que el entramado semántico se mantenga”.

Lenguaje que no tienen nada de parecido al que aparece en las páginas de La Biblia Vaquera, donde se puede leer vertiginosos llamados a la inmediatez, telúricos aconteceres de un segundo, palabros onomatopéyicos escritos en español de un inglés que no le es ajeno.

Uno de sus fetiches favoritos es el luchador de nombre El Espanto, de hecho su fantasma atraviesa la obra, tiene su explicación: “Para nosotros El Espanto es el ejemplo de trascendencia, es uno de los primeros laguneros exitosos, fue uno de los mejores rivales de El Santo; que aparezca en el libro es un homenaje, además su máscara es sensacional, elegante, es un personaje único”.

También la atmósfera donde se contemplan las vivencias del luchador lo es, esa Arena de Lucha Libre, templo de lo que quieras ser, del héroe o del antihéroe, de lo que se requiera.

Uno de sus fetiches favoritos es el luchador de nombre El Espanto, de hecho su fantasma atraviesa la obra, tiene su explicación: “Para nosotros El Espanto es el ejemplo de trascendencia, es uno de los primeros laguneros exitosos, fue uno de los mejores rivales de El Santo; que aparezca en el libro es un homenaje, además su máscara es sensacional, elegante, es un personaje único”.
Carlos Velázquez ganó el Premio XXI Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón en 2005, para 2008 apareció La Biblia Vaquera bajo el sello del Fondo Editorial Tierra Adentro, el cual no pasó inadvertido, pero es ahora en la edición de Sexto Piso cuando lo conoce más gente. “Al libro en esta edición definitiva se le añadió un cuento y un epílogo, y tiene por fin la circulación que merece; mucha gente me escribía para ver dónde comprarlo, el libro es más visible, creo que el libro se lo merecía porque empezó a ser demandado, solicitado, la gente quería comprarlo, digamos que el libro estaba necesitando una distribución mayor que la que Tierra Adentro podía ofrecerle”.

Perteneciente a la generación de los setenta, que a su parecer es la que mantiene actualmente la fama de la literatura coahuilense en este momento. Cita dos ejemplos: Julian Herbert, autor de Cocaína (Manual de usuario), y Alejandro Pérez Cervantes, de Saltillo, con su obra Murania, la cual tiene cierta correspondencia con La Biblia Vaquera.

“No perseguimos intereses particulares, simplemente cada quien quiere brillar con luz propia. Coahuila es un estado que tiene mejores escritores nacidos en los setenta, es complicado saber por qué u ofrecer un diagnóstico, pero lo simplifico diciendo a que se debe al hambre que tenemos”.

Las influencias en la mayoría de este grupo son las lecturas de la literatura estadounidense como Cormac McCarthy, o en el caso particular de La Biblia Vaquera que tiene al parecer de Velázquez una deuda con La pesca de trucha en Norteamérica, de Richard Gary Brautiga, y es que “quería hacer mi versión, trasladar los mismos motivos pero desde el aspecto norteño”.

Y dio como resultado una obra original que mueve; en voz de su creador es un libro de juventud, se puede notar al leer La marrana rosa de la literatura negra, donde sin perder su estilo transmite un narrador más maduro, uno que, digamos, ya empieza a pagar su derecho de piso.

Los próximos proyectos son una novela en la misma editorial para el siguiente año, y un libro de cuentos, donde todo gira alrededor del músico Celso Piña: “Son historias de hijos perdidos de Celso Piña, hijos que buscan a su padre”; otra vez la influencia de la música, otra vez el elemento del que no se puede sustraer, del que forma parte el autor.

“Hubo un tiempo en que me metí mucho a la clásica y al jazz, pero me zafé, ahora escucho rock, pero obviamente también música norteña. Del rock general clásico mi grupo favorito son Manic Street Preachers, de Gales, y su disco Holy Bible”.

La televisión casi no la menciona, dice que no la ve, y lo que narra en sus páginas han sido momentos con los que se ha topado, con cosas como los reality shows: “Cuando estaba casado la televisión era lo que estaba prendida en la casa. Me gusta más el cine, La Biblia Vaquera está más influenciada por el cine, aunque esperemos pronto tener una canción, estamos en pláticas con algunos grupos”. ®

Entrevista aparecida en la edición de noviembre de la Revista Replicante.

martes, 15 de noviembre de 2011

Crónica de un grupo de metaleras

En su momento se llamó “nuevo periodismo”, sus máximos exponentes Truman Capote, Tom Wolfe y Norman Mailer; en México: Vicente Leñero. En fechas más recientes en nuestro país muchos periodistas organizaron su trabajo de reportajes y crónicas en libros, los temas del narcotráfico o los escándalos políticos era lo que más sobresalía (¿sobresale todavía?) en las mesas de novedades.

