Conocido y reconocido por el fenómeno que fue y es la novela y la película El Padrino (1969), Mario Puzo (1920-1999) publicó bajo el seudónimo de Mario Cleri Seis tumbas en Múnich, que actualmente llama la atención en las mesas de novedades de las librerías.
Al tenerlo entre las manos, los seguidores de Puzo saben a lo que se enfrentarán: una historia que lleva el signo de la muerte y del amor. La portada no falla, el cintillo lo delata: “una historia criminal movida por la venganza”, pero también, aún previendo la trama, el peso de la atracción quizá se recline en uno de los toques mágicos que siempre le imprimió Mario Puzo a sus obras: el manejo psicológico de los personajes, con personalidades fuertes, con acciones variantes y con decisiones que los llevan a tomar resquicios en donde no hay muchas salidas.
Esta vez Michael Rogan, un chico genio desde su instrucción inicial, es el protagonista que por su talento llegó muy pronto a ser un solitario y también un diamante en bruto que, por el contexto de la Segunda Guerra Mundial, sería una verdadera pieza clave en el tablero de los mensajes codificados. Luego de una prueba que sus entonces superiores pensaron que no iba a descifrar, sorprendió a propios y extraños, con su talento no fue difícil prever que escalara posiciones de manera vertiginosa para ser uno de los pilares de la comunicación en su nación en cuanto a milicia se tratara.
Sin embargo uno de esos malos días que fuerzan los escritores para darle un nuevo ritmo a la trama, Michael fue capturado junto con su esposa, quien no tardaba a dar a luz, y con la captura también vino la tortura (entre otras cosas, los gritos al otro lado del cuarto de su mujer embarazada), culminando con la extracción de valiosa información que haría ganar posiciones en la misma batalla.
Días de tortura dieron fin con un disparo en la nuca al genio Rogan, todo consignado en el expediente A23.486, pero ese disparo no lo mató del todo, eso fue por partes, por largas secciones que le acompañaron por varios años de su vida.
Consiguió un empleo y se dio cuenta que con el poco talento podría hacerse millonario fabricando equipos de cómputo de alta tecnología, subió escalones en la empresa y llenó de ceros su cuenta bancaria, para darse una vida con lujos pero pocos excesos. Pagaba lo justo y daba extras cuando la situación lo ameritaba, como lo fue cuando los investigadores que contrató para encontrar a las siete personas que lo habían torturado y dado muerte a su esposa, le dieron los datos generales de cuatro de ellos.
En Sicilia encontró a Genco Bari, uno de los que asesinaron a su esposa, quien “tenía que ser un hombre de fortuna, puesto que era miembro de la mafia. Pero entonces comprendió que ahí estaba precisamente el problema. Nadie le iba a dar información sobre un capo mafioso. En Sicilia, primaba la ley de la Omertà. El código del silencio es una tradición local: no dar nunca información de ninguna clase a las autoridades”.
Este es el capítulo que más se identifica con el resto de la obra de Mario Puzo, donde se siente más cómodo, donde fluye su pluma pues los rasgos le son afines, donde las palabras exactas dan vida a un personaje siciliano ya cansado y con ganas de que le corten el sufrimiento, por eso le da entrada a Rogan a su casa, para que a sus anchas, a sus tiempos, con todas las facilidades (incluida la seducción de la propia mujer con su autorización) Bari encuentre la muerte.
Budapest es el siguiente punto de la ruta, allí Wenta Pajerski es el objetivo. Hombre de costumbres crónicas, rítmico andar, no cambia por nada su mesa, su ajedrez y sus ganas de no hacer nada más. Por eso el astuto Rogan decide, en un acto de verdadera lucidez, llenar el centro de un rey el material explosivo necesario para causarle la muerte sólo a Pajerski, a nadie más, el resto son inocentes, él no quiere muertes innecesarias.
Y como reza el dicho, al final lo mejor, el líder de los siete que lo torturaron: Klaus von Osteen. Difícil localizarlo, con el paso del tiempo se ha vuelto en persona honorable y respetable, magistrado federal con todas las de la ley, objeto también de posiciones políticos de altos vuelos. Pero todo eso no intimida a Michael Rogan, dispuesto a culminar lo que no lo deja dormir, lo que le provoca pesadillas todas las noches y dolores descomunales en la cabeza.
Para los seguidores del nacido en la gran manzana, Seis tumbas en Múnich viene a ser ese redescubrimiento del gran autor que es Mario Puzo, así como también es un nuevo motivo para releer su obra, para entrar a ese mundo que pocos como él pudieron formar, para disfrutar un thriller, unos personajes fuertes, y sobre todo la esperanza de la buena historia en cada página.
Mario Puzo, Seis tumbas en Múnich. Ediciones B, España, 2009; 174 pp.
Texto publicado en la revista Siempre¡ de esta semana.
domingo, 23 de agosto de 2009
jueves, 30 de julio de 2009
Obama Inc.

Barry Libert y Rick Faulk escribieron el libro Obama, Inc., El éxito de una campaña de marketing, que como las obras de este tipo retoma aspectos de la campaña política más conocida y citada en la época moderna para hacerlos aprendizaje en el mundo de las empresas.
De ágil lectura, y de consejos prácticos, que no siempre funcionarán pues en la campaña política el contexto es importante, este texto contiene frases que se pueden aplicar tanto para la reflexión como para la vida laboral de cada uno:
“Si nuestros líderes no están dispuestos a defender el cambio y las nuevas ideas, nuestra economía no se recuperará nunca del actual colapso de los mercados financieros”.
Tema que ocupa el primer lugar en prácticamente todo el mundo en cuanto a preocupación se trata, economía y empleo como fuentes de opinión pública.
“Al no señalar a nadie, todos los asesores se sentirían responsables en parte, y todos se esforzarían más en la próxima ocasión”
Esto es reparte la culpa por igual, aunque sabemos que hay niveles de culpabilidad, si todos se sienten en deuda, todos habrán de trabajar más y mejor en la siguiente tarea.
“Lo que sugerimos es que, en su contacto diario con la gente, muestre que no se toma a sí mismo demasiado en serio, que está realmente interesado en escuchar los puntos de vista de los demás y que desea ayudarles a trabajar de todas las formas que pueda. Un poco de humildad de su parte puede hacer mucho por lograr una fuerza de trabajo cooperativa y entusiasta”.
Que el candidato sea uno más, sin dejar de ser la cabeza del proyecto. Que el jefe sepa ser jefe al entender lo que hacen sus colaboradores. Que el elector se sepa comprendido, y por eso vote.
“llegó a encarnar el cambio que prometía, y la gente creyó que con él el cambio sí se haría realidad”.
