Rodolfo Pérez Valero es un escritor cubano (1947) que se ha hecho de su nombre a base de golpes certeros. Ha ganado el Primer Premio de Cuento de la Semana Negra de Gijón en cinco ocasiones, y esas narraciones las ha conjuntado, sumado algunas más para darle vida a Un hombre toca a la puerta bajo la lluvia, colección que llama la atención por diversos flancos.
Primero, tomemos por caso el cuento “Sinflictivo”, tal vez el más cercano a las vivencias de su nacionalidad, el que mayor reflejos tiene de las vivencias de la isla, pero también una de las narraciones de mayor carga eléctrica con los que cuenta el escritor, pues si bien “Es una historia terrible, morbosa y, por tanto, irresistiblemente atractiva”, nos lleva de la nación comandada por los Castro a la otra parte de esa patria, donde sabe que “vivir en Miami se tornó riesgoso para mí: mucho extremismo político, demasiada gente conflictiva”.
La percepción de lo propio se pierde de a poco: “Aquí, si tú vienes de Cuba en una balsa, sin ningún documento, hecho mierda y rojo como una langosta y dices que eres Yurisleidis Fernández, de Guanabacoa, te dan la tarjeta de Social Security con ese nombre y eres Yurisleidis Fernández para el resto de tu vida, sin importar tu pasado”. No es tanto el juego de la doble personalidad, es más bien el significativo encuentro consigo mismo cuando ha dejado de ser quien en algún momento pensó era.
El juego de emociones hacen complemento de la intriga, sabe de anécdotas y de filosofía. De pensamiento claro, de certeras acusaciones, siempre con un paso de lado para dejar respirar quien lee: “La impotencia es la madre de la tristeza”.
“Ella murió” es una narración que sobresale, el manejo de personajes es su mejor carta de presentación, una trama que aparenta sencillez pero ata de un solo golpe la humildad con el robo, la soledad con el deseo y la perfecta espiral de un momento dado, de una coincidencia con la mala suerte de una decisión acertada de la persona que no convenía. El investigador que debe ser otro, incluso en el amor, lo cual siempre resulta caro.
“Lección 26”, por su parte, resulta ser ese exceso de pedagogía de parte del autor, es un cuento que sobra pues pareciera que expone las razones de su escritura, los ejercicios que realiza en su trabajo personal, sus secretos relevados en forma de presunción, pero que por supuesto a alguno puede agradarle.
Mientras que el cuento que le da nombre a la obra nos recuerda que la sorpresa lleva el ritmo, es de las tres o cuatro piezas que bien pueden tener cabida en una antología, desobedece el patrón establecido, a la intriga suma la extraña no coincidencia, ciñéndose a las cualidades más radicales que tiene, la velocidad de los movimientos instintivos.
Un hombre toca a la puerta bajo la lluvia es un libro que se disfruta, que tiene sus cuentos memorables y otros no tanto, pero sin duda en el veredicto final pasa la prueba pues las piezas recomendadas brillan, tienen magia, toque especial, complicidad que no se alcanza tan fácilmente, y eso siempre es lo que se busca cuando de leer se trata.
Rodolfo Pérez Valero, Un hombre toca a la puerta bajo la lluvia. Plaza y Janés, México, 2010, 191 pp
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ de esta semana
lunes, 10 de octubre de 2011
lunes, 12 de septiembre de 2011
El 11 de septiembre
La historia se escribe de manera conjunta. No se puede separar la historia propia y la historia del mundo. El 11 de septiembre de 2001 estaba en clases cuando sucedió el atentado que acabó con la pureza y perfecta seguridad de una nación que por primera vez sintió miedo y lo transmitió a varias partes del orbe.
Esa mañana estaba con mis compañeros de la carrera de Ciencias de la Comunicación en alguna de las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, el profesor era el periodista Jorge Meléndez Preciado, quien comentó que un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas de Nueva York pero como la nota la había dado un payaso nadie lo había tomado en serio.
Se refería al noticiero “El Mañanero” que conducía Víctor Trujillo en su caracterización del payaso Brozo en el extinto CNI Canal 40 en el valle de México. Antes de terminar la clase ya un compañero me había escrito un mensaje al teléfono celular para preguntarme si estaba viendo la televisión. Al terminar la sesión, nueve de la mañana, el movimiento en los pasillos era mayor del normal y gracias a dos aparatos de televisión que tenían los “compañeros” del Comité General de Huelga uno adentro y otro afuera de su cubículo pudimos muchos ver cómo la segunda torre se venía abajo.
Los comentarios seguía de un lado a otro, la decisión de subir al avión Air Force One al Presidente George W. Bush parecía lógica luego de que empezaron a confirmarse los ataques al Pentágono. Una voz dijo que luego del inmueble de seguridad y lo simbólico de la economía con las grandes torres, los siguientes objetivos serían Disneyand y la Casa Blanca.
Los compañeros del turno vespertino llegaron con los periódicos de la tarde, hacía mucho que una edición vespertina no era tan solicitada. Como muchos, no sólo compré ese ejemplar, sino casi todos los diarios del día siguiente, iban a ser históricos por decir lo menos, muchos museos los llevarían a sus salas para escribir el nuevo capítulo de la moderna humanidad, la historia del terror.
Con ese atentado, enmarcado por lo visual que resultó para todos mirar en videos y fotografías cómo caían seres humanos quienes habían decidido saltar desde los altos pisos con tal de no ser devorado por las llamas o aplastados con el colapso de los pisos del edificio, así como el polvo que tardó días en ser desprendido de la Gran Manzana, nos quedó a todos claro que una nueva forma de convivencia tendríamos por delante: la de la desconfianza, la del odio, la de la venganza.
Las palabras del Presidente Bush fueron más que claras. Vendría a la violencia más violencia. Hizo un llamado a la guerra para salvar a la humanidad, puso rostro y nombre al enemigo, todo lo demás no importaba. Las conjeturas no se hicieron esperar, algunas voces señalaban que con ese acto también se lograba apuntalar la economía estadounidense que ya iba en picada con el gran movimiento que significa el armamento y sus contextos.
Las historias de héroes también tienen cabida en este gran libro. Muchos anónimos que cedieron una parte de sí para que otros tuvieran algo de dónde agarrarse. Es claro que si bien muchos perdieron la vida ese día, otros tantos más perdieron un pedazo de su vida y aún hoy siguen caminando entre nosotros.
Conocí Nueva York y esa llamada Zona Cero en febrero de 2007, sería dudoso decir que no se siente nada, pero también es cierto que en ese entonces muchos lucraban con las lágrimas ajenas pues hacían un negocio el paso de los turistas. Hoy con la nueva fisonomía desconozco si será un punto de venta, seguramente sí.
