jueves, 1 de agosto de 2013

Las muchas indignaciones

Las redes sociales tuvieron otro momento álgido en días recientes cuando circuló (y llegó a medios tradicionales) un video donde se ve claramente que dos inspectores del municipio de Centro, cuya cabecera es Villahermosa, en el sureño estado de Tabasco, hacen que un niño que labora como vendedor ambulante, tire su mercancía al suelo entre sollozos. Los comentarios sobre el inspector Juan Diego López Jiménez a estas alturas son por demás conocidos. Pero pareciera que la indignación de las masas está mal dirigida, pues fue mayor la molestia por el racismo y aires de superioridad del empleado de gobierno municipal, con todo lo que conlleva ese hecho, que la indignación porque un niño de 8 años tenga que trabajar. A ciencia cierta las lágrimas que presenciamos a través de la pantalla, nos dicen que el niño fue lastimado, pero no debemos descartar que su llanto también se pudo deber al miedo que le representaba al pobre infante regresar con quien maneja el negocio y decirle que su mercancía le fue robada (como con los cigarros claramente robados), y entonces el regaño o incluso maltrato físico del verdadero dueño de la canasta era una de las fuentes de origen de esas lágrimas. Nos indigna de hecho que un inspector, como cualquier servidor público de todo nivel, robe o despoje de un producto que vende el niño, pero pareciera que no nos indigna como sociedad en esa misma medida que el infante y otros de su tipo tengan la necesidad de salir al peligro de las calles para buscar un sustento. La historias tienden a aderezarse conforme se van contando, por eso en días posteriores ya se conocía el nombre y origen del infante: Feliciano Díaz (aunque antes se dijo que su nombre era Manuel) de Chiapas, incluso su pertenencia al grupo étnico de los tzotziles, pero más allá, para calmar a la hambrienta causa de la justicia social que gritaba en redes sociales y ya también en medios tradicionales, se nos dijo que el niño trabajaba para pagar sus útiles escolares. Un guión de telenovela pues. Más allá de si es verdad o no esa afirmación es precisa y necesaria la pausa para saber cómo es que llegamos a este momento (este sí indignante) donde una familia tenga la necesidad de que un niño de 8 años salga a trabajar. Y cómo unas autoridades de gobierno le pongan trabas a un niño que desconoce sus derechos, y cómo una sociedad se indigna no porque esto pase, sino porque un empleado de gobierno con criterio del tamaño de un chorlito, simplemente provoque las lágrimas que a todo México le hicieron indignarse, pero no reflexionar, he ahí la diferencia. El guión sigue, aparece el gobernador de Tabasco y señala que además de ayuda psicológica el ahora ya famoso niño Manuel (o Feliciano) recibirá una beca escolar (no se sabe cómo se le hará llegar si es que vive en otra entidad federativa). Buenos reflejos, pero por qué no aprovechando la circunstancia el mismo mandatario ordena levantar un censo, sin importar las siglas o colores del gobierno estatal, de los niños que trabajan en la capital de su estado y les ofrece una beca a todos y cada uno de ellos, ¿o necesitamos la existencia de otros videos para responder a la circunstancia? A esto debemos sumar el comportamiento de la otra inspectora que ya tuvo su castigo administrativo, una persona de nombre Carmen Torres Díaz cuyo silencio cómplice también daña, y también se puede tomar como un reflejo de muchos que ven atropellos y prefieren hacerse a un lado, evitar participar, el cómodo “yo no vi nada”, que también fragmenta a la sociedad mexicana. Mucha indignación pero poca reflexión tuvimos con esta experiencia. Ojalá en algo haya cambiado la forma de pensar de algunos, allí empiezan los grandes movimientos, en la manera de pensar y de actuar. Texto publicado en el suplemento CAMPUS de Milenio Diario le jueves 1 de agosto de 2013.