Obama era el cambio, sin embargo no perdamos de vista las bajas en los índices de popularidad que ha sufrido, pero entendamos que las cosas no son mágicas.
“Los líderes no pueden permitirse permanecer quietos ni defender lo estupendo que es el presente”.
Un líder debe tener mirada periférica y de largo alcance, no debe quedar estático, su función está en promover un ánimo de renovación, de cambio, de fortaleza.
“De hecho, las empresas ganadoras no se limitan a adaptarse, sino que se abren camino, son el cambio”.
Lo dicho. Con una mención más: no se espere una lectura de profundidad filosófica, no es la intención, pero sí una de aprendizaje en la materia.
martes, 28 de julio de 2009
El tiempo repentino
Las calles no son las mismas, cambian cada día, pero de ese detalle pocos se percatan. Así sus habitantes, de allí que los cronistas sean una especie en peligro de extinción en las grandes urbes. Y por supuesto que también de allí que sea un acto de celebración un libro como lo es El Tiempo repentino del periodista y narrador Héctor de Mauleón (México, 1963).
Dividido en cuatro secciones, este volumen pasa lista de presente a los acontecimientos que han dejado una huella colectiva en esta ciudad. El sueño colectivo, Horcas, patíbulos y guillotinas, Muertes y cataclismos, y La religión laica, son los cajones o ataúdes que coleccionan esos relatos que gran parte tiene que ver con un rastreo pertinaz en la hemeroteca, en la memoria de la capital, en esas páginas amarillentas que cuentan historias que de alguna forma nos han dado dirección.
Se dan cita los inicios de una tradición deportiva, las grandes glorias, los espacios de convivencias, los asesinos seriales, “En el catálogo de horrores que es la nota roja, cada crimen es considerado el más espantoso de los últimos tiempos”, por eso ahora con los cuerpos sin cabeza que han aparecido en el país, tal vez sean un recuerdo dentro de cien años que pinte como un hecho cotidiano tales acciones para quienes investiguen nuestra época.
Deportes como el futbol, la lucha libre y el box, tiñen de tono especial el libro, sobre todo gracias a sus glorias deportivas, en el caso del balompié, el análisis sociológico también tiene cabida: “En un país de la patada, el futbol se convirtió rápidamente en el deporte nacional”. En lo que respecta al deporte de los lances y las máscaras, es en quien le diera vida al personaje Black Shadow donde se depositan esos agrios sabores de lo que fue, y de lo que queda ahora convertido en un vendedor que quiere olvidar una gloria.
En el otro costado también conlleva el peso de las emociones que se juntan en lo que se denomina sociedad u opinión pública para los más avezados, y en el apartado dedicado a Raúl el Ratón Macías viene un remate que vale la pena su transcripción: “El júbilo sólo sería comparable a la conmoción que México habría de sufrir tres años más tarde, en 1957, cuando un terremoto hizo caer el Ángel de la Independencia, cuando Pedro Infante cayó del cielo con todo y avión, y cuando Alphonse Halimi acabó en sólo diez rounds con la carrera de Raúl Macías. Ese año trágico, en fin, en el que México iba a perder todos sus símbolos”.
Héctor de Mauleón ha demostrado con creces que es un gran narrador, baste los ejemplos de La perfecta espiral y Como nada en el mundo, allí recrea partes de un rompecabezas que ubica su escenografía en las mismas calles de esta urbe a la que hoy rinde un homenaje necesario aunque insuficiente, y qué bueno que sea así, pues siempre queda la esperanza de seguir hurgando en el pasado para darle más color a unas páginas sepias que de pronto nos dicen cómo fuimos, y lo mejor, cómo podemos ser.
El tiempo repentino es un libro de añoranzas y esperanza, que golpea esa parte que tenemos para sentir, que logra llevarnos en un viaje por una ciudad que desconocemos de tan propia que puede llegar a ser, y que le da un lugar especial, como debe de ser, a la historia que nos es común.
Héctor de Mauleón. El tiempo repentino, crónicas de la Ciudad de México en el siglo XX. Random House Mondadori y Ediciones Cal y Arena, México, 2008, pp. 252.
Texto aparecido en la revista Siempre¡
Dividido en cuatro secciones, este volumen pasa lista de presente a los acontecimientos que han dejado una huella colectiva en esta ciudad. El sueño colectivo, Horcas, patíbulos y guillotinas, Muertes y cataclismos, y La religión laica, son los cajones o ataúdes que coleccionan esos relatos que gran parte tiene que ver con un rastreo pertinaz en la hemeroteca, en la memoria de la capital, en esas páginas amarillentas que cuentan historias que de alguna forma nos han dado dirección.
Se dan cita los inicios de una tradición deportiva, las grandes glorias, los espacios de convivencias, los asesinos seriales, “En el catálogo de horrores que es la nota roja, cada crimen es considerado el más espantoso de los últimos tiempos”, por eso ahora con los cuerpos sin cabeza que han aparecido en el país, tal vez sean un recuerdo dentro de cien años que pinte como un hecho cotidiano tales acciones para quienes investiguen nuestra época.
Deportes como el futbol, la lucha libre y el box, tiñen de tono especial el libro, sobre todo gracias a sus glorias deportivas, en el caso del balompié, el análisis sociológico también tiene cabida: “En un país de la patada, el futbol se convirtió rápidamente en el deporte nacional”. En lo que respecta al deporte de los lances y las máscaras, es en quien le diera vida al personaje Black Shadow donde se depositan esos agrios sabores de lo que fue, y de lo que queda ahora convertido en un vendedor que quiere olvidar una gloria.
En el otro costado también conlleva el peso de las emociones que se juntan en lo que se denomina sociedad u opinión pública para los más avezados, y en el apartado dedicado a Raúl el Ratón Macías viene un remate que vale la pena su transcripción: “El júbilo sólo sería comparable a la conmoción que México habría de sufrir tres años más tarde, en 1957, cuando un terremoto hizo caer el Ángel de la Independencia, cuando Pedro Infante cayó del cielo con todo y avión, y cuando Alphonse Halimi acabó en sólo diez rounds con la carrera de Raúl Macías. Ese año trágico, en fin, en el que México iba a perder todos sus símbolos”.
Héctor de Mauleón ha demostrado con creces que es un gran narrador, baste los ejemplos de La perfecta espiral y Como nada en el mundo, allí recrea partes de un rompecabezas que ubica su escenografía en las mismas calles de esta urbe a la que hoy rinde un homenaje necesario aunque insuficiente, y qué bueno que sea así, pues siempre queda la esperanza de seguir hurgando en el pasado para darle más color a unas páginas sepias que de pronto nos dicen cómo fuimos, y lo mejor, cómo podemos ser.