¿Qué nos deja 10 años después esta lección? Más allá de los controles en los aeropuertos, de una prolongada guerra que ya no sabe identificar al enemigo, en un contexto marcado por las crisis económicas que no respeta abolengo en los países, en una sociedad que transmite y produce información (no siempre fidedigna) a la velocidad de la inmediatez gracias a la tecnología de las redes sociales y los teléfonos celulares sin olvidar los ipads, laptops, etcétera.
¿Nos hemos hecho más humanos luego del 11 de septiembre de 2001? ¿Nos sentimos más seguro en Nueva York, en México, en Centro y Sudamérica, en Europa? ¿Las fronteras que cada día son más frágiles necesitan otro tipo de pasaportes? ¿La economía del mercado favorece a todos, se invierte más en educación o en seguridad? ¿Tenemos claro el rumbo a seguir?
Quienes estuvimos en aquella aula esa mañana terminamos la carrera, con cierta frecuencia nos encontramos, rara vez tocamos este tema pues ya nos queda muy lejos y otros más inmediatos como la violencia propia nos requiere más atención. Pero sin duda, a todos nos desagradó la noticia y de forma directa o indirecta nos afectó.
Texto aparecido en le periódico La Voz de Michoacán el lunes 12 de septiembre.
Esa mañana estaba con mis compañeros de la carrera de Ciencias de la Comunicación en alguna de las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, el profesor era el periodista Jorge Meléndez Preciado, quien comentó que un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas de Nueva York pero como la nota la había dado un payaso nadie lo había tomado en serio.
Se refería al noticiero “El Mañanero” que conducía Víctor Trujillo en su caracterización del payaso Brozo en el extinto CNI Canal 40 en el valle de México. Antes de terminar la clase ya un compañero me había escrito un mensaje al teléfono celular para preguntarme si estaba viendo la televisión. Al terminar la sesión, nueve de la mañana, el movimiento en los pasillos era mayor del normal y gracias a dos aparatos de televisión que tenían los “compañeros” del Comité General de Huelga uno adentro y otro afuera de su cubículo pudimos muchos ver cómo la segunda torre se venía abajo.
Los comentarios seguía de un lado a otro, la decisión de subir al avión Air Force One al Presidente George W. Bush parecía lógica luego de que empezaron a confirmarse los ataques al Pentágono. Una voz dijo que luego del inmueble de seguridad y lo simbólico de la economía con las grandes torres, los siguientes objetivos serían Disneyand y la Casa Blanca.
Los compañeros del turno vespertino llegaron con los periódicos de la tarde, hacía mucho que una edición vespertina no era tan solicitada. Como muchos, no sólo compré ese ejemplar, sino casi todos los diarios del día siguiente, iban a ser históricos por decir lo menos, muchos museos los llevarían a sus salas para escribir el nuevo capítulo de la moderna humanidad, la historia del terror.
Con ese atentado, enmarcado por lo visual que resultó para todos mirar en videos y fotografías cómo caían seres humanos quienes habían decidido saltar desde los altos pisos con tal de no ser devorado por las llamas o aplastados con el colapso de los pisos del edificio, así como el polvo que tardó días en ser desprendido de la Gran Manzana, nos quedó a todos claro que una nueva forma de convivencia tendríamos por delante: la de la desconfianza, la del odio, la de la venganza.
Las palabras del Presidente Bush fueron más que claras. Vendría a la violencia más violencia. Hizo un llamado a la guerra para salvar a la humanidad, puso rostro y nombre al enemigo, todo lo demás no importaba. Las conjeturas no se hicieron esperar, algunas voces señalaban que con ese acto también se lograba apuntalar la economía estadounidense que ya iba en picada con el gran movimiento que significa el armamento y sus contextos.
Las historias de héroes también tienen cabida en este gran libro. Muchos anónimos que cedieron una parte de sí para que otros tuvieran algo de dónde agarrarse. Es claro que si bien muchos perdieron la vida ese día, otros tantos más perdieron un pedazo de su vida y aún hoy siguen caminando entre nosotros.
Conocí Nueva York y esa llamada Zona Cero en febrero de 2007, sería dudoso decir que no se siente nada, pero también es cierto que en ese entonces muchos lucraban con las lágrimas ajenas pues hacían un negocio el paso de los turistas. Hoy con la nueva fisonomía desconozco si será un punto de venta, seguramente sí.
¿Qué nos deja 10 años después esta lección? Más allá de los controles en los aeropuertos, de una prolongada guerra que ya no sabe identificar al enemigo, en un contexto marcado por las crisis económicas que no respeta abolengo en los países, en una sociedad que transmite y produce información (no siempre fidedigna) a la velocidad de la inmediatez gracias a la tecnología de las redes sociales y los teléfonos celulares sin olvidar los ipads, laptops, etcétera.
¿Nos hemos hecho más humanos luego del 11 de septiembre de 2001? ¿Nos sentimos más seguro en Nueva York, en México, en Centro y Sudamérica, en Europa? ¿Las fronteras que cada día son más frágiles necesitan otro tipo de pasaportes? ¿La economía del mercado favorece a todos, se invierte más en educación o en seguridad? ¿Tenemos claro el rumbo a seguir?
Quienes estuvimos en aquella aula esa mañana terminamos la carrera, con cierta frecuencia nos encontramos, rara vez tocamos este tema pues ya nos queda muy lejos y otros más inmediatos como la violencia propia nos requiere más atención. Pero sin duda, a todos nos desagradó la noticia y de forma directa o indirecta nos afectó.
Texto aparecido en le periódico La Voz de Michoacán el lunes 12 de septiembre.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Dónde dejamos el respeto
En qué momento desapareció el respeto, la distinción, las buenas maneras de conducirnos en sociedad. No piense ya en un refinado protocolo como si estuviéramos en la Casa Real, sino simplemente en el hablar o el escribir cotidiano.
En una rápida lectura de la clase opinadora del país podemos observar que ya no se utiliza colocar el cargo o la profesión que tiene la persona a la que hacen referencia, el ejemplo más contundente es el Presidente de la República el Licenciado Felipe Calderón, ahora todo se reduce a llamarlo por su apellido.
Pocos son los que en alguna charla utilizan el título o el cargo de alguien, no existe al arquitecto, biólogo, físico Fulano de Tal. Los años de estudio de un posgrado se reducen o desaparecen cuando en el teléfono alguien que no es de confianza tutea a la persona que se encuentra del otro lado del auricular y le llama por su nombre de pila, y el “Doctor” desapareció.
