jueves, 27 de octubre de 2011

El cuento de la crítica

Son 39 plumas las que analiza el catedrático de la Universidad de Yale, quien desde la introducción nos deja ver las rutas que sigue cuando de criticar cuentos se trata: “Yo acepto únicamente tres criterios de grandeza en la literatura de imaginación: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría”.

Existe un halo de misticismo que envuelve a los críticos literarios. Sobre todo a aquellos a los que la fama y el trabajo los hacen conocidos y sus opiniones pueden catapultar o derribar carreras o perfiles. Tal es el caso de Harold Bloom (1930), un crítico de referencia obligada en la literatura mundial contemporánea.
Acostumbrado a los títulos que engloban dictamen y sentencia más allá del debate (pues no se presta para la negociación a más actores en escena), llega ahora Cuentos y cuentistas. El canon del cuento [Madrid: Páginas de Espuma, 2009], que es un libro sí necesario, sí referente, pero sobre todo para los lectores de literatura anglosajona y todavía más, para los de literatura estadunidense; el índice es una guía para comprobarlo.

Son 39 plumas las que analiza el catedrático de la Universidad de Yale, quien desde la introducción nos deja ver las rutas que sigue cuando de criticar cuentos se trata: “Yo acepto únicamente tres criterios de grandeza en la literatura de imaginación: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría”. Guiado por el reconocimiento y la apreciación, sabe que la crítica literaria es al mismo tiempo un modo individual y colectivo, por eso comparte lecturas, autores, e irremediablemente, aunque trata de esconderlo, sentimientos y emociones.

Los nombres en su mayoría son clásicos de siglos recientes como Alexander Pushkin, Nathaniel Hawthorne o Hans Christian Andersen; de hecho, en el texto dedicado al autor de cuentos como El patito feo o El soldadito de plomo, Bloom se da tiempo de hacer un examen a la comercialización que hoy vivimos: “J.R. Rowling y Stephen King son escritores igual de malos, oportunos titanes de nuestra nueva Era Oscura de las Pantallas: ordenadores, películas, televisión”.

Aunque tal vez, hombre clásico, no mida del todo el hecho de que algunos lectores de los escritores que para él (como quizá para algunos más) resultan malos, pueden dar el salto de esas obras a otras escritas por quienes Bloom en otro momento puede calificar como “buenos”.

Son 39 plumas las que analiza el catedrático de la Universidad de Yale, quien desde la introducción nos deja ver las rutas que sigue cuando de criticar cuentos se trata: “Yo acepto únicamente tres criterios de grandeza en la literatura de imaginación: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría”

Los nombres continúan con Edgar Allan Poe, Nicolái Gógol, Iván Turgueniev, Herman Melville, de quien toma para su comentario el cuento “Benito Cereno”, el cual califica como la obra maestra de la narrativa corta de Melville, “una historia maravillosa y enigmática”. Resulta significativo que para el caso de Gógol destina pocos párrafos, como también para O. Henry, Cynthia Ozick, William Faulkner, John Cheever, Sherwood Anderson y John Updike.

La razón de esto es porque el trabajo en El canon del cuento no es analizar el conjunto de la obra cuentística de los autores, sino tomar una o dos narraciones y de allí analizar el género a partir de la pluma. Por ejemplo, para Thomas Mann es igual de breve, pero no requiere mucho espacio para decir lo que quiere, para estructurar con tino (aunque de nuevo con el recurso de las oraciones en forma de epitafio): “La facultad que tenía de transformar su penetrante ironía en mil cosas distintas. La ironía de Mann no es tanto la propia condición del lenguaje literario en sí mismo como la metáfora amalgamada de su ambivalente actitud hacia el individuo y la sociedad”.

Algunos de los nombres que aparecen en el libro tal vez no resulten de fácil identificación entre los lectores nacionales, pero hay otros que más de uno ha leído y releído, tal es el caso de Lewis Carroll (“Es la locura del drama, la dulce locura de Carroll, una defensa frente a locuras tenebrosas”), de Mark Twain (“Un ataque a Dios, sea cual fuere la interpretación que se le dé a Dios, es una base muy complicada para el humor, como Twain se dio cuenta. Habiendo sobrepasado los límites de su arte, Twain cedió a la desesperación”), Italo Calvino, con los cuentos “La aventura de un automovilista” y “El caballero inexistente”, Henry James, Ernest Hemingway, Guy de Maupassant y Joseph Conrad.