El tiempo repentino es un libro de añoranzas y esperanza, que golpea esa parte que tenemos para sentir, que logra llevarnos en un viaje por una ciudad que desconocemos de tan propia que puede llegar a ser, y que le da un lugar especial, como debe de ser, a la historia que nos es común.
Héctor de Mauleón. El tiempo repentino, crónicas de la Ciudad de México en el siglo XX. Random House Mondadori y Ediciones Cal y Arena, México, 2008, pp. 252.
Texto aparecido en la revista Siempre¡
martes, 19 de mayo de 2009
Las tinieblas del corazón
Manuel Echevarría (Ciudad de México, 1940) es un elemento de quiebre en el mundo literario nacional. Sin presentaciones con publicidad para sus libros, con pocas, contadas entrevistas a los medios, su obra no llega a las masas pero bien ha labrado un grupo de lectores fieles que se incrementa como el público cuando escucha hablar de una buena obra y llena el teatro.
Esta vez presenta Las tinieblas del corazón, la cual, con un esmerado trabajo en las formas y los tiempos, arranca digamos, a la mitad, con la muerte con todos los tintes propios de un asesinato de Alejandro Valenti, uno de los empresarios más temidos, envidiados, pero también respetados y admirados del gremio mexicano, conocido también como la ballena blanca, es el inicio de una trama sagaz, inteligente, ágil y por demás intensa que sale de la pluma de uno de los mejores narradores mexicanos de los últimos años.
Victoria Valenti, su esposa y ahora viuda, es la principal testigo y por ende sospechosa directa de este crimen. Declaraciones ministeriales, descripciones pormenorizadas de los detalles que a otros parecen banales pero que en las obras de Echeverría cobran sentido siempre, se traducen como espacios disponibles para el buen gusto y el recuerdo clarificador de que esta ciudad tuvo y tiene momentos para el gozo.
En las páginas del también autor de La sombra del tiempo, uno de los personajes centrales es un abogado, profesión también de Echeverría, quien aprovecha sus conocimientos para pulir y darle un brillo especial tanto a los litigantes que portan trajes a la medida y de marca reconocida, como aquellos que tienen oficinas en el centro de la ciudad y que apenas completan para la renta.
Esa última descripción se adapta a Jaime Falcón y Saturnino Dávalos, quienes montaron un despacho, el segundo por pago a su mejor amigo quien al morir le encargó a su hijo, el primero por no tener más opciones, por cerrarse a lo poco que tenía con la gracia de quien sale a la calle y sabe que ese día debe ser peor que el anterior.
El punto donde se unen las historias de la millonaria acusada de asesinato y el despacho de bajo rango es el mismo que lleva a la juventud de Falcón y de Victoria, cuando fueron pareja, y ella lo dejó porque no se atrevía a más, y cayó seducida por el poder de Alejandro Valenti y ahora se dedicaba a su casa, a sus asuntos filantrópicos y a buscar aventuras amorosas con jóvenes que le dieran placer, como lo era René Conde, el brazo derecho de su marido.
Alejandro Valenti empezó a sospechar de su mujer por algunos gastos que se incrementaban en su cuenta, por ello pidió a René Conde su ayuda para contratar a un detective y que éste siguiera a Victoria para saber esa verdad que no quería ver pero quizá sí comprobar.
Conde contrató a Arturo Niebla, el detective que siguió con su equipo a la señora Valenti a todos los lugares a donde se dirigía, incluyendo aquellos hoteles de mala muerte a donde se quedaba de ver con Conde, quien para esos momentos había recibido de ella, además de las caricias de las mujeres maduras y hambrientas, una maleta con información sobre su jefe, que según su amante, de pasarle algo a ella, allí vendría toda la información, pero no podía abrirla sino hasta llegado el momento.
Todos estos son elementos de buena factura, de nudos bien logrados, de momentos altos de gozo para el lector, por eso este tipo de libros gusta tanto a ese público que busca no sólo entretenimiento sino también comprensión, lo primero por el placer de leer y lo segundo porque ubica un autor que sabe cómo contar la trama.
Otro bastión de este volumen es el entretejido estratégico del brazo derecho de Máximo Arenas, el otro empresario que busca por todos los medios alcanzar la gloria de un gran negocio con el gobierno federal y que pelea con Alejandro Valenti, pues sabe que quien logre ese proyecto ganará además de una buena suma de dinero, el prestigio y el respeto de todo el clan. Esta clase de empresarios son comprendidos sólo si se lee su biografía: “Máximo Arenas era el tercer vástago de un linaje de empresarios victoriosos y no era lo mismo cobrar en las ventanillas de la historia que llegar a la cúspide sin más aliados que el hambre y el instinto de grandeza”.
Allí es un momento interesante para disfrutar la preparación de una jugada de ajedrez, y de ver cómo las cantidades que parece estratosféricas cobran sentido al ser pagadas, y también cómo el alma humana tiene un precio, una cantidad que cuelga en la parte más visible de la conciencia. Acciones que puede llevar a cometer o a ser objeto de otro tipo de crimen.
Los problemas económicos de Jaime Falcón contagiaron también su vida personal, de hecho su ex mujer y su hija sufrieron un atentado por culpa de un cliente insatisfecho que está en prisión. Por eso cuando Saturnino Dávalos, sin decir que es él le hace llegar una cantidad de dinero patrocinado por la señora Valenti, desata dos demonios: el interno de Falcón para seguir apostando en lugares que parecen atrapados sólo en la literatura como el frontón de mujeres (o los noticieros en el cine). Y el otro es el del cambio de velocidad en la trama misma de esta obra.
Al leerse el testamento de Alejandro Valenti los asuntos de familia salen a la luz, las envidias porque a la esposa le ha quedado la mayor parte de la herencia, y eso las hermanas del difunto no lo aceptan, no lo aprueban y mucho menos lo dejarán así. Victoria es mal asesorada jurídicamente y entra a prisión, pero antes colocará a René Conde en la Dirección General, dejando correr los rumores. Y este mismo Conde será el que días previos al asesinato pagara al detective Niebla para que la investigación se fuera con otra información al señor Valenti, pues eso hubiera sido quitarle la batería a un marcapasos.
El desenlace se antoja previsible pero no es así, sorprende con una fuerza que satisface y comparte. A uno le da gusto terminar un libro así, pues siente que por momentos le ha sido prestada una nostalgia y un motivo. Esta es una obra de las que se guardan con cariño, y desea encontrarse con algún otro lector para intercambiar ideas y compartir el gusto.