Hay quienes no gustan del protocolo social, pero eso es diferente a que no se les brinde las características del caso. Cuando una secretaria presenta a una visita con “jefe, lo busca el señor Martínez”, el jefe de esa secretaria puede tener incompleta la información pues no se dude de que el señor Martínez sea subsecretario, abogado, maestro, o representante de algún organismo internacional.
En la serie en televisión West Wing (traducida como El ala oeste de la Casa Blanca) cuando el Presidente Bartlet contrata nueva secretaria, al revisar su documentación aparece en una prueba que ella realizó una afirmación en relación a que de estar en sus manos atentaría contra el Presidente Bartlet si este hacia una acción concreta, en la escena se ve cómo el mandatario lee el texto en voz frente a ella, solo están los dos en la Sala Oval, y él decide contratarla; cuando ella pregunta el por qué, pues pensaba que por la misma idea firmada sería lo contrario, el personaje caracterizado por Martin Sheen le dice, además de sus cualidades, es porque aun cuando expresa una idea de esa naturaleza, ella lo trató con respeto, le dijo ‘Presidente’.
En las líneas de La era del vacío Gilles Lipovetsky está planteada la crítica de la siguiente forma: “La sociedad posmoderna es aquella en que reina la indiferencia de masa, donde domina el sentimiento de reiteración y estancamiento, en que la autonomía privada no se discute, donde lo nuevo se acoge como lo antiguo, donde se banaliza la innovación, en la que el futuro no se asimila ya a un progreso ineluctable”.
Es recomendable evitar la confusión entre la caballerosidad y el respeto, abrir la puerta o ceder el paso es táctico si se quiere conquistar a una mujer, pero es más provechoso cuando se hace por buena costumbre, por contagio, por marcar un ejemplo, claro que esto último inconscientemente, no como objetivo sino como deseo.
La idea no es ya tanto regresar a lo barroco y al romanticismo sino simplemente hacer más amable el trato, devolverle el lugar que se merece al respeto, decir buenos días/tardes/noches al entrar a un lugar, porque todos merecemos más respeto en todos los lugares. Ello sin meternos de fondo a las conversaciones de los jóvenes que intercalan artículos con adjetivos siendo mayormente utilizadas las recurrentes wey, pinche, hijo de su madre, por citar las comunes.
O el colmo de la falta de respeto que se percibe en los cajones de estacionamiento reservados para los minusválidos en los centros comerciales, donde se los apropian quienes no los requieren, sumado al ya famoso truco de hacerse el dormido en el transporte público con tal de no mirar a la embarazada, anciana o madre cargando al bebe, para evitar ceder el asiento.
En una rápida lectura de la clase opinadora del país podemos observar que ya no se utiliza colocar el cargo o la profesión que tiene la persona a la que hacen referencia, el ejemplo más contundente es el Presidente de la República el Licenciado Felipe Calderón, ahora todo se reduce a llamarlo por su apellido.
Pocos son los que en alguna charla utilizan el título o el cargo de alguien, no existe al arquitecto, biólogo, físico Fulano de Tal. Los años de estudio de un posgrado se reducen o desaparecen cuando en el teléfono alguien que no es de confianza tutea a la persona que se encuentra del otro lado del auricular y le llama por su nombre de pila, y el “Doctor” desapareció.
Hay quienes no gustan del protocolo social, pero eso es diferente a que no se les brinde las características del caso. Cuando una secretaria presenta a una visita con “jefe, lo busca el señor Martínez”, el jefe de esa secretaria puede tener incompleta la información pues no se dude de que el señor Martínez sea subsecretario, abogado, maestro, o representante de algún organismo internacional.
En la serie en televisión West Wing (traducida como El ala oeste de la Casa Blanca) cuando el Presidente Bartlet contrata nueva secretaria, al revisar su documentación aparece en una prueba que ella realizó una afirmación en relación a que de estar en sus manos atentaría contra el Presidente Bartlet si este hacia una acción concreta, en la escena se ve cómo el mandatario lee el texto en voz frente a ella, solo están los dos en la Sala Oval, y él decide contratarla; cuando ella pregunta el por qué, pues pensaba que por la misma idea firmada sería lo contrario, el personaje caracterizado por Martin Sheen le dice, además de sus cualidades, es porque aun cuando expresa una idea de esa naturaleza, ella lo trató con respeto, le dijo ‘Presidente’.
En las líneas de La era del vacío Gilles Lipovetsky está planteada la crítica de la siguiente forma: “La sociedad posmoderna es aquella en que reina la indiferencia de masa, donde domina el sentimiento de reiteración y estancamiento, en que la autonomía privada no se discute, donde lo nuevo se acoge como lo antiguo, donde se banaliza la innovación, en la que el futuro no se asimila ya a un progreso ineluctable”.
Es recomendable evitar la confusión entre la caballerosidad y el respeto, abrir la puerta o ceder el paso es táctico si se quiere conquistar a una mujer, pero es más provechoso cuando se hace por buena costumbre, por contagio, por marcar un ejemplo, claro que esto último inconscientemente, no como objetivo sino como deseo.
La idea no es ya tanto regresar a lo barroco y al romanticismo sino simplemente hacer más amable el trato, devolverle el lugar que se merece al respeto, decir buenos días/tardes/noches al entrar a un lugar, porque todos merecemos más respeto en todos los lugares. Ello sin meternos de fondo a las conversaciones de los jóvenes que intercalan artículos con adjetivos siendo mayormente utilizadas las recurrentes wey, pinche, hijo de su madre, por citar las comunes.
O el colmo de la falta de respeto que se percibe en los cajones de estacionamiento reservados para los minusválidos en los centros comerciales, donde se los apropian quienes no los requieren, sumado al ya famoso truco de hacerse el dormido en el transporte público con tal de no mirar a la embarazada, anciana o madre cargando al bebe, para evitar ceder el asiento.
La sangre erguida
Enrique Serna es de los escritores más originales y emblemáticos de la literatura mexicana desde hace años. Su prosa atrapa, contagia con buen ánimo, con sentido del humor, con trama bien atada con nudos sólidos, y sobre todo, con personajes que se transforman en memorables.
En esta ocasión Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) llega con La sangre erguida, un cántico a la sexualidad, un tratado del viagra en esta época, conformada por tres historias que se enlazan de maneras naturales en una escenografía que eligió Barcelona porque allí, caminando por Las Ramblas todo puede pasar.
Ferrán Millares, 47 años, es un solitario que desde su primer intento de relación sexual quedó marcado por la poca funcionabilidad de su miembro. Desde una cárcel en el viejo continente narra su pasado: “Yo no tengo atenuantes ni disculpas: soy el único arquitecto de mi desgracia íntima de un cobarde que nunca tuvo agallas para batirse a duelo con sus complejos”.