domingo, 28 de julio de 2013

La mujer de los macacos

Volumen raro por decir lo menos, es La mujer de los macacos que Alejandro Badillo (1977) nos presenta bajo el sello de Libros Magenta. Raro porque el cuentista sale de su esfera para entrar a la del novelista, dando por resultado la sobrevivencia. Es raro por la separación en tres desiguales secciones, raro porque el personaje es raro, y eso, todo eso, hace el libro interesante. Matías Blumfeld es el personaje principal. Vio la luz por primera vez en un cuento llamado “La Señal” que Badillo publicó en el año 2011. Durante un año se fue fraguando su siguiente aventura que ahora viaja a través de esta novela. Badillo, apasionado de Thomas Bernhard, tiene guiños en sus líneas hacia figuras como Samuel Becket o Franz Kafka, e incluso la narración nos hace recordar la temática de “Casa tomada” de Julio Cortázar o “Cua­draturín” de Sigismund Krzyzanowsi en su desconocido cual celebrado libro La nieve roja. Pero más allá de los homenajes y las coincidencias, el peso de la trama se soporta en el personaje, uno contemplativo, que le basta con ser testigo, con formar parte de la escenografía, le cuesta quizá cambiar, moverse, modificar lo cotidiano, de allí su peso específico en la realidad que habita, en el contexto que le da forma, no sale de su bolsa de protección, ¿para qué? Le basta con el deseo. Salir, entrar, sacar a alguien de su departamento es de lo que va la trama, pero en el fondo es el movimiento interior, el de uno mismo. “Pero el problema no era de tamaños o adaptaciones, era el tiempo transcurrido en los dos lugares, en uno breve, muchos años en el otro”. El tiempo como piedra de toque, como el designio, el que se sabe, y por momentos genera cierta impaciencia al tomar el libro en las manos. Y es que si bien es cierto que la rareza le da sustancia a la novela, hay líneas que resaltan por su sentido básico en medio de la jungla: “Sus labios, apretados, parecían contener su silencio”, por ejemplo. Y hace que el rechazo pueda presentarse. Aurora es la mujer de los macacos, o es lo que nos hacen creer, pues conforme vamos llegando al desenlace nos sorprende de nuevo un quiebre verbal que le viene bien a la trama: “la mujer de los macacos era un trazo borroso que se desgastaría aún más con el tiempo. Y tendría una mujer sin ningún atributo especial, una forma pura, un nombre que no diría nada”. Ese es el mejor momento de las páginas de La Mujer de los macacos, las que cargan con la honestidad y el empuje, las que no se limitan, las que el cuentista no se entromete en la forma del novelista. El arriesgue pues tiene su recompensa: “Cuando Blumfeld era niño le gustaba pensar en los peores escenarios para su vida: un accidente mortal de sus padres, una enfermedad incurable, una situación terrible. El objetivo era nunca sorprenderse, encontrar pronto un centro a pesar de lo imprevisto”. Y así como Blumfeld recarga el peso de la buena suerte en la posibilidad de algo nuevo, también Alejandro Badillo apuesta a esa posibilidad que no limita ni encasilla, que logra mantener al lector pese a lo alargado que pueden parecer ciertos pasajes, pero la paciencia premia a ambos. En suma, es una novela que se debe tomar como un afortunado debut en el género para un autor ávido de narrar historias con forma, con fondo y con idea. Un último apunte: en la solapa leemos un párrafo propiedad de Gabriel Granados Bernal donde apuesta al redondel por encima de la concreción, allí señala que Alejandro Badillo por sus temas y formas es cercano al oriundo de Chihuahua, Jesús Gardea, y quizá se refiera al cuentista (como ambos lo son), porque todavía no hay noticias de las dos novelas inéditas que dejó desde su muerte hace más de doce años el nacido en Delicias. Alejandro Badillo, La mujer de los macacos. Libros Magenta / Secretaría de Cultura del DF, México, 2012; 125 pp. Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 28 de julio de 2013.