Las tinieblas del corazón es una obra que debe leerse por su ritmo y personajes, por su manejo de tiempos y espacios, por sus escenarios y lenguajes, por su constante apego a la buena hechura y porque ya es tiempo (desde hace algunos libros) de que Manuel Echeverría vuelva a ser objeto de premios (si rechazó en 1974 el Premio Villaurrutia fue por las razones suficientes que se saben), pues con toda sinceridad coincido con mi maestro y compañero de páginas Ignacio Trejo Fuentes, al señalar que es uno de los mejores narradores de México y de lengua española. Verdad que duele por su apellido y por su carencia de grupo, total, no le hace falta.
Manuel Echeverría, Las tinieblas del corazón. Océano, México, 2008; 445pp.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ de esta semana
Esta vez presenta Las tinieblas del corazón, la cual, con un esmerado trabajo en las formas y los tiempos, arranca digamos, a la mitad, con la muerte con todos los tintes propios de un asesinato de Alejandro Valenti, uno de los empresarios más temidos, envidiados, pero también respetados y admirados del gremio mexicano, conocido también como la ballena blanca, es el inicio de una trama sagaz, inteligente, ágil y por demás intensa que sale de la pluma de uno de los mejores narradores mexicanos de los últimos años.
Victoria Valenti, su esposa y ahora viuda, es la principal testigo y por ende sospechosa directa de este crimen. Declaraciones ministeriales, descripciones pormenorizadas de los detalles que a otros parecen banales pero que en las obras de Echeverría cobran sentido siempre, se traducen como espacios disponibles para el buen gusto y el recuerdo clarificador de que esta ciudad tuvo y tiene momentos para el gozo.
En las páginas del también autor de La sombra del tiempo, uno de los personajes centrales es un abogado, profesión también de Echeverría, quien aprovecha sus conocimientos para pulir y darle un brillo especial tanto a los litigantes que portan trajes a la medida y de marca reconocida, como aquellos que tienen oficinas en el centro de la ciudad y que apenas completan para la renta.
Esa última descripción se adapta a Jaime Falcón y Saturnino Dávalos, quienes montaron un despacho, el segundo por pago a su mejor amigo quien al morir le encargó a su hijo, el primero por no tener más opciones, por cerrarse a lo poco que tenía con la gracia de quien sale a la calle y sabe que ese día debe ser peor que el anterior.
El punto donde se unen las historias de la millonaria acusada de asesinato y el despacho de bajo rango es el mismo que lleva a la juventud de Falcón y de Victoria, cuando fueron pareja, y ella lo dejó porque no se atrevía a más, y cayó seducida por el poder de Alejandro Valenti y ahora se dedicaba a su casa, a sus asuntos filantrópicos y a buscar aventuras amorosas con jóvenes que le dieran placer, como lo era René Conde, el brazo derecho de su marido.
Alejandro Valenti empezó a sospechar de su mujer por algunos gastos que se incrementaban en su cuenta, por ello pidió a René Conde su ayuda para contratar a un detective y que éste siguiera a Victoria para saber esa verdad que no quería ver pero quizá sí comprobar.
Conde contrató a Arturo Niebla, el detective que siguió con su equipo a la señora Valenti a todos los lugares a donde se dirigía, incluyendo aquellos hoteles de mala muerte a donde se quedaba de ver con Conde, quien para esos momentos había recibido de ella, además de las caricias de las mujeres maduras y hambrientas, una maleta con información sobre su jefe, que según su amante, de pasarle algo a ella, allí vendría toda la información, pero no podía abrirla sino hasta llegado el momento.
Todos estos son elementos de buena factura, de nudos bien logrados, de momentos altos de gozo para el lector, por eso este tipo de libros gusta tanto a ese público que busca no sólo entretenimiento sino también comprensión, lo primero por el placer de leer y lo segundo porque ubica un autor que sabe cómo contar la trama.
Otro bastión de este volumen es el entretejido estratégico del brazo derecho de Máximo Arenas, el otro empresario que busca por todos los medios alcanzar la gloria de un gran negocio con el gobierno federal y que pelea con Alejandro Valenti, pues sabe que quien logre ese proyecto ganará además de una buena suma de dinero, el prestigio y el respeto de todo el clan. Esta clase de empresarios son comprendidos sólo si se lee su biografía: “Máximo Arenas era el tercer vástago de un linaje de empresarios victoriosos y no era lo mismo cobrar en las ventanillas de la historia que llegar a la cúspide sin más aliados que el hambre y el instinto de grandeza”.
Allí es un momento interesante para disfrutar la preparación de una jugada de ajedrez, y de ver cómo las cantidades que parece estratosféricas cobran sentido al ser pagadas, y también cómo el alma humana tiene un precio, una cantidad que cuelga en la parte más visible de la conciencia. Acciones que puede llevar a cometer o a ser objeto de otro tipo de crimen.
Los problemas económicos de Jaime Falcón contagiaron también su vida personal, de hecho su ex mujer y su hija sufrieron un atentado por culpa de un cliente insatisfecho que está en prisión. Por eso cuando Saturnino Dávalos, sin decir que es él le hace llegar una cantidad de dinero patrocinado por la señora Valenti, desata dos demonios: el interno de Falcón para seguir apostando en lugares que parecen atrapados sólo en la literatura como el frontón de mujeres (o los noticieros en el cine). Y el otro es el del cambio de velocidad en la trama misma de esta obra.
Al leerse el testamento de Alejandro Valenti los asuntos de familia salen a la luz, las envidias porque a la esposa le ha quedado la mayor parte de la herencia, y eso las hermanas del difunto no lo aceptan, no lo aprueban y mucho menos lo dejarán así. Victoria es mal asesorada jurídicamente y entra a prisión, pero antes colocará a René Conde en la Dirección General, dejando correr los rumores. Y este mismo Conde será el que días previos al asesinato pagara al detective Niebla para que la investigación se fuera con otra información al señor Valenti, pues eso hubiera sido quitarle la batería a un marcapasos.
El desenlace se antoja previsible pero no es así, sorprende con una fuerza que satisface y comparte. A uno le da gusto terminar un libro así, pues siente que por momentos le ha sido prestada una nostalgia y un motivo. Esta es una obra de las que se guardan con cariño, y desea encontrarse con algún otro lector para intercambiar ideas y compartir el gusto.