En ese contexto y con esa escuela aparece Arturo J. Flores (Ciudad de México, 1978) con un lúdico encuentro con una atmósfera que por momentos olvidamos que sigue allí, más viva, más explosiva y más luminosa que nunca.

Tomando la crónica como bandera, el reportero, labrado en revistas de corte musical en su mayoría, se vuelve narrador y personaje en un mundo poco explorado, el del heavy metal y todavía más particularmente en el heavy metal que tiene a un grupo de cuatro chicas como exponentes.

Las Mystica Girls nacen en un bar, se reproducen en los conciertos y no mueren porque perdurarán en sus canciones y en las páginas de este libro que se lee con sentimiento, se vuelven entrañables las Jane, Sofía, Alice y Cinthya, y sólo debajo de ellas el Chico Migraña, locutor del programa Sangre de Metal en la 7 Diez de AM, que sin proponérselo del todo se convierte en el fantasma que aparecerá como eje de la obra.

Sólo él conoce a los héroes de esa religión para llevarlos incluso al reino de las Mysticas, como lo es en la Zona Rosa el lugar llamado Yuppie’s; sólo él quiere trascender en la música sin ser rockstar; sólo él quiere mantener vivo el sentido y el rumbo de los de esta especie, por ello, quién mejor si no él para organizar el concurso de bandas cuyo premio es convertirse en el primer grupo mexicano que participaría en el afamado Wacken (sin gastos pagados) en Alemania, que según los conocedores es donde se marca un antes y un después en la vida del metal.

Sin llegar a los extremos, sino recurriendo cuando es justo a frases como: “En la fe cristiana, a uno suelen bautizarlo con agua. En el rock, te bautizan con sangre o algún fluido corporal equivalente”, la agilidad en la lectura del también autor de Cuentos de hadas para no dormir, transmite emoción al recordar cómo un grupo de chicas le piden ser su representante musical, con ambas partes sin experiencia previa en ese ámbito, pero con toda la actitud por recorrer el camino juntos.

Aceptada la comisión, las páginas y los capítulos señalan la bitácora del mánager (“No hay que olvidar que en el universo del metal todas las bandas alguna vez fueron la banda equis”), así vemos y vamos a conciertos en lugares de la Ciudad de México y de provincia: Querétaro, Estado de México, San Luis Potosí, los traslados, el movimiento del equipo, los otros grupos, la convivencia misma con los demás, las cosas que se viven detrás del show es lo que nos narra un autor que comparte sus gustos y conocimientos musicales.

Bien dice Flores que “Si no se puede escribir algo sobre una estrella de rock que no involucre a la música, entonces no es estrella de rock”. Por eso él deja Provocaré un diluvio (el nombre es en honor a la canción estelar de las Mystica Girls) como testimonio de su paso en el metal como mánager, ese papel que pocos saben desempeñar y del que seguramente muy pocos salen bien librados.

Justo es decir que las Mysticas por separado son personajes completos, no llegamos a conocerlas del todo y eso lo hace mágico, quererlas conocer más, como grupo son una explosión en la pluma de Flores, no es gratuito que los capítulos donde ellas no aparecen sean los más cercanos al periodismo tradicional, por la cantidad de información que proporciona y por el tono en que la ofrece.

Cuando están ellas presentes se nota el cariño, el afecto. Con ellas fuera es diferente. Provocaré un diluvio [México: Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011] es un libro que bien puede traducirse como esa canción que deseas escuchar y que sabes no te aterra volver a oír con el paso de los días, su estructura de crónica y bitácora se vuelve ágil, de tal forma que los viajes a provincia o a Europa no son distantes, los encuentros con las grandes personalidades son célebres pero no ceremoniosos.