Significativo que para el autor de “Bola de cebo” deje estas líneas: “Pero Maupassant es el mejor de los cuentistas realmente populares, muy superior a O. Henry (que podía ser bastante bueno) y sumamente preferible al abominable Poe. Ser un artista de lo popular es en sí mismo un logro extraordinario”, mientras que para Conrad signe que “El corazón de las tinieblas siempre podrá ser un campo de batalla en la crítica entre aquellos lectores que lo consideran un triunfo estético y aquellos otros que, como yo mismo, ponen en duda su capacidad para rescatarnos de su oscurantismo sin esperanza”.

Antón Chéjov es de sus favoritos, lo delinea de una manera contundente: “Casi un siglo después de su muerte Chéjov sigue siendo el más influyente de todos los cuentistas”. Y va más allá al calificarlo de “shakespeariano hasta la médula, aprovechó sus cuentos para hacer lo que ni siquiera sus obras de teatro podían: iluminar el lugar común sin exagerarlo ni distorsionarlo”.

Rudyard Kipling no escapa de la ironía, pues para Bloom “escribe en un estilo medio que parece atemporal pero que por descontado inaugura una forma consciente del inicio del siglo XX. Aparentemente es una prosa llana que participa de una vacilante oscuridad”. Mientras que a Jack London lo delinea a partir de cierta adoración por lo salvaje, “y he ahí la razón principal del permanente atractivo que ejerce sobre lectores de todo el mundo”.

Significativo que para el autor de “Bola de cebo” deje estas líneas: “Pero Maupassant es el mejor de los cuentistas realmente populares, muy superior a O. Henry (que podía ser bastante bueno) y sumamente preferible al abominable Poe. Ser un artista de lo popular es en sí mismo un logro extraordinario”.
De Stephen Crane rescata su narración “La insignia roja del valor”, pues a su parecer es la principal contribución a la literatura americana de este autor. También pasa lista de presente a D. H. Lawrence, Katherine Anne Porter, James Joyce, John Steinbeck e Isaac Bábel, quizá sea éste último con quien más se nota un trabajo de olfateo en sus cuentos y personajes, por ejemplo, toma de las líneas de “Así se hacía en Odesa” del mismo Bábel la frase: “Todos cometen errores. Hasta Dios”, y de allí analiza incluso el comportamiento humano; ése es su mejor trabajo, la labor del crítico, analizar para compartir su lectura, esa otra lectura que se da después del placer de la narración per se.

Con Franz Kafka, quizá el texto más extenso, se deja ver una de sus mayores querencias: “Cuando Kafka se muestra más auténtico resulta que nos proporciona una capacidad de invención y una originalidad que nada tiene que envidiarle a Dante y que verdaderamente puede desplazar a Proust y a Joyce como el autor occidental más influyente de nuestro siglo”.

Se regodea con quienes considera puntos de quiebre; de F. Scott Fitzgerald señala, “Después de El gran Gatsby, lo mejor de Fitzgerald se encuentra en muchos de sus relatos. Al igual que ocurre con las odas y los fragmentos épicos de Keats, los cuentos y las novelas de Fitzgerald son parábolas de la elección, de logros o fracasos en las rigurosas pruebas de la imaginación a la que se ve como una fuerza tremendamente capaz de destrucción”.

Pero con quien más sorprende es con Eudora Welty, y sorprende porque contagia la dedicación, la atención y el cariño que Bloom transmite al rememorar sus lecturas. “La verdad del universo de la ficción de Welty a pesar de toda su delicadeza preternatural consiste en que el amor siempre viene primero para, a continuación, ceder su lugar a una separación irremediable”. Incluso la calificación de pronto nos puede hacer tambalear porque no la esperábamos: “La mayor definición que alcanza Welty está en que, en ella, las declaraciones son tan fantasmales y los sonidos tan finos como en los más grandes narradores contemporáneos suyos: Faulkner y Hemingway”.

Uno de los mayores placeres que ejerce Harold Bloom al hacer sus críticas es el humor impregnado de sarcasmo, como lo muestra en varios casos. Con Shirley Jackson, del cuento “La lotería” dice que “no aguanta una relectura que es —en mi opinión— la piedra de toque de la literatura del canon. Jackson sabe demasiado bien y de forma precisa lo que está haciendo, y nosotros también al releerla”. De J. D. Salinger escribe: “Puede que la contemplación sea un modo de ser y de existir muy digno, pero no tiene historia alguna que contar”.