Aunque también se da tiempo para la filosofía: “Supongo que el sexo, en condiciones ideales, debe ser un alegre abandono a los caprichos voluptuosos del inconsciente”. Ferrán descubre gracias a una madura compañera indirecta de trabajo que todavía puede ejercer como hombre.
Sin embargo sólo es gracias a la ayuda de la pastilla azul como puede tener erecciones, y gracias a la buena combinación de su galanura con su facilidad de palabra seductora y una excelente administración del medicamento consigue triunfos que de otra manera sólo en sueños hubiera visto.
Ligar ya era parte de su manera de ser, tenía el poder que quería, incluso se lió con la esposa de uno de los más importantes accionistas de la empresa donde laboraba, lo cual al inicio le llevó a recibir premios como un lujoso automóvil en compensación a su esfuerzo físico; además se dio tiempo de fraguar venganza de aquella mujer que le paralizó la hombría cuando eran jóvenes.
Quién le vendía el producto era Bulmaro, un veracruzano que tenía una familia y era dueño de un taller mecánico, pero que dejó todo por Romelia, una cantante centroamericana que de gira por el puerto flechó a quien le puso casa y lo que tenía de ahorros a su disposición para alcanzar su sueño de ser cantante, pasos que los llevaron a Cataluña.
Allá, Bulmaro no tenía le dinero suficiente para montar un negocio y mientras estaba en casa realizaba todas las tareas que en su anterior hogar nunca realizó: limpiar, lavar, guisar, entre otras, perdiendo de a poco su voluntad. Lo dominaba su profundo deseo sexual por esa mujer que con un solo roce le hacía vibrar.
Romelia se la pasaba en la mañana durmiendo, para posteriormente hacer algo de ejercicio e ir trabajar en un bar donde cantaba con un grupo musical, lugar hasta al que un día llegó un supuesto productor que le haría su sueño realidad, despertando los más altos celos de Bulmaro, pero no ejercía mayor presión por temor a que lo dejara, aunque cuando él tomó la decisión, ella lo controló de inmediato y con los mimos sexuales lo tenía más que a la mano.
El negocio de la venta ilegal de viagra tenía sus riesgos y el peso de la ley le cayó encima al chino que le vendía el producto a Bulmaro y luego a éste después de tomarle la medida varios días. Ya lo venían siguiendo, incluso se tuvo que refugiar sin pedir permiso en la casa de Juan Luis.
Argentino, estrella del cine porno, aunque ya en la etapa final de su carrera, Juan Luis Kerlow llegó a Barcelona porque un productor lo quería en sus filas como actor exclusivo y además le publicarían sus memorias. Desde los diez años tuvo el poder Juan Luis de manejar con la mente sus erecciones, dando placer a las cientos de mujeres con las que se había acostado ya sea por trabajo o por placer.
Consejos de un actor porno como “El sueño dorado de toda mujer era alzar la varita del mago con el magnetismo de su belleza”, dejan ver algunas de sus páginas, que primero fueron tecleadas por un fantasma, aunque luego cobraron vida de su puño y letra, así como también cobró vida su miembro al verse enamorado de una chica sencilla en un contexto de lo más casual.
Luego de ese encuentro su vida profesional sufrió las consecuencias de la realidad, no pudo tener erecciones en sus filmaciones, y ¿de qué sirve un actor de cine pornográfico si no puede tener el miembro erguido?, si no es para blanco de críticas y burlas, que fue precisamente lo que le sucedió a Juan Luis. Al notar su cambio físico, decidió darle cause al amor y dejar de lado todo, arreglando lo posible para no dejar tirada la película.
La relación de Juan Luis con Bulmaro se debía a sus respectivas parejas, quienes iban juntas a hacer ejercicio y, posteriormente el actor le iba a facilitar el recurso económico a Bulmaro para montar su taller mecánico en Barcelona, pero todo se derrumbó inmediatamente después de la boda de Juan Luis con Laia al enterarse ésta de la profesión que ejercía su ahora esposo.
Con un ritmo ascendente, con capítulos redondos que van haciendo de la trama interesante cuál ágil, y con finales que pueden parecer predecibles pero no dejan de sorprender, La sangre erguida de Enrique Serna comprueba la hechura de una novela que atrapa, que habla de las cosas reales, que tiende a hacer partícipe al lector y andar por esas calles o esos bares de España. Y que lleva en el lenguaje a un partícipe más de la trama.
Enrique Serna, La sangre erguida. Seix Barral, México, 326 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡
En esta ocasión Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) llega con La sangre erguida, un cántico a la sexualidad, un tratado del viagra en esta época, conformada por tres historias que se enlazan de maneras naturales en una escenografía que eligió Barcelona porque allí, caminando por Las Ramblas todo puede pasar.
Ferrán Millares, 47 años, es un solitario que desde su primer intento de relación sexual quedó marcado por la poca funcionabilidad de su miembro. Desde una cárcel en el viejo continente narra su pasado: “Yo no tengo atenuantes ni disculpas: soy el único arquitecto de mi desgracia íntima de un cobarde que nunca tuvo agallas para batirse a duelo con sus complejos”.
Aunque también se da tiempo para la filosofía: “Supongo que el sexo, en condiciones ideales, debe ser un alegre abandono a los caprichos voluptuosos del inconsciente”. Ferrán descubre gracias a una madura compañera indirecta de trabajo que todavía puede ejercer como hombre.
Sin embargo sólo es gracias a la ayuda de la pastilla azul como puede tener erecciones, y gracias a la buena combinación de su galanura con su facilidad de palabra seductora y una excelente administración del medicamento consigue triunfos que de otra manera sólo en sueños hubiera visto.
Ligar ya era parte de su manera de ser, tenía el poder que quería, incluso se lió con la esposa de uno de los más importantes accionistas de la empresa donde laboraba, lo cual al inicio le llevó a recibir premios como un lujoso automóvil en compensación a su esfuerzo físico; además se dio tiempo de fraguar venganza de aquella mujer que le paralizó la hombría cuando eran jóvenes.
Quién le vendía el producto era Bulmaro, un veracruzano que tenía una familia y era dueño de un taller mecánico, pero que dejó todo por Romelia, una cantante centroamericana que de gira por el puerto flechó a quien le puso casa y lo que tenía de ahorros a su disposición para alcanzar su sueño de ser cantante, pasos que los llevaron a Cataluña.
Allá, Bulmaro no tenía le dinero suficiente para montar un negocio y mientras estaba en casa realizaba todas las tareas que en su anterior hogar nunca realizó: limpiar, lavar, guisar, entre otras, perdiendo de a poco su voluntad. Lo dominaba su profundo deseo sexual por esa mujer que con un solo roce le hacía vibrar.