lunes, 17 de junio de 2013

Filosofía de las emociones

Tiene la apariencia de ser un libro del tipo superación personal, incluso el subtítulo genera desconfianza: 21 rutas para vivir con nuestras emociones, pero si se pasa esa barrera se podrá entrar a una lectura bastante agradable. Porque eso es Una mochila para el universo, una miscelánea donde tarde que temprano se identifica el lector. La autora Elsa Punset logró conjuntar varias de sus colaboraciones en medios de comunicación, sobre todo televisión y radio, para darle vida a un libro divertido, entretenido y sobre todo con un mensaje que no se queda en lo superficial sino que va mezclando el ejemplo, el dato, la ciencia. Incluso alterna citas de diversas investigaciones, con Premios Nobel, con videos en Internet, así como a personajes de la historia que dejaron con su talento una patente de vida, como lo es Thomas Alva Edison, de quien cita su frase: “No he fracasado, sólo he encontrado diez mil soluciones que no funcionan”. Ejemplo de lo que podemos hacer, de que todo el que se atreve, incluso en los errores debe ver el lado bueno, el lado del aprendizaje, el lado de la evolución positiva. La información que salta en las páginas de este libro por momentos parece cobrar vida. Y es cuando uno se pregunta, ¿en verdad se necesitan seis segundos para que un abrazo sea completo?, ¿será cierto que con el control de los primeros noventa segundos ante un enojo se pueden evitar muchas desgracias?, ¿bastan cuarenta y siete segundos para convencer a alguien?, ¿en serio cuando niños reíamos 300 veces al día y ahora de adultos, sólo lo hacemos 17 veces? Porque de eso va esta obra, aderezado con un lenguaje desenfadado pero no por ello menos profesional, un lenguaje que nos trasmite y emociona. Quizá por ello retoma a Maya Angelou quien señala: “La gente olvida lo que dices, la gente olvida lo que haces, pero nunca olvida cómo la haces sentir”. Una mochila para el universo invita a reflexionar sobre cosas comunes (o que parecen comunes) pero que en el fondo poca veces nos detenemos a hacerlo. Quitar el peso excesivo que venimos cargando desde hace años, incluyendo los fracasos y las decepciones, para ello incluye varias recetas, diversos ejercicios para encontrar cierta paz, cierto bienestar. De paso da el consejo para mantener vivo el vínculo amoroso, el cual básicamente debe llegar cuando recuperamos dos elementos: “la conexión emocional y el contacto físico”. Puede ser cierto, dependiendo las culturas, pero el contacto físico instruye, fortalece; mientras que por el otro costado nos dice la misma Punset que “las emociones más intensas, como el desprecio, la ira o la tristeza, se contagian como un virus, porque esas son las emociones que el cerebro cree que más pueden ayudarnos a sobrevivir”. La razón y la pasión, buscando el justo medio, la balanza a favor del bienestar, o mejor dicho de la felicidad, hoy tan de moda, con encuestas, mediciones diversas, con un contexto que parece obligatorio ser feliz o al menos intentarlo, pero siempre es bueno recordar que casi la mitad de nuestra felicidad depende de nuestra actitud. “La felicidad requiere un esfuerzo que no siempre estamos dispuestos a hacer, pero cuando lo hacemos, la recompensa —a la que va ligada un incremento en los niveles de felicidad individuales y colectivos— es llamativa”, señala la autora. Le damos la razón cuando en un momento de encuentro con uno mismo al estar leyendo reafirmamos que: “No merece la pena intentar aferrarse a las emociones sino más bien entrenarse para generar más positivas que negativas, hasta lograr un equilibrio sano entre ambas”. Ese es el tono del libro, que zigzaguea con la bocanada de filosofía y la practicidad de la vida real. Es cierto que en ocasiones nos rebasa la prisa ante lo obvio, y tal vez esa sea la función principal de Una mochila para el universo recordarnos que por muy aprisa que vivamos, siempre es bueno tomar una pausa para confirmar si vamos en el camino correcto, si estamos dando un abrazo como se debe, si somos lo suficientemente felices con lo que nos rodea. Conocer, en suma, un poco más de las emociones y su funcionamiento. Elsa Punset, Una mochila para el universo. 21 rutas para vivir con nuestras emociones, Editorial Diana, México, 2013; 313 pp. Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 16 de junio 2013.