Mismo caso con Flannery O´Connor, en un texto de largo aliento remata: “Aunque siendo piadosos admiradores suyos por el contrario, O’Connor nos habría legado novelas y relatos aún mejores, de la eminencia de los de Faulkner, si hubiera sido capaz de contener su tendenciosidad espiritual”. Y con Raymond Carver no se queda atrás: “Carver, a quien puede que hayamos sobrevalorado, murió antes de poder ver realizadas las posibilidades aún mayores que su arte encerraba”.

Con Franz Kafka, quizá el texto más extenso, se deja ver una de sus mayores querencias: “Cuando Kafka se muestra más auténtico resulta que nos proporciona una capacidad de invención y una originalidad que nada tiene que envidiarle a Dante y que verdaderamente puede desplazar a Proust y a Joyce como el autor occidental más influyente de nuestro siglo”.

Dejé al final las referencias más directas de los lectores de lengua castellana: Jorge Luis Borges y Julio Cortázar; en el caso del segundo Harold Bloom pareciera que evita meterse en aprietos y coloca una larga cita del cuento “Bestiario”, incluso más larga que su propio comentario sobre el autor de “Autopista del Sur”. Mas en el caso de Borges inicia un rico diálogo señalando que es, “desde el punto de vista de la imaginación un gnóstico pero intelectualmente es un escéptico y un humanista naturalista”. Confiesa su gusto y preferencia, lo coloca en un punto alto de la narrativa mundial.

Harold Bloom es de la idea de que la influencia literaria es un “proceso paradójico y antiético acerca del cual seguimos sabiendo muy poco” (lo señala en el texto dedicado a Ernest Hemingway), y sí es cierta esta sentencia de quien ve a Samuel Johnson como su ídolo; pero más allá de las influencias literarias que puedan tener sus páginas, resulta necesarias leerlas, saber el pulso de lo que dice el crítico literario estadounidense, el peso que representa en el ánimo de las letras mundiales.

Ello porque en una sociedad apurada por la competencia se recurre a nuevos mecanismos de medición que ya no se bastan con el de las ventas, sino ahora se recurre por ejemplo al de las referencias o citas, al de las reseñas, al de las menciones en la red o en medios audiovisuales, digamos el lado cuantitativo, aunque por fortuna para el cualitativo están los ensayos, comentarios y críticas de mayor profundidad que le dan más sentido y dirección a una cabal comprensión de lo que refleja el campo literario de los años recientes.

No hay nada nuevo bajo el sol, “lees y relees necesariamente a costa de otros libros”. Hallaremos pues en la siguiente entrega de Harold Bloom nuevas coordenadas que serán conocidas, pero las mejores siempre serán las que lleguen por sorpresa como muchos de los nombres que ahora enlista el también autor de Cómo leer y por qué, a quien debemos agradecer ese espíritu que siempre tiene ánimo de invitar al encuentro con la lectura, con las obras que mueven y conmueven. Cuestiones subjetivas de gusto quedan bien para la tertulia de café, el análisis riguroso es lo que encontraremos en este nuevo canon. ®

Texto aparecido en la Revista Replicante de octubre.

De las redes a la calle

Mucho se ha hablado de los movimientos que comienzan en las redes sociales. Se generan hastags, etiquetas, perfiles falsos o trolles. Ya hay cursos intensivos, no faltan los expertos que creen que porque se la pasan más horas en la computadora que en la vida real, saben de redes sociales

Pero lo cierto es que la clave del paso cumbre o verdadero de movimiento en redes al movimiento social es la toma de las calles, del cambio que puedan ejercer cuando se logra la movilidad real, tangible, en las plazas, en los espacios públicos.

Cuando se toma la calle, se tiene la posibilidad de medir realmente un efecto que se presume nació en internet. Bien lo señala Nicolás Cabral en el número septiembre-octubre de la revista La Tempestad: “para transformar el espacio público en espacio común los cuerpos deben producir eventos, que van de la apropiación a la subversión”.

Ahora bien, ¿cómo llega un comentario en internet a volverse tema general o trend topic (para decirlo en sus palabras) y no desfallecer con la avalancha de las otras noticias? Quizá allí radica el éxito.

Si no se toma la calle, se corre el riesgo de que le siguiente e inmediato trend topic opaque al que hace unos instantes ameritaba llamado mundial. Tómese por caso un triunfo en algún campeonato del deporte que se guste. Si no se celebra de inmediato, el efecto no será el mismo, la efervescencia habrá descendido, el ánimo y las ganas se habrán casi extinguido.