Romelia se la pasaba en la mañana durmiendo, para posteriormente hacer algo de ejercicio e ir trabajar en un bar donde cantaba con un grupo musical, lugar hasta al que un día llegó un supuesto productor que le haría su sueño realidad, despertando los más altos celos de Bulmaro, pero no ejercía mayor presión por temor a que lo dejara, aunque cuando él tomó la decisión, ella lo controló de inmediato y con los mimos sexuales lo tenía más que a la mano.
El negocio de la venta ilegal de viagra tenía sus riesgos y el peso de la ley le cayó encima al chino que le vendía el producto a Bulmaro y luego a éste después de tomarle la medida varios días. Ya lo venían siguiendo, incluso se tuvo que refugiar sin pedir permiso en la casa de Juan Luis.
Argentino, estrella del cine porno, aunque ya en la etapa final de su carrera, Juan Luis Kerlow llegó a Barcelona porque un productor lo quería en sus filas como actor exclusivo y además le publicarían sus memorias. Desde los diez años tuvo el poder Juan Luis de manejar con la mente sus erecciones, dando placer a las cientos de mujeres con las que se había acostado ya sea por trabajo o por placer.
Consejos de un actor porno como “El sueño dorado de toda mujer era alzar la varita del mago con el magnetismo de su belleza”, dejan ver algunas de sus páginas, que primero fueron tecleadas por un fantasma, aunque luego cobraron vida de su puño y letra, así como también cobró vida su miembro al verse enamorado de una chica sencilla en un contexto de lo más casual.
Luego de ese encuentro su vida profesional sufrió las consecuencias de la realidad, no pudo tener erecciones en sus filmaciones, y ¿de qué sirve un actor de cine pornográfico si no puede tener el miembro erguido?, si no es para blanco de críticas y burlas, que fue precisamente lo que le sucedió a Juan Luis. Al notar su cambio físico, decidió darle cause al amor y dejar de lado todo, arreglando lo posible para no dejar tirada la película.
La relación de Juan Luis con Bulmaro se debía a sus respectivas parejas, quienes iban juntas a hacer ejercicio y, posteriormente el actor le iba a facilitar el recurso económico a Bulmaro para montar su taller mecánico en Barcelona, pero todo se derrumbó inmediatamente después de la boda de Juan Luis con Laia al enterarse ésta de la profesión que ejercía su ahora esposo.
Con un ritmo ascendente, con capítulos redondos que van haciendo de la trama interesante cuál ágil, y con finales que pueden parecer predecibles pero no dejan de sorprender, La sangre erguida de Enrique Serna comprueba la hechura de una novela que atrapa, que habla de las cosas reales, que tiende a hacer partícipe al lector y andar por esas calles o esos bares de España. Y que lleva en el lenguaje a un partícipe más de la trama.
Enrique Serna, La sangre erguida. Seix Barral, México, 326 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡
jueves, 18 de agosto de 2011
¿Y usted de qué se queja?
La pregunta tiene sentido, pues no es un reclamo. Es una simple cuestión y en ese tono debe leerse. ¿Usted de qué se queja hoy? Ello inspirado en que pareciera que en la sociedad contemporánea se respira un ambiente de reclamo, que inicia a veces desde lo que pareciera más pequeño.
Si bien en cuanto a gustos contamos ya sea con un equipo favorito, o alguna película de moda de la cual en las reuniones cotidianas hablamos, todo hace indicar que la modernidad exige la pertenencia de una queja para formar parte de los diferentes círculos sociales.
La queja la escuchamos en todos los niveles socioeconómicos, es como un requisito para ingresar a las diferentes dinámicas grupales: quienes se quejan del jefe, del vecino, quienes tienen un listado de puntos en contra de un profesor, las de la ex pareja o, más aún, la de la familia de la ex pareja. O las ya tan gastadas contra los gobernantes. Como sea, el caso es que vivimos con la queja de cada día, aunque esto a veces no sea del todo cierto.
Me refiero a que a veces mentimos en nuestras quejas o las exageramos por quedar bien, por no estar apartados, por estar in y no out de la discusión. Hoy, incluso, es tan común, que buscamos en los recovecos de mayor agrado para encontrar la queja a un hecho que tal vez no lo ameritaba, y es que si se habla bien al 100 por ciento de algo, no lo cree el espectador que escucha atento y espera, ya acostumbrado, la queja por venir.
Hemos generado incluso canales para recibir estas quejas: allí están los buzones que intentan despistar anunciando que también reciben reclamos, sugerencias y felicitaciones, recuérdese los supermercados o aeropuertos; en algunos vehículos que transportan productos de marcas de prestigio colocan de manera visible un número telefónico para llamar si tiene alguna queja contra la forma de conducir del operador de esa unidad (claro, se debe tomar el número de la unidad y, ya de paso, la dirección y horario para sustentar la queja).
Ese marco pareciera obligar a que hoy en día adoptemos o generemos una queja cada día, incluso en las relaciones de pareja, cuando no hay ningún problema a la vista, alguno de los dos integrantes de la relación piensa que ése en sí es un problema. Traducción: el problema es que no hay problema. Se piensa erróneamente, la mayoría de las veces, que después de la calma vendrá la tempestad. Inevitable recomendar la lectura de Amor líquido del filósofo Zygmunt Bauman.
Otro ejemplo de las quejas comunes se da en los diversos foros académicos cuando el expositor, al concluir su ponencia, inquiere a los integrantes del auditorio si tienen algún comentario o pregunta, a lo cual no falta aquel que quiere hacer su propia exposición basada en alguna queja sobre la ponencia del experto. Todo concluye con un aburrimiento y con la ausencia de la pregunta o comentario y ésa sí genera queja de los demás espectadores.
Las dolencias físicas son el botón de mayor muestra de la queja cotidiana. Las nuevas generaciones no aguantamos estoicos como las de antes el dolor físico, se han generado medicamentos para contrarrestar el malestar; por ello, ante una cortadura leve, dolor de cabeza y no se diga dolencia de muelas, parece que el mundo se le vino encima al doliente, y de inmediato pide licencia, permiso, incapacidad y misericordia de quienes lo rodean.
La recomendación en todo caso no es ya aguantarse el dolor —si se tiene, consulte al experto —, sino que en el continuo de quejas que a diario esbozamos, veamos cuáles valen la pena exponer y cuáles en verdad no ameritan llamarlas quejas.
Haga un esfuerzo este día, observe y escuche a su alrededor, las charlas grupales pueden ser un gran foro, allí habrá quejas contra el presidente, contra algún equipo o deportista de moda, contra el programa de televisión que aún no ha visto pero ya calificó, alguna contra el modus vivendi de un familiar, contra lo alto que están los precios. Sopese si eso vale la pena calificarlo como queja, luego mire si no es usted la persona que los enunció, o sea, el quejoso.
