lunes, 3 de febrero de 2014

Motel Bates

El libro Motel Bates se inaugura con un “Apunte” de poco menos de cinco líneas que cierra así: “La incertidumbre es un disparo al aire”, de esa vertiginosa forma el lector entra a ese sitio que le vislumbra una vivencia diferente. Construida con ritmo y dividido en tres secciones sin balance aparente, esta colección de narraciones cortas hace partícipe al lector de diversos actos que tienen que ver con la sorpresa, con la muerte, con la conciencia. Es, a su vez, una especie de homenaje a las razones que motivaron al cineasta inglés Alfred Hitchcock a filmar Psicosis, tomando como base la novela de Robert Bloch (Psycho, su nombre original). Y es que la contundencia por momentos es la que gana terreno en la trama: “En Motel Bates se duda de la verdad, se relativiza, se imagina como una anciana en silla de ruedas que mata a quien duerme en sus camas. Aquí la muerte es una elección: los huéspedes saben que abandonar la vida es abandonarse en la vida, que un suicida es un héroe anónimo, que el asesino es un titiritero, que la justicia corresponde al capricho”. Las narraciones son breves, al mejor estilo de Julio Torri (no es coincidencia que obtuviera este ejemplar el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri, 2012), y pese a que guardan su independencia, tienen mejores frutos en su conjunto. Bien puede pasar como una novela corta en lugar de colección de breves cuentos, pero eso es un punto a favor, porque la trama lleva personajes que los seguidores de Psicosis bien pueden identificar, pero los no tan duchos del filme no quedan fuera de la literatura. Para ambos, conocedores y novatos, Motel Bates es ese lugar en el que Norman despachaba dando la llave adecuada a los diversos cuartos donde se incuban los pormenores de la desolación, por ejemplo los “Atentos avisos”, que como su nombre lo indica es una forma de comunicación del mismo inmueble con su clientela, y de los instintos con sus visitantes. Incluso se puede tomar una sección del libro, la de “Extraños en la noche” como una especie de intermedio en una proyección cinematográfica, es la parte con las narraciones de mayor aliento, aunque igual contundencia y arrojo. Y es a su vez el preámbulo del juego de habitaciones que conlleva un listado de diferentes partícipes. Cada uno de esos espacios, y cada una de esas personalidades tiene un papel que parecería no ser el protagonista, pero que sin su presencia quedaría incompleta la trama, cada cual con una misión, por ejemplo el imitador: “Un hombre que sabe vivir —dice—: es un hombre que sigue los pasos de quien pronto morirá”. Psicosis es pues el eje temático, el espíritu vagabundo que atraviesa las páginas de Motel Bates, pero es sin duda el atrevimiento de Yussel Dardón (Puebla, 1982) el que atrapa al lector. No es fácil ser concreto sobre todo en un contexto donde los pretextos comienzan a especializarse. Tampoco es sencillo utilizar un lenguaje que puede explotar en las manos del lector común, pero con la dosis exacta se logra el cometido. Hitchcock decía: “Darle placer, el mismo que consiguen cuando despiertan de una pesadilla”, y eso es lo que experimenta quien se adentra a las páginas de Motel Bates, porque el sonido del violín en la película Psicosis puede interpretarse también como el vaivén del juego literario que hace el autor en líneas como: “Morir con una soga al cuello, vivir para tejer cuerdas carentes de aspiraciones. Morir con una carta en la mano, vivir para enviar secretos a los desesperanzados. Morir mientras sueñas, vivir para coleccionar pesadillas…”. El eterno tictac que de nueva cuenta, como en esa expectación que se levanta gracias a la música, al juego de blancos y negros, a los elementos menos pensados, arrebata el grito, la mueca, el sentido, de eso se trata este ejemplar, porque Motel Bates con un ritmo vibrante es una colección de cuentos que sacude al llevar a la violencia como forma de trascendencia bien lograda. Yussel Dardón. Motel Bates. Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2013; 74 pp. Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 2 de febrero de 2014.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Campanario de luz