Los recientes movimientos en Medio Oriente y en Europa resultaron exitosos y llamativos. Sin duda, las redes sociales fueron las grandes herramientas, los perfectos puentes para incentivar una movilización que no sólo tuvo como combustible el llamado, sino la indignación, el repudio por malas prácticas y pésimas decisiones que rebasan a lo económico y se incrustan en órdenes de justicia social y equidad.

Un punto a resaltar también es la distancia que ha demostrado ante estos movimientos las clases gobernantes. Los políticos que si bien están participando en internet, todavía muchos no han logrado manejar o comprender que se trata de una herramienta de comunicación y que exige en esa misma medida tiempo, atención y participación.

Estos movimientos sociales que aprovecharon las redes sociales contagiaron a ciudades emblemáticas de Estados Unidos y empezaron a cobrar vida con una razón que a todos los afectaba: el vacío en los bolsillos. It´s the economy, stupid, era una de las frases más recordadas. Y de nuevo con la etiqueta de indignados (término atinado, incluso romántico porque no quiere esa gente perder la dignidad, sino muy al contrario, mantenerla y agrandarla), el llamado hecho en internet cobró realidad en los puntos más emblemáticos de las urbes.

La rapidez con la que se mueve el mundo digital obliga a también ser eficaz en la comunicación, pero sobre todo certero y atractivo para que los seguidores continúen en esa tónica.

Hallar el punto de unión es la fórmula del triunfo, los indignados lo tienen muy claro, no se trata de una protesta más, ni de una protesta porque sí, esa indignación mantienen vivo el espíritu del movimiento, y como no se vislumbra una salida al menos en el corto plazo a las crisis financieras de varios países, el tema les dará para unos días más a esos grupos que supieron ubicar en las redes sociales un excelente canal de comunicación para la convocatoria, la respuesta y la alimentación de los eventos y del movimiento como tal, ya es otro logro.

Texto aparecido en CAMPUS de Milenio Diario el jueves 27 de octubre de 2011.

martes, 18 de octubre de 2011

El día sin Blackberry

En días recientes, seguramente como a muchos, me sorprendió la “caída” del servicio del aparato de comunicación llamado Blakcberry. Sin poder enviar mensajes ni recibir correos más otras funciones, el aditamento se reducía a lo que en su momento fue la razón de su éxito: teléfono móvil y envío de mensajes en la vía tradicional o SMS.

Al inicio vi y viví la angustia de sentirme incomunicado, hice lo que casi todos imagino hicieron al menos una vez: quitarle la pila pensando que eso resolvería la falla. Cabe señalar que esa práctica la tenemos los mexicanos en muchos de los aparatos que acompañan nuestras vidas cotidianas, recuérdese la televisión cuando empieza a perder la señal o el reloj cuando deja de caminar el segundero, en el acto reciben un golpe pensando que con eso se tendrá la solución deseada.

Al inicio fue angustia solitaria, pero al ver que los colegas, compañeros y amigos tampoco tenían los servicios mencionados, pasó a ser angustia compartida. La sensación de que podríamos estar sin información de algo sumamente trascendental empezó a embargar a algunos y a contagiar a los demás.

Las pláticas sobre cómo ese medio de comunicación se ha vuelto parte de nuestro mecanismo no sólo ya de trabajo sino de la vida personal, fue de lo más común. Con el paso de las horas la angustia fue terminando e incluso las llamadas telefónicas cobraron más vida de lo normal. Algunos volvimos a utilizar el radio del Nextel que cada día utilizamos menos.

Las llamadas tienen algo que los emoticones (esas figuras que pueden acompañar a las letras de los mensajes entre las blackberrys) no tienen: sentimiento y veracidad. Escuchar una sonrisa no se compara con leer un “jaja”, las emociones que transmiten las llamadas nos regresaron esa parte de humanos que comenzamos a perder de manera gradual. Cabe la pregunta: ¿hoy en día hablamos o nos escribimos más con los contactos del teléfono?

Antes de que regresara el servicio también tuvimos una avalancha de mensajes en cadena de todo tipo, desde aquellos que supuestamente enviaba la compañía trasnacional, o el consejo que se dijo en el programa de radio, o un mensaje con claves para que no perdieras tu servicio. Todos por supuesto falsos y todos por supuesto molestos, pero esperanzadores porque si mensaje ese había llegado, seguramente otros podrían empezar a llegar.

Al final de la travesía en la recuperación del servicio también se pudo respirar en algunos ambientes esa parte de la no presión, de saber que todos teníamos la misma falla, de que podíamos tener perdón al no responder, de que el correo sería revisado llegando a la oficina o casa, de que las llamadas sí eran para comunicar algo y no sólo por compromiso, como quizá haya muchas.