Una lectura agradable con un tema que se vive más allá de las grandes urbes, pues en cualquier lugar se puede estar incubando la siguiente banda que marque historia en la música, y por momentos pasa inadvertido. ®

Resña aparecida en la Revista Replicante de Noviembre de 2011.

sábado, 29 de octubre de 2011

Soñador a sueldo

Grados Richter
Al ritmo de tus caderas
se mueve el mundo.
Mi país con tu silueta,
la ciudad con tu silencio,
mi casa con tu sombra
y esta pluma trémula
con cada uno de tus gestos.


Souvenir
Bajo la influencia de Kavafis

He regresado del viaje con algo para ti.
Ojalá te agrade:
es una Ítaca.
La ciudad que no existe, pedazo de sueño.
Un regalo mayor que el recuerdo.
Un obsequio para presumir.


A un costado
Ahora coloca la razón de nuestro lado
tan sólo para que sea diferente
el convivio veraniego. Para divertir
al gato que muere de aburrido en una esquina
de esta casa estrecha, que ya no cambia,
que se aterra, que aprieta, que no quiere
porque sabe que la razón está de su lado,
por eso te pido colocar la fortuna en mi bolsa,
la hueca, la vacía que grita dañada
porque la idiosincrasia de una plebe no supo
nunca valorar su verdadero peso. Justo el día
en que el grito de auxilio se quedó apagado,
al mismo tiempo en que copulaban las hormigas
en terreno adverso. Justo ahora en que he pedido
un favor casi cualquiera: que te permitas
colocar la razón de nuestro lado.


Gracias por tu visita
Para Eduardo Mateo, en Pamplona

Lo sabes. Tengo un pendiente
con la historia que llevamos a cuestas,
un recuerdo enfermo que no llega a ceniza,
y sigo en espera de que ésta sea
la promesa cumplida que tanto deseaste.

Gracias por tu visita,
ahora sé que fueron innecesarios los brindis
que a salud de un muerto propuse.


De cómo no soy
Y otra vez quería ser para ti
la palabra adecuada en los días de fiesta,
o la del discurso cuando se obtiene un galardón,
la de las compras en la agonía económica,
la del amor cuando se escabulle en el páramo
esa candidez de tu sonrisa.
Y otra vez quería ser para ti
la mañana austera, la del agotamiento
o el hartazgo, la disciplinada carente de nubes,
la que viene con ventisca, la que no sabe,
la enamorada de la noche, la perdida.
Y otra vez quería ser para ti
esa voz indecente que ya no sabe qué tono usar
cuando solicita favores carnales,
la que utiliza el niño cuando llora y tiene hambre,
la del anciano que mide sus pasos
en la profundidad de la tierra, la de la musa
que pierde belleza de tanto verla,
la del arroyo que nadie ha visitado,
la de una autoridad que no se respeta.
Y de nuevo tan sólo quería ser para ti
eso que se lleva en la mano
y se recurre a ella cuando la vida
ya no sonríe como antes.
Y tan sólo, de nuevo, quería ser para ti
esa prueba de hombría
que está en peligro de extinción. ®

Poemas publicados en la Revista Replicante

jueves, 27 de octubre de 2011

El cuento de la crítica

Son 39 plumas las que analiza el catedrático de la Universidad de Yale, quien desde la introducción nos deja ver las rutas que sigue cuando de criticar cuentos se trata: “Yo acepto únicamente tres criterios de grandeza en la literatura de imaginación: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría”.

Existe un halo de misticismo que envuelve a los críticos literarios. Sobre todo a aquellos a los que la fama y el trabajo los hacen conocidos y sus opiniones pueden catapultar o derribar carreras o perfiles. Tal es el caso de Harold Bloom (1930), un crítico de referencia obligada en la literatura mundial contemporánea.
Acostumbrado a los títulos que engloban dictamen y sentencia más allá del debate (pues no se presta para la negociación a más actores en escena), llega ahora Cuentos y cuentistas. El canon del cuento [Madrid: Páginas de Espuma, 2009], que es un libro sí necesario, sí referente, pero sobre todo para los lectores de literatura anglosajona y todavía más, para los de literatura estadunidense; el índice es una guía para comprobarlo.

Son 39 plumas las que analiza el catedrático de la Universidad de Yale, quien desde la introducción nos deja ver las rutas que sigue cuando de criticar cuentos se trata: “Yo acepto únicamente tres criterios de grandeza en la literatura de imaginación: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría”. Guiado por el reconocimiento y la apreciación, sabe que la crítica literaria es al mismo tiempo un modo individual y colectivo, por eso comparte lecturas, autores, e irremediablemente, aunque trata de esconderlo, sentimientos y emociones.