Las tinieblas del corazón es una obra que debe leerse por su ritmo y personajes, por su manejo de tiempos y espacios, por sus escenarios y lenguajes, por su constante apego a la buena hechura y porque ya es tiempo (desde hace algunos libros) de que Manuel Echeverría vuelva a ser objeto de premios (si rechazó en 1974 el Premio Villaurrutia fue por las razones suficientes que se saben), pues con toda sinceridad coincido con mi maestro y compañero de páginas Ignacio Trejo Fuentes, al señalar que es uno de los mejores narradores de México y de lengua española. Verdad que duele por su apellido y por su carencia de grupo, total, no le hace falta.
Manuel Echeverría, Las tinieblas del corazón. Océano, México, 2008; 445pp.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ de esta semana
sábado, 24 de enero de 2009
La pala (cuento)
Dónde habrá quedado la pala que el viejo usaba cada vez que hacía limpieza en el jardín; y la soga, esa misma que del puro hecho de recordarla me duelen los brazos enteros de tanto nudo que por cierto tiempo fueron una extensión de mi cuerpo. Pero ya acabó todo eso, ahora el que ríe soy yo, a ver, quiero ver que de nuevo me ponga la mano encima, que se atreva siquiera a verme feo, no puede, ahora ya no puede.
Por fin la encontré, justo detrás del sable oxidado que ya no sé ni para qué lo guarda el viejo, ah, pobre, ahora ya ni cargarlo puede. Ni modo, todos sabíamos que iba a llegar este día, merecido lo tiene. Dónde será bueno, dónde podré cavar tan hondo para que ni se note y tampoco haga tanto ruido, creo que allá, sí, junto al roble seco es la mejor opción, además con este calor, la sombra del árbol me vendrá bien.
Ah que pala tan tramposa, no llevo ni medio metro de profundidad y ya empezó a hacer de las suyas, lo malo que es la única, con ella habré de acabar. Así como la vieja acabó con mi sonrisa luego de tanto amarrarme a la puerta de mi cuarto sólo porque me portaba mal, eso no se vale, eso no es querer a su retoño, como le gustaba llamarme, eso es salvajismo, pero le dije que me lo cobraría, se lo advertí, nunca me creyó pero ahora, a ver, quiero ver qué dice, mírala, tirada allí, con la boca abierta como si estuviera comiendo una de sus tantas galletas que ya me tenían hastiado, eran más importantes sus pinches galletas que alimentar a su hijo, que educarlo, que quererlo.
Vieja, lo siento, te lo buscaste, mira qué bien te ves junto a tu maridito, anda bésalo, dile algo, no puedes verdad, la lengua no te la encuentras, lo siento, pero eso fue en venganza de tantas palabras que me dijiste y que fueron a dar directo a mi orgullo y a mi corazón, el cual de paso te digo aunque ya no me escuches, lo hiciste pedazos, lo rompiste, en lugar de ayudarlo a crecer y a madurar, no, para nada, qué fácil fue para ti dejar al niño en el internado y regresar como la única, como la solitaria dueña de la casa, esperanzada a que el viejo llegara, te besara a la fuerza, te diera dinero y nada de amor, ese, al fin y al cabo, ya ni te importaba. Cuál amor podrías dar si ya no te quedaba nada en el alma.
Mira, palada tras palada y no veo que este maldito agujero se haga grande, algo he de hacer mal, claro, jamás podría competir en ese aspecto con el viejo, dejando que su pequeño se fuera a casa de sus supuesto amigos, y allí, sin siquiera pasar los quince años, fumara, bebiera, conociera el sexo con mujeres que nunca le cobraban porque el viejo ya había pagado la cuenta, aunque nunca conociera bien a bien al pobre niño, de sus juegos sexuales con sus amiguitos, de quitarse la ropa cuando se iba a bañar a casa de quienes sí tenía que pagarles a cambio de sus servicios; consentido el niño que sin siquiera abrir la regadera se regodeaba con esas cosas que al viejo le darían asco o envidia, nunca lo sabré.
Parece que con eso es suficiente para los tres cuerpos, ah, ahora sí viejo, vieja, ni modo, ustedes se lo buscaron, tendré que cobrar la factura de las peripecias de la vida, lo siento mucho, se los advertí, conste que nunca me creyeron, que decían este niño está loco, nunca se atreverá a hacer algo de su vida, tenían razón, la tienen. Querían un niño, lo tuvieron; querían un hombrecito, lo tienen enfrente; querían a alguien que hiciera algo que nunca se olvidaran de ello, están a punto de tenerlo. De la vida, de esta miseria que llamamos vida, lo único bueno que encontré además de esta pinche pala y la soga que en estos momentos se agarra de sus cuellos, fue el revólver que hoy pone fin a nuestra amorosa vida familiar. Ojalá quepamos los tres en este agujero que por lo que veo nadie encontrará al menos hasta que el sol vuelva a salir o que el pájaro que canta en la parte alta del estúpido roble vaya de chismoso.
Escribo más poesía que narrativa (o al menos lo intento), pero este cuento lo tengo desde hace años y quise darlo a conocer para saber su opinión, gracias.
Por fin la encontré, justo detrás del sable oxidado que ya no sé ni para qué lo guarda el viejo, ah, pobre, ahora ya ni cargarlo puede. Ni modo, todos sabíamos que iba a llegar este día, merecido lo tiene. Dónde será bueno, dónde podré cavar tan hondo para que ni se note y tampoco haga tanto ruido, creo que allá, sí, junto al roble seco es la mejor opción, además con este calor, la sombra del árbol me vendrá bien.
Ah que pala tan tramposa, no llevo ni medio metro de profundidad y ya empezó a hacer de las suyas, lo malo que es la única, con ella habré de acabar. Así como la vieja acabó con mi sonrisa luego de tanto amarrarme a la puerta de mi cuarto sólo porque me portaba mal, eso no se vale, eso no es querer a su retoño, como le gustaba llamarme, eso es salvajismo, pero le dije que me lo cobraría, se lo advertí, nunca me creyó pero ahora, a ver, quiero ver qué dice, mírala, tirada allí, con la boca abierta como si estuviera comiendo una de sus tantas galletas que ya me tenían hastiado, eran más importantes sus pinches galletas que alimentar a su hijo, que educarlo, que quererlo.
Vieja, lo siento, te lo buscaste, mira qué bien te ves junto a tu maridito, anda bésalo, dile algo, no puedes verdad, la lengua no te la encuentras, lo siento, pero eso fue en venganza de tantas palabras que me dijiste y que fueron a dar directo a mi orgullo y a mi corazón, el cual de paso te digo aunque ya no me escuches, lo hiciste pedazos, lo rompiste, en lugar de ayudarlo a crecer y a madurar, no, para nada, qué fácil fue para ti dejar al niño en el internado y regresar como la única, como la solitaria dueña de la casa, esperanzada a que el viejo llegara, te besara a la fuerza, te diera dinero y nada de amor, ese, al fin y al cabo, ya ni te importaba. Cuál amor podrías dar si ya no te quedaba nada en el alma.