Lo cierto es que el mundo no se detuvo con la “caída” del servicio y que en las siguientes presentaciones además del llamado PIN, también pediremos el número telefónico. Pero lo más importante es que por unos instantes sentimos la dependencia a un aditamento que hace pocos años no existía en nuestras manos, bolsas o ni siquiera imaginación.

Hoy aceptamos esa dependencia, lo cual dice mucho de nosotros como sociedad, y que puede ser también un elemento de debate para comprender las conductas de los grupos sociales que aquí existimos, de las dinámicas de trabajo en equipo, de perfiles de algunos individuos que pueden confundir la soledad con el asilamiento y de las relaciones más básicas del ser humano que comienzan con un buen apretón de manos.

Aparecido en La Voz de Michoacán

lunes, 10 de octubre de 2011

Un hombre toca a la puerta bajo la lluvia

Rodolfo Pérez Valero es un escritor cubano (1947) que se ha hecho de su nombre a base de golpes certeros. Ha ganado el Primer Premio de Cuento de la Semana Negra de Gijón en cinco ocasiones, y esas narraciones las ha conjuntado, sumado algunas más para darle vida a Un hombre toca a la puerta bajo la lluvia, colección que llama la atención por diversos flancos.

Primero, tomemos por caso el cuento “Sinflictivo”, tal vez el más cercano a las vivencias de su nacionalidad, el que mayor reflejos tiene de las vivencias de la isla, pero también una de las narraciones de mayor carga eléctrica con los que cuenta el escritor, pues si bien “Es una historia terrible, morbosa y, por tanto, irresistiblemente atractiva”, nos lleva de la nación comandada por los Castro a la otra parte de esa patria, donde sabe que “vivir en Miami se tornó riesgoso para mí: mucho extremismo político, demasiada gente conflictiva”.

La percepción de lo propio se pierde de a poco: “Aquí, si tú vienes de Cuba en una balsa, sin ningún documento, hecho mierda y rojo como una langosta y dices que eres Yurisleidis Fernández, de Guanabacoa, te dan la tarjeta de Social Security con ese nombre y eres Yurisleidis Fernández para el resto de tu vida, sin importar tu pasado”. No es tanto el juego de la doble personalidad, es más bien el significativo encuentro consigo mismo cuando ha dejado de ser quien en algún momento pensó era.
El juego de emociones hacen complemento de la intriga, sabe de anécdotas y de filosofía. De pensamiento claro, de certeras acusaciones, siempre con un paso de lado para dejar respirar quien lee: “La impotencia es la madre de la tristeza”.

“Ella murió” es una narración que sobresale, el manejo de personajes es su mejor carta de presentación, una trama que aparenta sencillez pero ata de un solo golpe la humildad con el robo, la soledad con el deseo y la perfecta espiral de un momento dado, de una coincidencia con la mala suerte de una decisión acertada de la persona que no convenía. El investigador que debe ser otro, incluso en el amor, lo cual siempre resulta caro.

“Lección 26”, por su parte, resulta ser ese exceso de pedagogía de parte del autor, es un cuento que sobra pues pareciera que expone las razones de su escritura, los ejercicios que realiza en su trabajo personal, sus secretos relevados en forma de presunción, pero que por supuesto a alguno puede agradarle.

Mientras que el cuento que le da nombre a la obra nos recuerda que la sorpresa lleva el ritmo, es de las tres o cuatro piezas que bien pueden tener cabida en una antología, desobedece el patrón establecido, a la intriga suma la extraña no coincidencia, ciñéndose a las cualidades más radicales que tiene, la velocidad de los movimientos instintivos.

Un hombre toca a la puerta bajo la lluvia es un libro que se disfruta, que tiene sus cuentos memorables y otros no tanto, pero sin duda en el veredicto final pasa la prueba pues las piezas recomendadas brillan, tienen magia, toque especial, complicidad que no se alcanza tan fácilmente, y eso siempre es lo que se busca cuando de leer se trata.

Rodolfo Pérez Valero, Un hombre toca a la puerta bajo la lluvia. Plaza y Janés, México, 2010, 191 pp

Texto aparecido en la Revista Siempre¡ de esta semana

lunes, 12 de septiembre de 2011

El 11 de septiembre

La historia se escribe de manera conjunta. No se puede separar la historia propia y la historia del mundo. El 11 de septiembre de 2001 estaba en clases cuando sucedió el atentado que acabó con la pureza y perfecta seguridad de una nación que por primera vez sintió miedo y lo transmitió a varias partes del orbe.