De tanto quejarnos, luego no nos quejemos de que alguien se queje de nosotros. Y esto es más que un juego de palabras. A final de cuentas hablar de algo es una forma de desearlo, y si habla todo el tiempo de quejas qué cree usted que obtendrá.
Texto aparecido en CAMPUS de Milenio Diario el día de hoy jueves 18 de agosto de 2011.
Si bien en cuanto a gustos contamos ya sea con un equipo favorito, o alguna película de moda de la cual en las reuniones cotidianas hablamos, todo hace indicar que la modernidad exige la pertenencia de una queja para formar parte de los diferentes círculos sociales.
La queja la escuchamos en todos los niveles socioeconómicos, es como un requisito para ingresar a las diferentes dinámicas grupales: quienes se quejan del jefe, del vecino, quienes tienen un listado de puntos en contra de un profesor, las de la ex pareja o, más aún, la de la familia de la ex pareja. O las ya tan gastadas contra los gobernantes. Como sea, el caso es que vivimos con la queja de cada día, aunque esto a veces no sea del todo cierto.
Me refiero a que a veces mentimos en nuestras quejas o las exageramos por quedar bien, por no estar apartados, por estar in y no out de la discusión. Hoy, incluso, es tan común, que buscamos en los recovecos de mayor agrado para encontrar la queja a un hecho que tal vez no lo ameritaba, y es que si se habla bien al 100 por ciento de algo, no lo cree el espectador que escucha atento y espera, ya acostumbrado, la queja por venir.
Hemos generado incluso canales para recibir estas quejas: allí están los buzones que intentan despistar anunciando que también reciben reclamos, sugerencias y felicitaciones, recuérdese los supermercados o aeropuertos; en algunos vehículos que transportan productos de marcas de prestigio colocan de manera visible un número telefónico para llamar si tiene alguna queja contra la forma de conducir del operador de esa unidad (claro, se debe tomar el número de la unidad y, ya de paso, la dirección y horario para sustentar la queja).
Ese marco pareciera obligar a que hoy en día adoptemos o generemos una queja cada día, incluso en las relaciones de pareja, cuando no hay ningún problema a la vista, alguno de los dos integrantes de la relación piensa que ése en sí es un problema. Traducción: el problema es que no hay problema. Se piensa erróneamente, la mayoría de las veces, que después de la calma vendrá la tempestad. Inevitable recomendar la lectura de Amor líquido del filósofo Zygmunt Bauman.
Otro ejemplo de las quejas comunes se da en los diversos foros académicos cuando el expositor, al concluir su ponencia, inquiere a los integrantes del auditorio si tienen algún comentario o pregunta, a lo cual no falta aquel que quiere hacer su propia exposición basada en alguna queja sobre la ponencia del experto. Todo concluye con un aburrimiento y con la ausencia de la pregunta o comentario y ésa sí genera queja de los demás espectadores.
Las dolencias físicas son el botón de mayor muestra de la queja cotidiana. Las nuevas generaciones no aguantamos estoicos como las de antes el dolor físico, se han generado medicamentos para contrarrestar el malestar; por ello, ante una cortadura leve, dolor de cabeza y no se diga dolencia de muelas, parece que el mundo se le vino encima al doliente, y de inmediato pide licencia, permiso, incapacidad y misericordia de quienes lo rodean.
La recomendación en todo caso no es ya aguantarse el dolor —si se tiene, consulte al experto —, sino que en el continuo de quejas que a diario esbozamos, veamos cuáles valen la pena exponer y cuáles en verdad no ameritan llamarlas quejas.
Haga un esfuerzo este día, observe y escuche a su alrededor, las charlas grupales pueden ser un gran foro, allí habrá quejas contra el presidente, contra algún equipo o deportista de moda, contra el programa de televisión que aún no ha visto pero ya calificó, alguna contra el modus vivendi de un familiar, contra lo alto que están los precios. Sopese si eso vale la pena calificarlo como queja, luego mire si no es usted la persona que los enunció, o sea, el quejoso.
De tanto quejarnos, luego no nos quejemos de que alguien se queje de nosotros. Y esto es más que un juego de palabras. A final de cuentas hablar de algo es una forma de desearlo, y si habla todo el tiempo de quejas qué cree usted que obtendrá.
Texto aparecido en CAMPUS de Milenio Diario el día de hoy jueves 18 de agosto de 2011.
lunes, 15 de agosto de 2011
La insoportable levedad del casi
Casi el total del marco referencial que utilizamos los seres humanos requiere de unidades de medición: hora, día, kilómetros, kilogramos, litros, entre muchos otros. Sin embargo, integrantes de la sociedad mexicana, aunque por supuesto no excluye a otras que también lo tienen o lo han adoptado, hemos generado una variación que acentúa, para los fines que sean necesarios, un elemento distintivo que le da un giro diferente, incluso intrigante.
Me refiero a la figura del “casi”, una palabra que cambia el sentido de la medida y genera duda, confusión, incluso molestia llegado el caso. Tomemos, por ejemplo, las labores escolares, donde la ubicamos en dos facetas: primero en la gestación.
En la casa, la madre dice al hijo: “¿pollito, ya hiciste la tarea?” —puede modificarse el sustantivo subrayado por uno de mayor uso o gusto—, a lo cual dirá el estudiante: “ya casi mamá, nada más me faltan unos problemas de matemáticas y dos cosas de lectura”. Y allí sí que no sabemos cuánta tarea tenía el alumno, pero si dijo que casi, seguramente era más que ésa que señaló. Confiemos así sea.
Pero ahora vayamos a la escuela, la otra faceta del “casi escolar”, cuando el profesor dice: “a ver, jóvenes, espero que traigan su tarea completa”. Y si el personaje que conocemos como pollito dice: “híjole, profe, casi no tuve tiempo, pero hice hasta donde pude, es más, casi la completo”, notamos, para empezar, que el alumno ya sabe usar muy bien la figura del casi, pues la colocó como excusa de sus múltiples actividades y luego para generar una especie de defensa de lo mucho o poco que sí hizo, pero no lo exime de que no la terminó.
Vamos a otro escenario de mayores riesgos, pongámoslo ya en un trabajo normal, donde no extrañaría oír un diálogo similar al siguiente: “licenciado Medina, ¿tiene usted el informe que se le pidió hace dos semanas?”, preguntará el jefe inquisitivo, a lo cual obtendrá por respuesta: “claro, jefe, ya casi lo tengo, nada más lo estamos detallando”. Dejando Medina abierto ese espacio de duda que genera ahora el verbo “detallar”. Explosiva mezcla entre detallar y casi. Seguro que más de un jefe la ha escuchado y ahora recuerda a algún empleado o ex empleado.