Los nombres en su mayoría son clásicos de siglos recientes como Alexander Pushkin, Nathaniel Hawthorne o Hans Christian Andersen; de hecho, en el texto dedicado al autor de cuentos como El patito feo o El soldadito de plomo, Bloom se da tiempo de hacer un examen a la comercialización que hoy vivimos: “J.R. Rowling y Stephen King son escritores igual de malos, oportunos titanes de nuestra nueva Era Oscura de las Pantallas: ordenadores, películas, televisión”.

Aunque tal vez, hombre clásico, no mida del todo el hecho de que algunos lectores de los escritores que para él (como quizá para algunos más) resultan malos, pueden dar el salto de esas obras a otras escritas por quienes Bloom en otro momento puede calificar como “buenos”.

Son 39 plumas las que analiza el catedrático de la Universidad de Yale, quien desde la introducción nos deja ver las rutas que sigue cuando de criticar cuentos se trata: “Yo acepto únicamente tres criterios de grandeza en la literatura de imaginación: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría”

Los nombres continúan con Edgar Allan Poe, Nicolái Gógol, Iván Turgueniev, Herman Melville, de quien toma para su comentario el cuento “Benito Cereno”, el cual califica como la obra maestra de la narrativa corta de Melville, “una historia maravillosa y enigmática”. Resulta significativo que para el caso de Gógol destina pocos párrafos, como también para O. Henry, Cynthia Ozick, William Faulkner, John Cheever, Sherwood Anderson y John Updike.

La razón de esto es porque el trabajo en El canon del cuento no es analizar el conjunto de la obra cuentística de los autores, sino tomar una o dos narraciones y de allí analizar el género a partir de la pluma. Por ejemplo, para Thomas Mann es igual de breve, pero no requiere mucho espacio para decir lo que quiere, para estructurar con tino (aunque de nuevo con el recurso de las oraciones en forma de epitafio): “La facultad que tenía de transformar su penetrante ironía en mil cosas distintas. La ironía de Mann no es tanto la propia condición del lenguaje literario en sí mismo como la metáfora amalgamada de su ambivalente actitud hacia el individuo y la sociedad”.

Algunos de los nombres que aparecen en el libro tal vez no resulten de fácil identificación entre los lectores nacionales, pero hay otros que más de uno ha leído y releído, tal es el caso de Lewis Carroll (“Es la locura del drama, la dulce locura de Carroll, una defensa frente a locuras tenebrosas”), de Mark Twain (“Un ataque a Dios, sea cual fuere la interpretación que se le dé a Dios, es una base muy complicada para el humor, como Twain se dio cuenta. Habiendo sobrepasado los límites de su arte, Twain cedió a la desesperación”), Italo Calvino, con los cuentos “La aventura de un automovilista” y “El caballero inexistente”, Henry James, Ernest Hemingway, Guy de Maupassant y Joseph Conrad.

Significativo que para el autor de “Bola de cebo” deje estas líneas: “Pero Maupassant es el mejor de los cuentistas realmente populares, muy superior a O. Henry (que podía ser bastante bueno) y sumamente preferible al abominable Poe. Ser un artista de lo popular es en sí mismo un logro extraordinario”, mientras que para Conrad signe que “El corazón de las tinieblas siempre podrá ser un campo de batalla en la crítica entre aquellos lectores que lo consideran un triunfo estético y aquellos otros que, como yo mismo, ponen en duda su capacidad para rescatarnos de su oscurantismo sin esperanza”.

Antón Chéjov es de sus favoritos, lo delinea de una manera contundente: “Casi un siglo después de su muerte Chéjov sigue siendo el más influyente de todos los cuentistas”. Y va más allá al calificarlo de “shakespeariano hasta la médula, aprovechó sus cuentos para hacer lo que ni siquiera sus obras de teatro podían: iluminar el lugar común sin exagerarlo ni distorsionarlo”.

Rudyard Kipling no escapa de la ironía, pues para Bloom “escribe en un estilo medio que parece atemporal pero que por descontado inaugura una forma consciente del inicio del siglo XX. Aparentemente es una prosa llana que participa de una vacilante oscuridad”. Mientras que a Jack London lo delinea a partir de cierta adoración por lo salvaje, “y he ahí la razón principal del permanente atractivo que ejerce sobre lectores de todo el mundo”.