Esa mañana estaba con mis compañeros de la carrera de Ciencias de la Comunicación en alguna de las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, el profesor era el periodista Jorge Meléndez Preciado, quien comentó que un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas de Nueva York pero como la nota la había dado un payaso nadie lo había tomado en serio.

Se refería al noticiero “El Mañanero” que conducía Víctor Trujillo en su caracterización del payaso Brozo en el extinto CNI Canal 40 en el valle de México. Antes de terminar la clase ya un compañero me había escrito un mensaje al teléfono celular para preguntarme si estaba viendo la televisión. Al terminar la sesión, nueve de la mañana, el movimiento en los pasillos era mayor del normal y gracias a dos aparatos de televisión que tenían los “compañeros” del Comité General de Huelga uno adentro y otro afuera de su cubículo pudimos muchos ver cómo la segunda torre se venía abajo.

Los comentarios seguía de un lado a otro, la decisión de subir al avión Air Force One al Presidente George W. Bush parecía lógica luego de que empezaron a confirmarse los ataques al Pentágono. Una voz dijo que luego del inmueble de seguridad y lo simbólico de la economía con las grandes torres, los siguientes objetivos serían Disneyand y la Casa Blanca.

Los compañeros del turno vespertino llegaron con los periódicos de la tarde, hacía mucho que una edición vespertina no era tan solicitada. Como muchos, no sólo compré ese ejemplar, sino casi todos los diarios del día siguiente, iban a ser históricos por decir lo menos, muchos museos los llevarían a sus salas para escribir el nuevo capítulo de la moderna humanidad, la historia del terror.

Con ese atentado, enmarcado por lo visual que resultó para todos mirar en videos y fotografías cómo caían seres humanos quienes habían decidido saltar desde los altos pisos con tal de no ser devorado por las llamas o aplastados con el colapso de los pisos del edificio, así como el polvo que tardó días en ser desprendido de la Gran Manzana, nos quedó a todos claro que una nueva forma de convivencia tendríamos por delante: la de la desconfianza, la del odio, la de la venganza.

Las palabras del Presidente Bush fueron más que claras. Vendría a la violencia más violencia. Hizo un llamado a la guerra para salvar a la humanidad, puso rostro y nombre al enemigo, todo lo demás no importaba. Las conjeturas no se hicieron esperar, algunas voces señalaban que con ese acto también se lograba apuntalar la economía estadounidense que ya iba en picada con el gran movimiento que significa el armamento y sus contextos.

Las historias de héroes también tienen cabida en este gran libro. Muchos anónimos que cedieron una parte de sí para que otros tuvieran algo de dónde agarrarse. Es claro que si bien muchos perdieron la vida ese día, otros tantos más perdieron un pedazo de su vida y aún hoy siguen caminando entre nosotros.

Conocí Nueva York y esa llamada Zona Cero en febrero de 2007, sería dudoso decir que no se siente nada, pero también es cierto que en ese entonces muchos lucraban con las lágrimas ajenas pues hacían un negocio el paso de los turistas. Hoy con la nueva fisonomía desconozco si será un punto de venta, seguramente sí.

¿Qué nos deja 10 años después esta lección? Más allá de los controles en los aeropuertos, de una prolongada guerra que ya no sabe identificar al enemigo, en un contexto marcado por las crisis económicas que no respeta abolengo en los países, en una sociedad que transmite y produce información (no siempre fidedigna) a la velocidad de la inmediatez gracias a la tecnología de las redes sociales y los teléfonos celulares sin olvidar los ipads, laptops, etcétera.

¿Nos hemos hecho más humanos luego del 11 de septiembre de 2001? ¿Nos sentimos más seguro en Nueva York, en México, en Centro y Sudamérica, en Europa? ¿Las fronteras que cada día son más frágiles necesitan otro tipo de pasaportes? ¿La economía del mercado favorece a todos, se invierte más en educación o en seguridad? ¿Tenemos claro el rumbo a seguir?

Quienes estuvimos en aquella aula esa mañana terminamos la carrera, con cierta frecuencia nos encontramos, rara vez tocamos este tema pues ya nos queda muy lejos y otros más inmediatos como la violencia propia nos requiere más atención. Pero sin duda, a todos nos desagradó la noticia y de forma directa o indirecta nos afectó.