lunes, 3 de junio de 2013

El primer día

Toda librería de viejo que se precie de serlo, tanto en México como en otras importantes plazas como Buenos Aires, debe contar en su acervo con algún ejemplar de Luis Spota. Autor que por momentos parece olvidado, pero es sin duda una figura de gran importancia en la literatura de nuestra lengua. Quizá su obra más reconocida sea Casi el paraíso, sin embargo cada espacio donde se expresó dejó una huella que permea, se mueve, sigue. Sobre todo en lo que respecta al tema del poder y las relaciones de los poderosos como por ejemplo con su serie “La costumbre del poder” donde se incluye el volumen que nos ocupa: El primer día. Publicado en 1977, esta obra ha alcanzado los miles de ejemplares gracias a las reediciones, aunque deberíamos decir que es sobre todo gracias al interés que siempre suscita el tema y que en esta ocasión se conjunta de excelente forma con una pluma fina que hila, construye y genera emociones sobre un tema particular. La fuerza de Spota está en varios pilares: sus personajes, su trama, su lenguaje. Por donde se mire se disfruta. (En su momento la revista Nexos publicó una reseña, que en Internet se puede consultar, donde no deja bien parado al autor, sin embargo el tiempo sigue generando lectores para Luis Spota). Y es que en la trama de El primer día, retrata a una clase política que hoy se encuentra mal calificada, mal evaluada, allí está pues otro motivo para la lectura (o relectura), y es que cómo no va a conmover si de pronto se pregunta el personaje: “¿Hay alguno más débil que el hombre que acaba de entregar a otro la presidencia del país?”. Aurelio Gómez-Anda, el Presidente en su primer día como expresidente, sabe y piensa en voz alta de lo que se trata: “Porque eso es la Presidencia, Fermín: un oficio con sus reglas… un oficio que nadie puede enseñarte; que tienes que aprender tú solo, y únicamente cuando estás arriba… sus libertades son muchas, también lo son sus limitaciones… si eres verdaderamente fuerte puedes ir más allá de esas limitaciones… más allá empieza la dictadura”. A Spota lo flanquean su vida periodística y personal que le dieron mucho material para sus obras. Sin duda su paso por la radio y la televisión, así como por el cine le dan ese toque enigmático de figura que recibe reconocimientos diversos, como la calle que lleva su nombre en la delegación Benito Juárez de la capital del país que en algunas láminas de la nomenclatura está escrita con falta de ortografía, dice “Espota”. Es tal vez por esa variedad de espacios donde se desenvolvía que muchos no lo consideraban pilar de la literatura mexicana, pero el tiempo sigue acomodando todo en su lugar, y el paso del mismo sigue dejando en los estantes de bibliotecas personales y de librerías de viejo, ejemplares de sus obras, el nombre de Luis Spota es recurrente, lo saben los hombres y las mujeres de letras, todos deben haber leído al menos alguna vez al autor de líneas clave para entender el poder el México. El primer día es un repaso de la vida política, una escena multiplicada por cientos de días de quien gobierna y las decisiones que toma, la acciones que toma, que se van desgastando conforme sus horas se agotan. Es también el recordatorio de que el poder no dura para siempre, es sin duda el pulso de un momento particular, de allí que muchos políticos deben recurrir a este ejemplar en particular de la obra de Luis Spota para entender mejor lo que viene, o lo que ya viven. Las reglas de poder son claras, Spota las sabe, las aprendió en su momento de diversas fuentes y las plasma en la obra para que sus lectores tomen nota y no se sorprendan. Es una crónica, un relato, una historia real con fragmentos de ficción o quizá viceversa. El punto es que se disfruta por su alto nivel literario: “Lo preocupó de pronto una sospecha. Lo angustió después una zozobra. Terminó sofocándolo una certeza”. Las lecciones son del siglo pasado, esto es, fueron escritas en ese momento, pero también es cierto que pueden aplicarse a la realidad contemporánea: Por ejemplo: “hazle saber al pueblo con frecuencia que estás haciendo un buen gobierno. Repítelo, repítelo, repítelo, y si lo repites con suficiente convicción, acabarás por creerlo”. De eso va esta novela, de decirnos que “El Poder no se rinde. El Poder se gana: lo hace uno a su medida. El Poder es de quien lo ejerce, del que lo usa para generar más Poder”. Páginas de un gran autor cuya ficha curricular es por todos conocida, y que este 13 julio festejamos un año más de su natalicio. Luis Spota, El primer día. Grijalbo cuarta edición), México, 1977; 582 pp. Texto aparecido en la revista Siempre¡ del 2 de junio de 2013.