Mira, palada tras palada y no veo que este maldito agujero se haga grande, algo he de hacer mal, claro, jamás podría competir en ese aspecto con el viejo, dejando que su pequeño se fuera a casa de sus supuesto amigos, y allí, sin siquiera pasar los quince años, fumara, bebiera, conociera el sexo con mujeres que nunca le cobraban porque el viejo ya había pagado la cuenta, aunque nunca conociera bien a bien al pobre niño, de sus juegos sexuales con sus amiguitos, de quitarse la ropa cuando se iba a bañar a casa de quienes sí tenía que pagarles a cambio de sus servicios; consentido el niño que sin siquiera abrir la regadera se regodeaba con esas cosas que al viejo le darían asco o envidia, nunca lo sabré.
Parece que con eso es suficiente para los tres cuerpos, ah, ahora sí viejo, vieja, ni modo, ustedes se lo buscaron, tendré que cobrar la factura de las peripecias de la vida, lo siento mucho, se los advertí, conste que nunca me creyeron, que decían este niño está loco, nunca se atreverá a hacer algo de su vida, tenían razón, la tienen. Querían un niño, lo tuvieron; querían un hombrecito, lo tienen enfrente; querían a alguien que hiciera algo que nunca se olvidaran de ello, están a punto de tenerlo. De la vida, de esta miseria que llamamos vida, lo único bueno que encontré además de esta pinche pala y la soga que en estos momentos se agarra de sus cuellos, fue el revólver que hoy pone fin a nuestra amorosa vida familiar. Ojalá quepamos los tres en este agujero que por lo que veo nadie encontrará al menos hasta que el sol vuelva a salir o que el pájaro que canta en la parte alta del estúpido roble vaya de chismoso.
Escribo más poesía que narrativa (o al menos lo intento), pero este cuento lo tengo desde hace años y quise darlo a conocer para saber su opinión, gracias.
domingo, 18 de enero de 2009
Teoría de la afrenta
En 1995 obtuvo el Premio Gilberto Owen de poesía con La conversación ortodoxa, luego apareció en la editorial Daga La sed de los cadáveres, posteriormente la editorial Verdehalago imprimió 600 ejemplares de su siguiente poemario Los días prolijos. En todos ellos, Armando González Torres (Ciudad de México, 1964) había participado en el convivio literario de una manera prudente, sin llamar demasiado la atención pese a la buena hechura de su poética.
Sin embargo, con la aparición de Teoría de la afrenta levanta la mano y se pone de pie para hacerse presente de una vez y para siempre en el ritmo, forma y fondo de la lírica mexicana. Dividido en cinco apartados, el volumen tiene la magia del asombro, de las palabras y términos justos, de la transgresión a manera de pulso.
Por tu pueblo es el suave inicio que va develando el pasillo o escenario donde se batirá el duelo entre la añoranza y lo que queda de uno. Retorno es un buen ejemplo: “Sólo un recuerdo así puede hacerme sentir bien. ¡Que vuelvan los antiguos agravios, residuos de un ansia imbatible! Difícil caminar por los viejos barrios. ¡Ah, qué riesgoso! Respeto por los gestos de furia por los oídos limpios…”, donde se puede apreciar ritmo y oído depurado que agazapa palpitaciones venideras.
El siguiente paso es Mártires, bichos, mamarrachos, digamos las luces del escenario, allí las cargas de lo que algunos rechazan es la carta de presentación, los vicios y las manifestaciones pestilentes entre las que resaltan las “Instantáneas del ebrio” y el “Autorretrato del misántropo” quien se describe en la negación misma: “No soy, pues, un hombre como los demás, me angustian la efusión y las muestras de afecto, me satisfacen el fracaso y el dolor ajeno, me placen especialmente esas desgracias súbitas que desaparecen en un instante la certeza de los mentecatos”.
Quedan preguntas, quién o quiénes son esos personajes, dónde se pueden hallar, cuánto pesa su sombra y en qué orificio guarda su destreza, en qué calle quedaron los residuos de su pasado. Interesante resulta cómo Gonzáles Torres crea un imaginario donde los partícipes cobran conciencia por la mala en una poética en su mayoría en prosa. ¿De qué está hecha la línea más débil de esta poética, porque se aprecia contundencia, mas también un buen porcentaje de perversidad?
Ya en obras previas como Los días prolijos dictó lo que serían parte de sus personajes y de su escenografía: “En turbio vecindario de la Ciudad de México/ fungí como perro, amé a la vez tantos dominios/ guerrero indomeñable fui, aviesos enemigos/ lazarónme y luego condenáronme a cuchillo./ Ni pestilente rastro queda de tanta enjundia”.
El juego con la primera persona toma su curso en la sección que le da nombre al libro, allí la “Teoría de la afrenta” hace que la relación emule un lío amoroso donde participen el autor, su objeto de afecto y el lector: “Yo mismo no sé qué te quise decir, ni si eras tú la destinataria de no sé cómo llamarle […] De hecho, no sé si quise injuriarte o elogiarte, darte una lección o intentar una alabanza porque, ya te lo dije, las palabras se escapan, adquieren su propia consistencia y destilan su propio veneno y nosotros sólo somos sombras sordas que se orientan con las señas de un léxico hechizado”, dejando entrever su respeto por al autor de Libertad bajo palabra (referencia es su libro de ensayos Las guerras culturales de Octavio Paz).
Esas mismas palabras que domina el autor también es uno de sus temas recurrentes desde su obra inicial La conversación ortodoxa, allí expuso: “Ellas, desesperadas por la ternura,/ como si estuviesen prisioneras,/ ávidas, gentiles, incluso delicadas,/ como climas en la cara,/ con jardines,// hacen señas”. En “Teoría de la afrenta” hallan de nueva cuenta espacio, quizás en esa sintonía resalta “Una noche de amor y tres versiones”, un texto que rompe con el resto del libro, formado por tres razones de lo que es un mismo perfil, de cómo puede llegar a ser que el olor viaje difuminado si no se está en el sitio adecuado. Un mismo hecho con vida propia de acuerdo al protagonista.
Teoría de la afrenta cala en las frases, duele por momentos debido en buena parte a la confianza que tiene en si mismo, por el valor que le imprime a la poesía, si bien, como dice su autor “no he tenido la fortuna, como otros, de encontrar alguna verdad en la escritura”, el contenido de esta obra recarga elementos que todos llevamos dentro y explotarán a su debido momento.