Texto aparecido en le periódico La Voz de Michoacán el lunes 12 de septiembre.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Dónde dejamos el respeto

En qué momento desapareció el respeto, la distinción, las buenas maneras de conducirnos en sociedad. No piense ya en un refinado protocolo como si estuviéramos en la Casa Real, sino simplemente en el hablar o el escribir cotidiano.
En una rápida lectura de la clase opinadora del país podemos observar que ya no se utiliza colocar el cargo o la profesión que tiene la persona a la que hacen referencia, el ejemplo más contundente es el Presidente de la República el Licenciado Felipe Calderón, ahora todo se reduce a llamarlo por su apellido.
Pocos son los que en alguna charla utilizan el título o el cargo de alguien, no existe al arquitecto, biólogo, físico Fulano de Tal. Los años de estudio de un posgrado se reducen o desaparecen cuando en el teléfono alguien que no es de confianza tutea a la persona que se encuentra del otro lado del auricular y le llama por su nombre de pila, y el “Doctor” desapareció.
Hay quienes no gustan del protocolo social, pero eso es diferente a que no se les brinde las características del caso. Cuando una secretaria presenta a una visita con “jefe, lo busca el señor Martínez”, el jefe de esa secretaria puede tener incompleta la información pues no se dude de que el señor Martínez sea subsecretario, abogado, maestro, o representante de algún organismo internacional.
En la serie en televisión West Wing (traducida como El ala oeste de la Casa Blanca) cuando el Presidente Bartlet contrata nueva secretaria, al revisar su documentación aparece en una prueba que ella realizó una afirmación en relación a que de estar en sus manos atentaría contra el Presidente Bartlet si este hacia una acción concreta, en la escena se ve cómo el mandatario lee el texto en voz frente a ella, solo están los dos en la Sala Oval, y él decide contratarla; cuando ella pregunta el por qué, pues pensaba que por la misma idea firmada sería lo contrario, el personaje caracterizado por Martin Sheen le dice, además de sus cualidades, es porque aun cuando expresa una idea de esa naturaleza, ella lo trató con respeto, le dijo ‘Presidente’.
En las líneas de La era del vacío Gilles Lipovetsky está planteada la crítica de la siguiente forma: “La sociedad posmoderna es aquella en que reina la indiferencia de masa, donde domina el sentimiento de reiteración y estancamiento, en que la autonomía privada no se discute, donde lo nuevo se acoge como lo antiguo, donde se banaliza la innovación, en la que el futuro no se asimila ya a un progreso ineluctable”.
Es recomendable evitar la confusión entre la caballerosidad y el respeto, abrir la puerta o ceder el paso es táctico si se quiere conquistar a una mujer, pero es más provechoso cuando se hace por buena costumbre, por contagio, por marcar un ejemplo, claro que esto último inconscientemente, no como objetivo sino como deseo.
La idea no es ya tanto regresar a lo barroco y al romanticismo sino simplemente hacer más amable el trato, devolverle el lugar que se merece al respeto, decir buenos días/tardes/noches al entrar a un lugar, porque todos merecemos más respeto en todos los lugares. Ello sin meternos de fondo a las conversaciones de los jóvenes que intercalan artículos con adjetivos siendo mayormente utilizadas las recurrentes wey, pinche, hijo de su madre, por citar las comunes.
O el colmo de la falta de respeto que se percibe en los cajones de estacionamiento reservados para los minusválidos en los centros comerciales, donde se los apropian quienes no los requieren, sumado al ya famoso truco de hacerse el dormido en el transporte público con tal de no mirar a la embarazada, anciana o madre cargando al bebe, para evitar ceder el asiento.

La sangre erguida

Enrique Serna es de los escritores más originales y emblemáticos de la literatura mexicana desde hace años. Su prosa atrapa, contagia con buen ánimo, con sentido del humor, con trama bien atada con nudos sólidos, y sobre todo, con personajes que se transforman en memorables.

En esta ocasión Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) llega con La sangre erguida, un cántico a la sexualidad, un tratado del viagra en esta época, conformada por tres historias que se enlazan de maneras naturales en una escenografía que eligió Barcelona porque allí, caminando por Las Ramblas todo puede pasar.

Ferrán Millares, 47 años, es un solitario que desde su primer intento de relación sexual quedó marcado por la poca funcionabilidad de su miembro. Desde una cárcel en el viejo continente narra su pasado: “Yo no tengo atenuantes ni disculpas: soy el único arquitecto de mi desgracia íntima de un cobarde que nunca tuvo agallas para batirse a duelo con sus complejos”.