Significativo que para el autor de “Bola de cebo” deje estas líneas: “Pero Maupassant es el mejor de los cuentistas realmente populares, muy superior a O. Henry (que podía ser bastante bueno) y sumamente preferible al abominable Poe. Ser un artista de lo popular es en sí mismo un logro extraordinario”.
De Stephen Crane rescata su narración “La insignia roja del valor”, pues a su parecer es la principal contribución a la literatura americana de este autor. También pasa lista de presente a D. H. Lawrence, Katherine Anne Porter, James Joyce, John Steinbeck e Isaac Bábel, quizá sea éste último con quien más se nota un trabajo de olfateo en sus cuentos y personajes, por ejemplo, toma de las líneas de “Así se hacía en Odesa” del mismo Bábel la frase: “Todos cometen errores. Hasta Dios”, y de allí analiza incluso el comportamiento humano; ése es su mejor trabajo, la labor del crítico, analizar para compartir su lectura, esa otra lectura que se da después del placer de la narración per se.

Con Franz Kafka, quizá el texto más extenso, se deja ver una de sus mayores querencias: “Cuando Kafka se muestra más auténtico resulta que nos proporciona una capacidad de invención y una originalidad que nada tiene que envidiarle a Dante y que verdaderamente puede desplazar a Proust y a Joyce como el autor occidental más influyente de nuestro siglo”.

Se regodea con quienes considera puntos de quiebre; de F. Scott Fitzgerald señala, “Después de El gran Gatsby, lo mejor de Fitzgerald se encuentra en muchos de sus relatos. Al igual que ocurre con las odas y los fragmentos épicos de Keats, los cuentos y las novelas de Fitzgerald son parábolas de la elección, de logros o fracasos en las rigurosas pruebas de la imaginación a la que se ve como una fuerza tremendamente capaz de destrucción”.

Pero con quien más sorprende es con Eudora Welty, y sorprende porque contagia la dedicación, la atención y el cariño que Bloom transmite al rememorar sus lecturas. “La verdad del universo de la ficción de Welty a pesar de toda su delicadeza preternatural consiste en que el amor siempre viene primero para, a continuación, ceder su lugar a una separación irremediable”. Incluso la calificación de pronto nos puede hacer tambalear porque no la esperábamos: “La mayor definición que alcanza Welty está en que, en ella, las declaraciones son tan fantasmales y los sonidos tan finos como en los más grandes narradores contemporáneos suyos: Faulkner y Hemingway”.

Uno de los mayores placeres que ejerce Harold Bloom al hacer sus críticas es el humor impregnado de sarcasmo, como lo muestra en varios casos. Con Shirley Jackson, del cuento “La lotería” dice que “no aguanta una relectura que es —en mi opinión— la piedra de toque de la literatura del canon. Jackson sabe demasiado bien y de forma precisa lo que está haciendo, y nosotros también al releerla”. De J. D. Salinger escribe: “Puede que la contemplación sea un modo de ser y de existir muy digno, pero no tiene historia alguna que contar”.

Mismo caso con Flannery O´Connor, en un texto de largo aliento remata: “Aunque siendo piadosos admiradores suyos por el contrario, O’Connor nos habría legado novelas y relatos aún mejores, de la eminencia de los de Faulkner, si hubiera sido capaz de contener su tendenciosidad espiritual”. Y con Raymond Carver no se queda atrás: “Carver, a quien puede que hayamos sobrevalorado, murió antes de poder ver realizadas las posibilidades aún mayores que su arte encerraba”.

Con Franz Kafka, quizá el texto más extenso, se deja ver una de sus mayores querencias: “Cuando Kafka se muestra más auténtico resulta que nos proporciona una capacidad de invención y una originalidad que nada tiene que envidiarle a Dante y que verdaderamente puede desplazar a Proust y a Joyce como el autor occidental más influyente de nuestro siglo”.

Dejé al final las referencias más directas de los lectores de lengua castellana: Jorge Luis Borges y Julio Cortázar; en el caso del segundo Harold Bloom pareciera que evita meterse en aprietos y coloca una larga cita del cuento “Bestiario”, incluso más larga que su propio comentario sobre el autor de “Autopista del Sur”. Mas en el caso de Borges inicia un rico diálogo señalando que es, “desde el punto de vista de la imaginación un gnóstico pero intelectualmente es un escéptico y un humanista naturalista”. Confiesa su gusto y preferencia, lo coloca en un punto alto de la narrativa mundial.