Pero el casi tiene una vida propia y prolija que también podemos ubicar con facilidad en la vida cotidiana. Por ejemplo, he escuchado más de una vez a las mujeres señalar que un hombre es “casi perfecto”, la mayoría de las veces no es por falta de galanura, exceso de peso, color de piel, religión que profesa, series de televisión o equipo de futbol de su preferencia; no, la razón es más directa: el caballero en cuestión es “casi perfecto” porque está casado con alguien que no son ellas. Ese, digamos, es un casi existencial.
Incluso, en esta misma rueda de la fortuna el casi de la suerte es el que vive en los jugadores de lotería y siempre se alimentan de buenos deseos: “casi me la gano esta vez”. Seguirán jugando, aunque su medida de acertar sea distante para ellos, en el deseo de ganar, siempre va a ser casi el que salga con el premio mayor.
Uno que no podemos dejar fuera es el “casi deportivo”, digamos el sinónimo del “por poquito”. Ejemplo suficiente es, en un juego de futbol, cuando el balón pega en el poste del equipo rival y no entra a gol, allí se escucha luego de un “¡ah!”, el típico casi o la figura ya mencionada del por poquito, aunque el marcador siga igual.
De tal suerte, el casi es una figura que existe y se puede percibir con facilidad y con provocaciones menores. No obstante, su abuso puede entorpecer el desarrollo de una nación y bien se podría agregar a la larga lista de pretextos de la clase gobernante. Ejemplo: “casi salimos de la pobreza”, traducción: “estamos igual o peor que antes”. Allí sí, odiamos el casi y su insoportable levedad.
Texto aparecido en el suplemento CAMPUS de Milenio Diario.
Me refiero a la figura del “casi”, una palabra que cambia el sentido de la medida y genera duda, confusión, incluso molestia llegado el caso. Tomemos, por ejemplo, las labores escolares, donde la ubicamos en dos facetas: primero en la gestación.
En la casa, la madre dice al hijo: “¿pollito, ya hiciste la tarea?” —puede modificarse el sustantivo subrayado por uno de mayor uso o gusto—, a lo cual dirá el estudiante: “ya casi mamá, nada más me faltan unos problemas de matemáticas y dos cosas de lectura”. Y allí sí que no sabemos cuánta tarea tenía el alumno, pero si dijo que casi, seguramente era más que ésa que señaló. Confiemos así sea.
Pero ahora vayamos a la escuela, la otra faceta del “casi escolar”, cuando el profesor dice: “a ver, jóvenes, espero que traigan su tarea completa”. Y si el personaje que conocemos como pollito dice: “híjole, profe, casi no tuve tiempo, pero hice hasta donde pude, es más, casi la completo”, notamos, para empezar, que el alumno ya sabe usar muy bien la figura del casi, pues la colocó como excusa de sus múltiples actividades y luego para generar una especie de defensa de lo mucho o poco que sí hizo, pero no lo exime de que no la terminó.
Vamos a otro escenario de mayores riesgos, pongámoslo ya en un trabajo normal, donde no extrañaría oír un diálogo similar al siguiente: “licenciado Medina, ¿tiene usted el informe que se le pidió hace dos semanas?”, preguntará el jefe inquisitivo, a lo cual obtendrá por respuesta: “claro, jefe, ya casi lo tengo, nada más lo estamos detallando”. Dejando Medina abierto ese espacio de duda que genera ahora el verbo “detallar”. Explosiva mezcla entre detallar y casi. Seguro que más de un jefe la ha escuchado y ahora recuerda a algún empleado o ex empleado.
Pero el casi tiene una vida propia y prolija que también podemos ubicar con facilidad en la vida cotidiana. Por ejemplo, he escuchado más de una vez a las mujeres señalar que un hombre es “casi perfecto”, la mayoría de las veces no es por falta de galanura, exceso de peso, color de piel, religión que profesa, series de televisión o equipo de futbol de su preferencia; no, la razón es más directa: el caballero en cuestión es “casi perfecto” porque está casado con alguien que no son ellas. Ese, digamos, es un casi existencial.
Incluso, en esta misma rueda de la fortuna el casi de la suerte es el que vive en los jugadores de lotería y siempre se alimentan de buenos deseos: “casi me la gano esta vez”. Seguirán jugando, aunque su medida de acertar sea distante para ellos, en el deseo de ganar, siempre va a ser casi el que salga con el premio mayor.
Uno que no podemos dejar fuera es el “casi deportivo”, digamos el sinónimo del “por poquito”. Ejemplo suficiente es, en un juego de futbol, cuando el balón pega en el poste del equipo rival y no entra a gol, allí se escucha luego de un “¡ah!”, el típico casi o la figura ya mencionada del por poquito, aunque el marcador siga igual.
De tal suerte, el casi es una figura que existe y se puede percibir con facilidad y con provocaciones menores. No obstante, su abuso puede entorpecer el desarrollo de una nación y bien se podría agregar a la larga lista de pretextos de la clase gobernante. Ejemplo: “casi salimos de la pobreza”, traducción: “estamos igual o peor que antes”. Allí sí, odiamos el casi y su insoportable levedad.
Texto aparecido en el suplemento CAMPUS de Milenio Diario.
domingo, 14 de agosto de 2011
La Señora Rojo
Para la literatura mexicana Antonio Ortuño fue en el 2007 una de sus principales figuras gracias a su novela Recursos humanos, muchos nos entusiasmamos con esa narrativa que para utilizar el lugar común, lograba transmitir un lenguaje propio, algo siempre complicado en el mundo del arte.
Ese mismo año presentó El jardín japonés, una colección de cuentos que tampoco pasó inadvertida entre sus seguidores. Para finales de 2010 reaparece en la escena con una nueva colección de cuentos bajo el título La Señora Rojo, la mayoría publicados en sus primeras versiones en diversas revistas literarias.
Dividido en dos partes: “La Carne” y “El Mundo”, La Señora Rojo como toda colección tiene hallazgos y ejercicios fallidos. Dentro de éstos últimos está “Agua corriente”, que goza de una buena trama, ritmo inteligente pero un final fallido, genera altas expectativas que no se cumplen, pues no cierra el círculo. Similar ocurre con “El día del amor”, una historia de sexo más que de amor que resulta en anécdota con personajes comunes en situaciones previsibles.
Un paréntesis puede ser “Masculinidad”, cuento que se coloca en el punto medio porque es el más tradicional de las narraciones de Ortuño, tiene la fuerza suficiente para considerarlo en la colección, exige relectura quizá por diferente al resto. Con una historia bien contada, digamos un cuento con la estructura más lograda, pero frío.