La prueba es el cierre no formal de este libro, donde ya el lector se dejó envolver por los muchos personajes que elucubran en su formación: “Son tantas las manifestaciones de ese extraño que habita nuestros cuerpos que ya se ha vuelto un lugar común confundir al místico con el borracho y a la iluminación con el asesinato”. El desconocimiento sobre la posición que prefiere jugarse en el tablero será una resultante, las armas están dadas a partir de los términos y sus disgregaciones, González Torres recurre por ello a la deliberada proclamación.
La última sección del volumen El declive del banquete es un diálogo entre Agatón y Sócrates sobre la función que cumple el ser humano en esta vida a partir de la conversación como las muchas que se dan en las cantinas y bares de esta y de otras ciudades. Filósofos de café disfrazados de alcohol que redescubren el origen de la vida y el futuro de las especies que coinciden en su andar.
El también autor del volumen de aforismo Eso que ilumina el mundo, y del de ensayos ¡Que se mueran los intelectuales!, encuentra en Teoría de la afrenta lo que de suyo le pertenece al habitar un espacio y un lugar como el de la Ciudad de México, escenario que se deja entrever en algunas líneas, sus sitios de esparcimiento nocturno son llevados a cuestas por esos personajes imaginarios cual reales que no descartan la inmortalidad (aunque sea breve) debajo de los reflectores o las farolas de luz en peligro de extinción.
Es también justo decir que el libro causa por momentos esa trágica escena de la atracción que nace del rechazo, su lenguaje puede afectar los puritanos gustos de cierto público, pero al finalizar las líneas de los poemas, uno puede percatarse que la noción de vida aún no termina, y que al contrario, buscará el fuego requerido para hacer ebullición en el espacio elegido sin dejar de lado el acto reflexivo que conlleva la salida y apertura de cada acción que inaugura el día, porque sin duda, todo esfuerzo por recordar resulta una aventura nueva.
Armando González Torres, Teoría de la afrenta. CONACULTA (Col. Práctica Mortal), México, 2008; 81pp.
Texto aparecido en la revista Siempre de esta semana.
Sin embargo, con la aparición de Teoría de la afrenta levanta la mano y se pone de pie para hacerse presente de una vez y para siempre en el ritmo, forma y fondo de la lírica mexicana. Dividido en cinco apartados, el volumen tiene la magia del asombro, de las palabras y términos justos, de la transgresión a manera de pulso.
Por tu pueblo es el suave inicio que va develando el pasillo o escenario donde se batirá el duelo entre la añoranza y lo que queda de uno. Retorno es un buen ejemplo: “Sólo un recuerdo así puede hacerme sentir bien. ¡Que vuelvan los antiguos agravios, residuos de un ansia imbatible! Difícil caminar por los viejos barrios. ¡Ah, qué riesgoso! Respeto por los gestos de furia por los oídos limpios…”, donde se puede apreciar ritmo y oído depurado que agazapa palpitaciones venideras.
El siguiente paso es Mártires, bichos, mamarrachos, digamos las luces del escenario, allí las cargas de lo que algunos rechazan es la carta de presentación, los vicios y las manifestaciones pestilentes entre las que resaltan las “Instantáneas del ebrio” y el “Autorretrato del misántropo” quien se describe en la negación misma: “No soy, pues, un hombre como los demás, me angustian la efusión y las muestras de afecto, me satisfacen el fracaso y el dolor ajeno, me placen especialmente esas desgracias súbitas que desaparecen en un instante la certeza de los mentecatos”.
Quedan preguntas, quién o quiénes son esos personajes, dónde se pueden hallar, cuánto pesa su sombra y en qué orificio guarda su destreza, en qué calle quedaron los residuos de su pasado. Interesante resulta cómo Gonzáles Torres crea un imaginario donde los partícipes cobran conciencia por la mala en una poética en su mayoría en prosa. ¿De qué está hecha la línea más débil de esta poética, porque se aprecia contundencia, mas también un buen porcentaje de perversidad?
Ya en obras previas como Los días prolijos dictó lo que serían parte de sus personajes y de su escenografía: “En turbio vecindario de la Ciudad de México/ fungí como perro, amé a la vez tantos dominios/ guerrero indomeñable fui, aviesos enemigos/ lazarónme y luego condenáronme a cuchillo./ Ni pestilente rastro queda de tanta enjundia”.
El juego con la primera persona toma su curso en la sección que le da nombre al libro, allí la “Teoría de la afrenta” hace que la relación emule un lío amoroso donde participen el autor, su objeto de afecto y el lector: “Yo mismo no sé qué te quise decir, ni si eras tú la destinataria de no sé cómo llamarle […] De hecho, no sé si quise injuriarte o elogiarte, darte una lección o intentar una alabanza porque, ya te lo dije, las palabras se escapan, adquieren su propia consistencia y destilan su propio veneno y nosotros sólo somos sombras sordas que se orientan con las señas de un léxico hechizado”, dejando entrever su respeto por al autor de Libertad bajo palabra (referencia es su libro de ensayos Las guerras culturales de Octavio Paz).
Esas mismas palabras que domina el autor también es uno de sus temas recurrentes desde su obra inicial La conversación ortodoxa, allí expuso: “Ellas, desesperadas por la ternura,/ como si estuviesen prisioneras,/ ávidas, gentiles, incluso delicadas,/ como climas en la cara,/ con jardines,// hacen señas”. En “Teoría de la afrenta” hallan de nueva cuenta espacio, quizás en esa sintonía resalta “Una noche de amor y tres versiones”, un texto que rompe con el resto del libro, formado por tres razones de lo que es un mismo perfil, de cómo puede llegar a ser que el olor viaje difuminado si no se está en el sitio adecuado. Un mismo hecho con vida propia de acuerdo al protagonista.
Teoría de la afrenta cala en las frases, duele por momentos debido en buena parte a la confianza que tiene en si mismo, por el valor que le imprime a la poesía, si bien, como dice su autor “no he tenido la fortuna, como otros, de encontrar alguna verdad en la escritura”, el contenido de esta obra recarga elementos que todos llevamos dentro y explotarán a su debido momento.
La prueba es el cierre no formal de este libro, donde ya el lector se dejó envolver por los muchos personajes que elucubran en su formación: “Son tantas las manifestaciones de ese extraño que habita nuestros cuerpos que ya se ha vuelto un lugar común confundir al místico con el borracho y a la iluminación con el asesinato”. El desconocimiento sobre la posición que prefiere jugarse en el tablero será una resultante, las armas están dadas a partir de los términos y sus disgregaciones, González Torres recurre por ello a la deliberada proclamación.