Harold Bloom es de la idea de que la influencia literaria es un “proceso paradójico y antiético acerca del cual seguimos sabiendo muy poco” (lo señala en el texto dedicado a Ernest Hemingway), y sí es cierta esta sentencia de quien ve a Samuel Johnson como su ídolo; pero más allá de las influencias literarias que puedan tener sus páginas, resulta necesarias leerlas, saber el pulso de lo que dice el crítico literario estadounidense, el peso que representa en el ánimo de las letras mundiales.

Ello porque en una sociedad apurada por la competencia se recurre a nuevos mecanismos de medición que ya no se bastan con el de las ventas, sino ahora se recurre por ejemplo al de las referencias o citas, al de las reseñas, al de las menciones en la red o en medios audiovisuales, digamos el lado cuantitativo, aunque por fortuna para el cualitativo están los ensayos, comentarios y críticas de mayor profundidad que le dan más sentido y dirección a una cabal comprensión de lo que refleja el campo literario de los años recientes.

No hay nada nuevo bajo el sol, “lees y relees necesariamente a costa de otros libros”. Hallaremos pues en la siguiente entrega de Harold Bloom nuevas coordenadas que serán conocidas, pero las mejores siempre serán las que lleguen por sorpresa como muchos de los nombres que ahora enlista el también autor de Cómo leer y por qué, a quien debemos agradecer ese espíritu que siempre tiene ánimo de invitar al encuentro con la lectura, con las obras que mueven y conmueven. Cuestiones subjetivas de gusto quedan bien para la tertulia de café, el análisis riguroso es lo que encontraremos en este nuevo canon. ®

Texto aparecido en la Revista Replicante de octubre.

De las redes a la calle

Mucho se ha hablado de los movimientos que comienzan en las redes sociales. Se generan hastags, etiquetas, perfiles falsos o trolles. Ya hay cursos intensivos, no faltan los expertos que creen que porque se la pasan más horas en la computadora que en la vida real, saben de redes sociales

Pero lo cierto es que la clave del paso cumbre o verdadero de movimiento en redes al movimiento social es la toma de las calles, del cambio que puedan ejercer cuando se logra la movilidad real, tangible, en las plazas, en los espacios públicos.

Cuando se toma la calle, se tiene la posibilidad de medir realmente un efecto que se presume nació en internet. Bien lo señala Nicolás Cabral en el número septiembre-octubre de la revista La Tempestad: “para transformar el espacio público en espacio común los cuerpos deben producir eventos, que van de la apropiación a la subversión”.

Ahora bien, ¿cómo llega un comentario en internet a volverse tema general o trend topic (para decirlo en sus palabras) y no desfallecer con la avalancha de las otras noticias? Quizá allí radica el éxito.

Si no se toma la calle, se corre el riesgo de que le siguiente e inmediato trend topic opaque al que hace unos instantes ameritaba llamado mundial. Tómese por caso un triunfo en algún campeonato del deporte que se guste. Si no se celebra de inmediato, el efecto no será el mismo, la efervescencia habrá descendido, el ánimo y las ganas se habrán casi extinguido.

Los recientes movimientos en Medio Oriente y en Europa resultaron exitosos y llamativos. Sin duda, las redes sociales fueron las grandes herramientas, los perfectos puentes para incentivar una movilización que no sólo tuvo como combustible el llamado, sino la indignación, el repudio por malas prácticas y pésimas decisiones que rebasan a lo económico y se incrustan en órdenes de justicia social y equidad.

Un punto a resaltar también es la distancia que ha demostrado ante estos movimientos las clases gobernantes. Los políticos que si bien están participando en internet, todavía muchos no han logrado manejar o comprender que se trata de una herramienta de comunicación y que exige en esa misma medida tiempo, atención y participación.

Estos movimientos sociales que aprovecharon las redes sociales contagiaron a ciudades emblemáticas de Estados Unidos y empezaron a cobrar vida con una razón que a todos los afectaba: el vacío en los bolsillos. It´s the economy, stupid, era una de las frases más recordadas. Y de nuevo con la etiqueta de indignados (término atinado, incluso romántico porque no quiere esa gente perder la dignidad, sino muy al contrario, mantenerla y agrandarla), el llamado hecho en internet cobró realidad en los puntos más emblemáticos de las urbes.