Aunque también se da tiempo para la filosofía: “Supongo que el sexo, en condiciones ideales, debe ser un alegre abandono a los caprichos voluptuosos del inconsciente”. Ferrán descubre gracias a una madura compañera indirecta de trabajo que todavía puede ejercer como hombre.

Sin embargo sólo es gracias a la ayuda de la pastilla azul como puede tener erecciones, y gracias a la buena combinación de su galanura con su facilidad de palabra seductora y una excelente administración del medicamento consigue triunfos que de otra manera sólo en sueños hubiera visto.

Ligar ya era parte de su manera de ser, tenía el poder que quería, incluso se lió con la esposa de uno de los más importantes accionistas de la empresa donde laboraba, lo cual al inicio le llevó a recibir premios como un lujoso automóvil en compensación a su esfuerzo físico; además se dio tiempo de fraguar venganza de aquella mujer que le paralizó la hombría cuando eran jóvenes.

Quién le vendía el producto era Bulmaro, un veracruzano que tenía una familia y era dueño de un taller mecánico, pero que dejó todo por Romelia, una cantante centroamericana que de gira por el puerto flechó a quien le puso casa y lo que tenía de ahorros a su disposición para alcanzar su sueño de ser cantante, pasos que los llevaron a Cataluña.

Allá, Bulmaro no tenía le dinero suficiente para montar un negocio y mientras estaba en casa realizaba todas las tareas que en su anterior hogar nunca realizó: limpiar, lavar, guisar, entre otras, perdiendo de a poco su voluntad. Lo dominaba su profundo deseo sexual por esa mujer que con un solo roce le hacía vibrar.

Romelia se la pasaba en la mañana durmiendo, para posteriormente hacer algo de ejercicio e ir trabajar en un bar donde cantaba con un grupo musical, lugar hasta al que un día llegó un supuesto productor que le haría su sueño realidad, despertando los más altos celos de Bulmaro, pero no ejercía mayor presión por temor a que lo dejara, aunque cuando él tomó la decisión, ella lo controló de inmediato y con los mimos sexuales lo tenía más que a la mano.

El negocio de la venta ilegal de viagra tenía sus riesgos y el peso de la ley le cayó encima al chino que le vendía el producto a Bulmaro y luego a éste después de tomarle la medida varios días. Ya lo venían siguiendo, incluso se tuvo que refugiar sin pedir permiso en la casa de Juan Luis.

Argentino, estrella del cine porno, aunque ya en la etapa final de su carrera, Juan Luis Kerlow llegó a Barcelona porque un productor lo quería en sus filas como actor exclusivo y además le publicarían sus memorias. Desde los diez años tuvo el poder Juan Luis de manejar con la mente sus erecciones, dando placer a las cientos de mujeres con las que se había acostado ya sea por trabajo o por placer.

Consejos de un actor porno como “El sueño dorado de toda mujer era alzar la varita del mago con el magnetismo de su belleza”, dejan ver algunas de sus páginas, que primero fueron tecleadas por un fantasma, aunque luego cobraron vida de su puño y letra, así como también cobró vida su miembro al verse enamorado de una chica sencilla en un contexto de lo más casual.

Luego de ese encuentro su vida profesional sufrió las consecuencias de la realidad, no pudo tener erecciones en sus filmaciones, y ¿de qué sirve un actor de cine pornográfico si no puede tener el miembro erguido?, si no es para blanco de críticas y burlas, que fue precisamente lo que le sucedió a Juan Luis. Al notar su cambio físico, decidió darle cause al amor y dejar de lado todo, arreglando lo posible para no dejar tirada la película.

La relación de Juan Luis con Bulmaro se debía a sus respectivas parejas, quienes iban juntas a hacer ejercicio y, posteriormente el actor le iba a facilitar el recurso económico a Bulmaro para montar su taller mecánico en Barcelona, pero todo se derrumbó inmediatamente después de la boda de Juan Luis con Laia al enterarse ésta de la profesión que ejercía su ahora esposo.

Con un ritmo ascendente, con capítulos redondos que van haciendo de la trama interesante cuál ágil, y con finales que pueden parecer predecibles pero no dejan de sorprender, La sangre erguida de Enrique Serna comprueba la hechura de una novela que atrapa, que habla de las cosas reales, que tiende a hacer partícipe al lector y andar por esas calles o esos bares de España. Y que lleva en el lenguaje a un partícipe más de la trama.

Enrique Serna, La sangre erguida. Seix Barral, México, 326 pp.

Texto aparecido en la Revista Siempre¡