sábado, 4 de mayo de 2013

La marrana negra de la literatura rosa

El título del libro llama la atención de inmediato. Si esa era su misión la cumple a cabalidad: La marrana negra de la literatura rosa del escritor coahuilense Carlos Velázquez (1978), quien en su biografía cuenta con dos obra previas: Cuco Sánchez blues (2004) y La Biblia vaquera (2009). Cinco narraciones que rompen los esquemas, que llaman la atención, que atrapan, que absorben. ¿Cómo es que la literatura de Carlos Velázquez logra esto?, porque su más reciente entrega, aventuro una posible respuesta, contiene elementos de rompimiento y de entendimiento con la cruenta realidad. El cúmulo de imágenes que logra en cada página son ideas que tienen color, sensibilidad, acidez, así como una dosis precisa de humor. Contiene algo de diferente al resto y quizá allí radique su mayor voltaje. Abre el libro “No pierda a su pareja por culpa de la grasa”, y tal vez por ser el inicial, el que inaugura la pista, no logra un impacto total en el lector, pero cumple su labor a cabalidad, es el acceso a un mundo alterno. La segunda pieza: “La jota de Bergerac”. La jota en el sentido más puro de lo que eran antes, ahora transmutadas en Drag Queen, trasvestis o similares. Entre recuerdos y sonidos de Marga López en el Salón México, Alexia liga de manera fulminante a Wilmar, la más reciente contratación del equipo local del béisbol, quien la toma como un amuleto, cuando ella va al estadio él se luce, cuando lo que hay es su ausencia, el rendimiento del deportista baja. Ante ello no le queda más remedio al atleta y a la directiva del club que darle un lugar especial a Alexia tanto cuando su equipo juega de local como cuando es de visitante. Tarde que temprano, en un ritmo trepidante Alexia sabrá la verdad: “A una mujer le puedes prometer, le puedes fallar, la decepcionas y siempre estará ahí. Su naturaleza es perdonar. A una vestida tienes que cumplirle. No se trata de amor, es un pacto. Entre hombres”. Así llegamos a “El alien agropecuario”, un cuento que enternece por su dureza. Alucinamos al personaje que no es el protagonista mas sí es el alma de la misma historia que lleva a un grupo de rockeros juveniles que buscaba tener un símbolo de identidad o más bien de identificación, y lo hallaron en un niño con problemas mentales que le alcanzaba para ejecutar un instrumento musical. El ritmo radical de la melodía que entona el autor halla un motivo perfecto en “El club de las vestidas embarazadas”, alucinante viaje de nubosidad por la más dura de las cotidianidades, de la doble cara que necesita espacios para movilizarse y dar a luz a esos deseos humanos que no se imaginan normalmente. Y es que eso es lo que tiene buena parte de la literatura de Carlos Velázquez, lo raro de la realidad, lo crudo de la carne. Cierra la narración que le da título al libro, una bizarra escenografía que tiene en ese animal a su perfecta administradora de emociones, ella sabe lo que quiere y lo que necesita, descubre el amor como animal, satisface sus necesidades como animal, recuerda, olvida y utiliza a los demás como animal. Y así hace recordar de nueva cuenta al humano promedio. Termina uno de leer esta obra y no sabe cómo reaccionar, y no es porque dependa del estado de ánimo, ni de la siguiente página, tal vez ni siquiera de la coyuntura. Uno buscará inevitablemente en la acera de enfrente más elementos para su entendimiento, quedará aturdido pero muy satisfecho, y tal vez también alerta pues los freacks están cerca, demasiado cerca por momentos. El espíritu de la violencia es el eje de las tramas. Violencia personal, física, mental. El ánimo por hacer daño, por transgredir la autoestima, ya sea por el peso de la realidad o por el pretexto de algún recuerdo, como sea, estamos frente a un libro que arriesga y gana, y eso siempre se valora. Carlos Velázquez, La marrana negra de la literatura rosa. Sexto Piso, México, 2010; 134 pp Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 5 de mayo de 2013.