Dentro de los hallazgos sobresale el que le da título a la obra “La Señora Rojo” que tiene ritmo, sorpresa, no sé si se logre catalogar dentro del grupo selecto de lo original, pero sí cabe en el espacio reservado a los perturbadores.
Pero el cuento que más vale la pena de la colección es “El Grimorio de los Vencidos” con un personaje de antología: El Mago Que Hace Nevar. Y tal vez es el mejor resuelto porque es el de más largo aliento, y es que Antonio Ortuño está hecho para las narraciones largas, la brevedad de los cuentos le resulta ajena por momentos, y si bien las apariencias engañan, su fortaleza narrativa radica en mayor medida en los nudos que logran atrapar al lector, en la decisión unánime más que en el golpe certero.
Cierto es también que por momentos los temas del sexo, la infidelidad a bocajarro resulta repetitiva en algunos cuentos, pero la independencia que guardan entre ellos hacen que se respete en su individualidad.
La segunda parte del libro tiene dos cuentos que llaman la atención en su hechura, por un lado “Historia” y por el otro “Boca pequeña y labios delgados”, ello porque ambas tienen divisiones para su lectura, esto es, la primera está dividida bajo un orden numérico que puede interpretarse como el lenguaje tecnológico de hoy en día en las redes sociales, obviamente atados por el consecutivo numeral.
Mientras que en el otro es a través de la lectura e interpretación de cartas como se conforma el cuento, un recurso muy socorrido, pero que logra superar la prueba por su trama y, es que en el fondo quizá todos estamos atrapados: “No estoy preso, como otros, por no creer, sino por creer demasiado”. Allí, Ricardo Bach es el doctor y de las cartas que le hace llegar el paciente arma un entramado mental donde entra el lector para tomar partido.
Las últimas dos narraciones, “Pavura” y “Héroe”, más allá de su hechura o trama, es el reflejo de nueva cuenta de esos juegos mentales observados en varios de los personajes que da vida Antonio Ortuño, sin perder de vista que muchas de ellas cobran vida en la realidad cotidiana, pues de qué otra manera se identifican los diferentes complejos que le dan forma al ser humano. Y es que en algunas batallas que se libran en el interior de algunos, con el pasado sobre todo, tienen por finalidad aparecer algún día en los libros de historia, de nueva cuenta la búsqueda del reconocimiento.
Así son los cuentos de Antonio Ortuño, bien hechos pero algunos con finales mal logrados, sobre todo. Reitero que es un autor completo que se mueve mejor en el terreno de la narrativa de largo aliento como son las novelas, pero es cierto que su sello impregna cada cuento de éste título que continúa su búsqueda por entender y descifrar cada vez más la hechura de los humanos, un tema que maneja a la perfección el autor.
Antonio Ortuño, La Señora Rojo. Páginas de espuma, México.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ del 14 de agosto.
Ese mismo año presentó El jardín japonés, una colección de cuentos que tampoco pasó inadvertida entre sus seguidores. Para finales de 2010 reaparece en la escena con una nueva colección de cuentos bajo el título La Señora Rojo, la mayoría publicados en sus primeras versiones en diversas revistas literarias.
Dividido en dos partes: “La Carne” y “El Mundo”, La Señora Rojo como toda colección tiene hallazgos y ejercicios fallidos. Dentro de éstos últimos está “Agua corriente”, que goza de una buena trama, ritmo inteligente pero un final fallido, genera altas expectativas que no se cumplen, pues no cierra el círculo. Similar ocurre con “El día del amor”, una historia de sexo más que de amor que resulta en anécdota con personajes comunes en situaciones previsibles.
Un paréntesis puede ser “Masculinidad”, cuento que se coloca en el punto medio porque es el más tradicional de las narraciones de Ortuño, tiene la fuerza suficiente para considerarlo en la colección, exige relectura quizá por diferente al resto. Con una historia bien contada, digamos un cuento con la estructura más lograda, pero frío.
Dentro de los hallazgos sobresale el que le da título a la obra “La Señora Rojo” que tiene ritmo, sorpresa, no sé si se logre catalogar dentro del grupo selecto de lo original, pero sí cabe en el espacio reservado a los perturbadores.
Pero el cuento que más vale la pena de la colección es “El Grimorio de los Vencidos” con un personaje de antología: El Mago Que Hace Nevar. Y tal vez es el mejor resuelto porque es el de más largo aliento, y es que Antonio Ortuño está hecho para las narraciones largas, la brevedad de los cuentos le resulta ajena por momentos, y si bien las apariencias engañan, su fortaleza narrativa radica en mayor medida en los nudos que logran atrapar al lector, en la decisión unánime más que en el golpe certero.
Cierto es también que por momentos los temas del sexo, la infidelidad a bocajarro resulta repetitiva en algunos cuentos, pero la independencia que guardan entre ellos hacen que se respete en su individualidad.
La segunda parte del libro tiene dos cuentos que llaman la atención en su hechura, por un lado “Historia” y por el otro “Boca pequeña y labios delgados”, ello porque ambas tienen divisiones para su lectura, esto es, la primera está dividida bajo un orden numérico que puede interpretarse como el lenguaje tecnológico de hoy en día en las redes sociales, obviamente atados por el consecutivo numeral.
Mientras que en el otro es a través de la lectura e interpretación de cartas como se conforma el cuento, un recurso muy socorrido, pero que logra superar la prueba por su trama y, es que en el fondo quizá todos estamos atrapados: “No estoy preso, como otros, por no creer, sino por creer demasiado”. Allí, Ricardo Bach es el doctor y de las cartas que le hace llegar el paciente arma un entramado mental donde entra el lector para tomar partido.
Las últimas dos narraciones, “Pavura” y “Héroe”, más allá de su hechura o trama, es el reflejo de nueva cuenta de esos juegos mentales observados en varios de los personajes que da vida Antonio Ortuño, sin perder de vista que muchas de ellas cobran vida en la realidad cotidiana, pues de qué otra manera se identifican los diferentes complejos que le dan forma al ser humano. Y es que en algunas batallas que se libran en el interior de algunos, con el pasado sobre todo, tienen por finalidad aparecer algún día en los libros de historia, de nueva cuenta la búsqueda del reconocimiento.
Así son los cuentos de Antonio Ortuño, bien hechos pero algunos con finales mal logrados, sobre todo. Reitero que es un autor completo que se mueve mejor en el terreno de la narrativa de largo aliento como son las novelas, pero es cierto que su sello impregna cada cuento de éste título que continúa su búsqueda por entender y descifrar cada vez más la hechura de los humanos, un tema que maneja a la perfección el autor.
Antonio Ortuño, La Señora Rojo. Páginas de espuma, México.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ del 14 de agosto.
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