La rapidez con la que se mueve el mundo digital obliga a también ser eficaz en la comunicación, pero sobre todo certero y atractivo para que los seguidores continúen en esa tónica.

Hallar el punto de unión es la fórmula del triunfo, los indignados lo tienen muy claro, no se trata de una protesta más, ni de una protesta porque sí, esa indignación mantienen vivo el espíritu del movimiento, y como no se vislumbra una salida al menos en el corto plazo a las crisis financieras de varios países, el tema les dará para unos días más a esos grupos que supieron ubicar en las redes sociales un excelente canal de comunicación para la convocatoria, la respuesta y la alimentación de los eventos y del movimiento como tal, ya es otro logro.

Texto aparecido en CAMPUS de Milenio Diario el jueves 27 de octubre de 2011.

martes, 18 de octubre de 2011

El día sin Blackberry

En días recientes, seguramente como a muchos, me sorprendió la “caída” del servicio del aparato de comunicación llamado Blakcberry. Sin poder enviar mensajes ni recibir correos más otras funciones, el aditamento se reducía a lo que en su momento fue la razón de su éxito: teléfono móvil y envío de mensajes en la vía tradicional o SMS.

Al inicio vi y viví la angustia de sentirme incomunicado, hice lo que casi todos imagino hicieron al menos una vez: quitarle la pila pensando que eso resolvería la falla. Cabe señalar que esa práctica la tenemos los mexicanos en muchos de los aparatos que acompañan nuestras vidas cotidianas, recuérdese la televisión cuando empieza a perder la señal o el reloj cuando deja de caminar el segundero, en el acto reciben un golpe pensando que con eso se tendrá la solución deseada.

Al inicio fue angustia solitaria, pero al ver que los colegas, compañeros y amigos tampoco tenían los servicios mencionados, pasó a ser angustia compartida. La sensación de que podríamos estar sin información de algo sumamente trascendental empezó a embargar a algunos y a contagiar a los demás.

Las pláticas sobre cómo ese medio de comunicación se ha vuelto parte de nuestro mecanismo no sólo ya de trabajo sino de la vida personal, fue de lo más común. Con el paso de las horas la angustia fue terminando e incluso las llamadas telefónicas cobraron más vida de lo normal. Algunos volvimos a utilizar el radio del Nextel que cada día utilizamos menos.

Las llamadas tienen algo que los emoticones (esas figuras que pueden acompañar a las letras de los mensajes entre las blackberrys) no tienen: sentimiento y veracidad. Escuchar una sonrisa no se compara con leer un “jaja”, las emociones que transmiten las llamadas nos regresaron esa parte de humanos que comenzamos a perder de manera gradual. Cabe la pregunta: ¿hoy en día hablamos o nos escribimos más con los contactos del teléfono?

Antes de que regresara el servicio también tuvimos una avalancha de mensajes en cadena de todo tipo, desde aquellos que supuestamente enviaba la compañía trasnacional, o el consejo que se dijo en el programa de radio, o un mensaje con claves para que no perdieras tu servicio. Todos por supuesto falsos y todos por supuesto molestos, pero esperanzadores porque si mensaje ese había llegado, seguramente otros podrían empezar a llegar.

Al final de la travesía en la recuperación del servicio también se pudo respirar en algunos ambientes esa parte de la no presión, de saber que todos teníamos la misma falla, de que podíamos tener perdón al no responder, de que el correo sería revisado llegando a la oficina o casa, de que las llamadas sí eran para comunicar algo y no sólo por compromiso, como quizá haya muchas.

Lo cierto es que el mundo no se detuvo con la “caída” del servicio y que en las siguientes presentaciones además del llamado PIN, también pediremos el número telefónico. Pero lo más importante es que por unos instantes sentimos la dependencia a un aditamento que hace pocos años no existía en nuestras manos, bolsas o ni siquiera imaginación.

Hoy aceptamos esa dependencia, lo cual dice mucho de nosotros como sociedad, y que puede ser también un elemento de debate para comprender las conductas de los grupos sociales que aquí existimos, de las dinámicas de trabajo en equipo, de perfiles de algunos individuos que pueden confundir la soledad con el asilamiento y de las relaciones más básicas del ser humano que comienzan con un buen apretón de manos.

Aparecido en La Voz de Michoacán