lunes, 29 de abril de 2013

Nada

Perteneciente a lo que se conoce como literatura juvenil, aunque eso de las nomenclaturas se encuentra en constante debate pues los temas de los jóvenes se mueven día a día, llega la novela Nada, de Janne Teller (Dinamarca, 1964), escritora que ha ganado fama por esa extraña combinación de quienes admiran y publicitan su obra, y quienes la prohíben y le dan a su vez más fama de la que debería. Si bien la trama es por momentos lenta, toma ritmo y fuerza en la última parte. Va de un personaje central que está en contra de todo, el típico malasuerte de la escuela, máxime en un tema tan de moda, que no por ello deja de ser peligroso o alarmante como el bullying en países como México, esta novela retrata una parte de las problemáticas de los jóvenes en la etapa escolar, como lo es la falta de sentido en sus vidas, la nula esperanza de futuro. Ese que carga con la mayor responsabilidad de la trama se llama Pierre Anthon, quien desde la cima de un árbol manifiesta su disgusto con todo, la clave y es lo que comunica, es que “Nada importa, hace mucho que lo sé, así que no merece la pena hacer nada, eso acabo de describirlo”. La decepción total, el hartazgo ante la realidad, la combinación con factores como el familiar, y la coincidencia con la ausencia de anhelos. A partir de allí son algunos de sus compañeros quienes le harán ver que sí tiene sentido estar en este lado de la realidad, cada uno de ellos le hará una especie de ofrenda, donde colocan en juego algo simbólico para ellos, algo que significa mucho en sus vidas, y es precisamente la suma de eso lo que la autora llama “Significado”, lo que le da unión y pertenencia al grupo de jóvenes y a su vez, se vuelve la bandera para el traslado del mensaje. Lo de “Significado” es simplemente la suma material de los objetos que cada joven había llevado para decirle a Anthon que la vida valía la pena, y esos objetos juntos conformaban una masa amorfa que poco a poco fue cobrando fama y fortuna, a tal grado que fue catalogada como una obra de arte y llegó a venderse a buen precio. Allí es el giro final y quizá de mayor valor de la trama, allí entra en un nuevo ritmo, en el acto de venganza de Anthon, y en su desenlace fatal. Porque ante la algarabía de sus amigos (“Varios de nosotros estábamos contentos porque el montón de significado estaba a punto de ser completado”), él seguía ensimismado; mientras que ellos ya tenían claro el camino, y su autora de paso la moraleja en perfecta armonía (“¡Si renunciamos al significado, no nos queda nada!”), se da un paso seguro y de buen tránsito al pensamiento del lector atento (“El montón de significado empezaba a ser del dominio público”). El costo de la burla de Pierre Anthon ante el éxito del “Significado” fue su tumba, los demás no iban a dejar contaminarse, él fue declarado culpable por el mismo grupo, y en consecuencia tendrían ahora un mejor futuro. Si bien el espacio natural de esta novela está en el público adolescente, es de esos libros que por el cercano tema a la superación personal, deja un mensaje, una moraleja que funciona, sirve y transmite. El camino para ello es interesante, comienza en: “Y también descubrirás que la fama y el gran mundo están fuera de ti y que tu interior está vacío, y así será hagas lo que hagas”, y culmina en una innecesaria nota de la autora al final de la historia (¿para qué explicar en las mismas páginas el por qué escribes la obra?) donde deja en claro su inspiración: “La gente joven todavía está abierta a las grandes preguntas”. Nada es una buena opción para aquellos que siguen en ese entramado de la literatura juvenil, sin embargo no se culpe si el joven lector lo abandona al inicio, se comprende por la lentitud en la trama, pero si supera la mitad puede apostarse que lo terminará, el final en este caso vale la pena. Janne Teller, Nada. Seix Barral, México, 2011 (Segunda reimpresión 2013); 158 pp Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del 3 de abril 2013