La última sección del volumen El declive del banquete es un diálogo entre Agatón y Sócrates sobre la función que cumple el ser humano en esta vida a partir de la conversación como las muchas que se dan en las cantinas y bares de esta y de otras ciudades. Filósofos de café disfrazados de alcohol que redescubren el origen de la vida y el futuro de las especies que coinciden en su andar.
El también autor del volumen de aforismo Eso que ilumina el mundo, y del de ensayos ¡Que se mueran los intelectuales!, encuentra en Teoría de la afrenta lo que de suyo le pertenece al habitar un espacio y un lugar como el de la Ciudad de México, escenario que se deja entrever en algunas líneas, sus sitios de esparcimiento nocturno son llevados a cuestas por esos personajes imaginarios cual reales que no descartan la inmortalidad (aunque sea breve) debajo de los reflectores o las farolas de luz en peligro de extinción.
Es también justo decir que el libro causa por momentos esa trágica escena de la atracción que nace del rechazo, su lenguaje puede afectar los puritanos gustos de cierto público, pero al finalizar las líneas de los poemas, uno puede percatarse que la noción de vida aún no termina, y que al contrario, buscará el fuego requerido para hacer ebullición en el espacio elegido sin dejar de lado el acto reflexivo que conlleva la salida y apertura de cada acción que inaugura el día, porque sin duda, todo esfuerzo por recordar resulta una aventura nueva.
Armando González Torres, Teoría de la afrenta. CONACULTA (Col. Práctica Mortal), México, 2008; 81pp.
Texto aparecido en la revista Siempre de esta semana.
viernes, 12 de diciembre de 2008
La invasión de los garbanzos

Paciencia, perseverancia, puntualidad, prontitud. Valores que hablan por sí mismos de la persona que los enarbola. En los oficios y las profesiones también es así: la paciencia y la perseverancia se premian, un proverbio que suelen repetir quienes tienen experiencia. En la arena literaria de México los jóvenes escritores, aquellos nacidos en la década de los setenta, producen efectos que conducen a una cantidad desproporcionada de textos pero poca literatura de valía. Una vez más, hay que repetir aquello de que la cantidad no puede suplir a la calidad.
Dos son acaso las actitudes más notorias: por un lado la soberbia y por el otro las ganas de trascender de manera rápida. Muchos escritores se sienten hechos y tocados por la mano de un ser superior, no oyen consejos de mentores, de hecho, a veces niegan a sus maestros, los desconocen o anuncian a los cuatro vientos que su hechura es cosa propia, lo cual tristemente se refleja en sus textos, sin guía, sin ideas, sin rigor.
Asombra ver la falta de autocrítica, pues todas las fuerzas se hallan enfocadas hacia otro rumbo: apurados y ansiosos, se afanan en coloquios, charlas, presentaciones, cenas, desayunos, comidas, reuniones y la vida social en general, muy lejos de la reflexión personal. Cuidan y pulen más las relaciones públicas que sus escritos, por lo común olfateando algún patrocinio, que se traduce en becas o comisiones en el gobierno local o federal.
Codician la luz de los reflectores, ver sus nombres en todas las revistas conocidas o no. Armando González Torres, autor de Teoría de la afrenta, hace un par de señalamientos en su texto “De inhibiciones”, (revista Crítica, junio-julio 2008): “La inhibición no es una actitud grata en un mercado cultural donde lo importante para el autor no es sólo la calidad de lo que escribe sino su productividad, aptitud capaz de traducirse en presencia constante en las listas de novedades, medios de comunicación y familiaridad con los lectores”.
Aquí surge el segundo punto, las ganas de trascender de manera inmediata pero con pocos argumentos. Hay casos donde con una sola obra publicada pero, eso sí, con una cantidad de inéditos sorprendente (aprovechando las nuevas tecnologías como blogger, hi5, facebook y wikipedia) pretenden reclamar la atención y el reconocimiento del gremio entero. En “Un montón de lápices chatos” (El Ángel, 22 de junio) Rafael Lemus afirma: “Basta asomarse a la mesa de novedades de cualquier librería para descubrir, entre bostezos, una nutrida pila de basura y excremento”. Tiene razón, falta de cuidado en obras, pobreza en el lenguaje, carencia de recursos estilísticos, incluso problemas con las tramas y los esquemas conceptuales son sólo algunas de las características que pueden destacarse.
Con un libro en el currículo cualquiera piensa que ya tiene lo necesario para cosechar honores. Existe un exceso de premios literarios en nuestro país, donde es posible participar en varios al mismo tiempo, con conocidos o amigos en el jurado que van a facilitar la lectura final. Con poca obra y menos trabajo, reclaman títulos nobiliarios, se dan el lujo de preparar antologías, selecciones de lo mejor, lo más representativo, obviamente lo hecho por ellos y sus cuates o lo poco que conocen, ya que todo lo demás es silencio, simplemente no existe. Uno de los casos más recientes es Grandes hits, vol. 1. Nueva generación de narradores mexicanos (Almadía, 2008), donde el compilador, Tryno Maldonado, eligió a quienes a su insondable parecer son representantes de un espacio temporal en las letras mexicanas.
El resultado está a la vista, más allá de quienes aparecen o no en la obra (algunos autores consolidados y de los que se esperaría mejores resultados), es inevitable distinguir al amigo, la ex novia, el actual jefe, entre otros, en un conjunto del que se habla más a su alrededor que por su contenido. Es un fenómeno que repercute de manera constante, autores quienes hablan más de ellos y su obra que su obra de sí mismos, lo cual es ya un tropiezo. Bien dice Geney Beltrán en “No narrarás” (Nexos, julio 2008): “En este escenario, numerosos escritores se decantan por la redacción de libros sin consistencia artística, novelas ligeras que se leen como quien toma un vaso de agua y nada pasa”. Carencia de contenidos que tiene explicación en muchas vertientes, pero es un fenómeno que se repite, por desgracia; también Lemus lo señala: “De pronto, ante la mayoría de los libros, meras mercancías, no es ya necesaria aquella lectura lenta y concentrada a que nos obligaban las obras modernas. Apenas si es necesaria, de hecho, la lectura: una rápida hojeada es muchas veces suficiente”.
Se trata de una constante en las nuevas generaciones de escritores mexicanos, el poco espacio para la autocrítica, con nulo análisis sobre los tiempos modernos, con una pérdida de piso al ser ganadores de un premio no importa cómo se llame. Si se sigue por este camino el único horizonte que es posible avizorar es una literatura, como bien apunta Alfonso Reyes en El Deslinde, únicamente en el sentido técnico de la palabra.
Texto aparecido en la Revista Replicante.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)