domingo, 7 de abril de 2013

Muerte caracol

Una novela que contiene otra novela, una vida que se vive a través de otras plasmadas en otras páginas, y con una combinación donde ambas se complementan para atrapar al lector es lo que Ana Ivonne Reyes Chiquete nos entrega en Muerte caracol, volumen que obtuvo el Premio “Una Vuelta de Tuerca” en 2009. El orden de los capítulos parece no ser lineal, las dos tramas en su independencia se necesitan, pues el personaje-lector, Carlos Sobera, le da vida a la otra trama. En una, digamos la del libro Muerte caracol, se nos presenta un día normal en la vida de Sobera, solitario, distraído, sin grandes sueños, dependiente en una institución de salud gubernamental. Con un futuro insípido y un presente todavía más gris, se mete de lleno a la lectura de El asesino del caracol, la otra historia de la novela. En esas otras páginas, la que sabemos gracias a la lectura de Sobera, se presentan la muerte en forma de asesinato, así como los protagonistas que se dan cita alrededor de un mismo hecho. Incluso, la mayor parte del ejemplar de Reyes Chiquete se soporta en esta segunda trama. El anuncio en el periódico es lo que dispara la acción, ella se anuncia como modelo, miente en la experiencia, miente en la posesión de un portafolios, él miente al afirmar que es un fotógrafo, lo que en realidad resulta ser es un asesino. Se citan, van a la casa de ella (que comparte con otra compañera), y apenas cerrada la puerta él comete el asesinato. La parte más prometedora de la lectura es la manera en que cada personaje de El asesino del caracol cuenta ese momento. Ambientada en el lenguaje del español ibérico, empieza la supuesta modelo, luego la compañera de piso, el agente que llega a la escena del crimen, la reportera que cubre la nota roja, el agente de homicidios. La misma toma vista desde otro ángulo. Las interrupciones que hace Carlos Sobera de su lectura es la misma que hace cualquier lector al tomar un libro, sus pensamientos son similares, como las distracciones que se presentan a diario. Esos descansos para pasar al otro capítulo, son una pequeña distracción para no darse cuenta que sólo tiene la lectura para marcar una diferencia con el día anterior, y el anterior y quizás el anterior también. El saltar de páginas del protagonista es natural en su lectura y es también natural en la nuestra, al terminar la obra se siente con capacidad de escribir, con preparación de escritor y lo hace, empieza a deletrear sus “Crímenes necesarios” (nombre con el que nuestra escritora registró la obra en el concurso citado) que en una imaginación próxima verán la luz porque es una escritura (la de Reyes) que transmite: “Pero el olor a muerto trae de regreso todo lo que uno quiere olvidar”. La escena en El asesino del caracol lo permite, allí digamos se ubica el más radical perfil del asesino de quien escribe, allí tras la sombra de dos alter egos puede lucir eso que no sabe de manera directa: “El hedor del que os hablo es nuestra esencia, no porque nos recuerde que sólo estamos de paso en este mundo, sino porque nos habla de lo que ya somos y habíamos logrado olvidar”. Y esto se presenta de esa forma porque en el fondo Ana Ivonne Reyes Chiquete nos habla de la muerte cercana y de la que se traduce o trasporta a través de los otros. Con dos filtros de por medio la sangre tiene otro tinte, ella misma lo deja en claro: “Las masas están conteniendo a la bestia dentro de cada uno de nosotros”. Plasmó un asesino y un débil lector al mismo tiempo, quizá sean uno mismo al paso del tiempo, pero por lo pronto son los elementos de una novela envolvente, que atrapa de inicio a fin, que se lee en un solo movimiento y se piensa que fue en varios, pues la novela es la de las pausas, la lectura no, pero también en esa confusión nos dejamos caer, a final de cuentas el último lector es quien tiene la palabra al cerrar el libro. Ana Ivonne Reyes Chiquete, Muerte caracol. Instituto Queretano de la Cultura y las Artes / conaculta (colección Guardagujas), México, 107 pp. Texto publicado en la Revista Siempre¡ del domingo 7 de abril de 2013.