La sensacional y terrible noticia no pasó inadvertida en ese entonces. Una señorita se arrojó desde una de las torres de la Catedral en la Ciudad de México. Era 31 de mayo de 1899, su nombre pasaría a formar parte de la mitología citadina: Sofía Ahumada. El suicidio fue la hipótesis concluyente, pero su fallecimiento dio paso a la leyenda. Dos carteros y una vendedora de billetes presenciaron el hecho. Y contrario a la era moderna a donde casi cualquier muerte se relaciona con el narcotráfico, en aquél entonces todavía cupo la duda, el morbo, por saber si fue por amor. La escena quedó descrita por un grabado de José Guadalupe Posada, y diversos medios la colocaron en el altar de los mitos de nuestra capital y es que no cualquier señorita elegantemente vestida tomaba una decisión de esa magnitud. El episodio ha sido analizado desde diferentes órdenes y por supuesto que el literario no podía quedar fuera, de allí que Jesús Francisco Conde de Arriaga (1983) comparta en Campanario de luz un nuevo perfil de este suceso que sigue vigente. El pequeño volumen está dividido en cinco apartados, y puede leerse como un diálogo y un testimonio, con la riqueza de una prosa que de pronto tiene ritmo poético, tal vez heredado de la pluma de su padre el poeta (y también cronista y ensayista) José Francisco Conde. La interrogante abre el debate: “¿Qué causas impulsaron a la desventurada Sofía a matarse? ¿Estamos frente a un suicidio excepcional o ante un delito horrible?”. Pero también en el inicio de la disertación del autor con la historia, consigo mismo, con la fallecida, y con el lector. Esto cobra vida en la suma de diálogos que de pronto se ve sorpresivamente en medio de ciertos octosílabos, baste por muestra “Pareciera que en tu espalda se diluyen mis palabras. Capitulo: el reclamo no vertido deconstruye con descaro tu figura e improbables ojos negros”. La belleza como carta de presentación de la suicida, del personaje que es alma de la trama y pretexto de la disertación, el enamoramiento tardío, el halago a destiempo. Por momentos desvela demasiado el autor su amor por la suicida. Sus cánticos dan luz de ello: “Instintivamente, en cada línea de tu voz, aprendimos a nombrarnos, a crear juntos un código primario, a reconocernos en la sílaba original: sí”. Pero lo que soporta la trama es la fe de hallar una explicación, el tránsito hacia lo inexplicable. El tramo que conmueve, la lectura ágil que tiene cadencia, que no atiborra de adjetivos, que reflexiona sobre un acto y le da vueltas para saberse vivo o al menos no tan muerto pues sabe que una parte de él quedó en otro mundo luego de que Sofía Ahumada dejó la existencia física. Y es que todos los elementos de aquella lejana escena dan pie para muchas secuencias. Baste por muestra la carta que se encontró entre su ropa al suicidarse: “He nacido para sufrir. Mi último pensamiento va dirigido a Homero. No quiero que el hombre a quien he amado suponga que él es la causa. Me mato porque se me da la gana”. Narrativa, testimonio y algo de poesía que más de un artista desea tomar para interpretarlo con una versión diferente. Este libro es el resultado de esos felices casos donde el tema aborda al autor, pues Conde de Arriaga había tenido contacto desde que fue becario bajo el mando de Miguel Ángel Castro en la Universidad Nacional y en ese periodo cobró vida la obra “El de los claveles dobles. Ni amor al mundo ni piedad al cielo. El suicidio de Sofía Ahumada”, por eso ahora, de manera natural, adopta un tema que se le impregnó en el imaginario. Excelente pretexto es Campanario de luz para hablarnos de un pedazo de la historia de nuestra gran ciudad (del que en su momento también dejaron testimonio Amado Nervo y Rubén M. Campos), y a la vez ser el libro debut de Jesús Francisco Conde de Arriaga, quien si bien ya dejaba ver su trabajo en libros colectivos, así como suplementos y revistas, ahora salta en el paracaídas del nombre solitario para aterrizar de buena forma. Jesús Francisco Conde de Arriaga, Campanario de luz. Universidad Autónoma Metropolitana (colección “los gatos sabrán…”), México, 2013; Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 29 de diciembre de 2013.

sábado, 14 de diciembre de 2013

¿Cuánta globalización podemos aguantar?

El libro apareció hace casi diez años, en 2004 en la colección Ensayos, y ahora aparece en la colección Fábula de la misma casa Tusquets Editores, la intención, refrescar el debate actual con una relectura necesaria, la del filósofo alemán Rüdiger Safranski con su ensayo ¿Cuánta globalización podemos soportar? Y es que la cuestión no se iba a responder en una plática de café, es un paradigma que debe tratarse en diversos foros pero sobre todo en el día a día, con el cambiante y diverso acontecer del ciudadano moderno. Quizá sigan vigentes su diferenciación entre “globalización” y “globalismo”. Siendo esta última la posibilidad de seguir repensando y volviendo a plantear la pregunta original. Y es que de eso va la obra de pensar, en lo global y en el individuo porque “la carrera del hombre como ser racional comienza con el primer paso de la salida de sí mismo, con el acto de trascender”. Porque los límites son diversos, puede ser que mientras más conozcamos el entorno, el grado de confianza nos juegue la contra, como dice Safranski, puede representar la debilidad. Se da espacio para la crítica a la inmediatez, a la fugacidad del conocimiento mismo, a la característica humana de perder el tiempo intentando evitar perder el tiempo, señala: “El que se dirige demasiado deprisa a cualquier lugar no está en ningún lugar. Se cuenta de los primitivos habitantes de Australia que, si han tenido que viajar haciendo largas marchas a pie, antes de entrar en un lugar de destino se sientan algunas horas, para que el alma tenga tiempo de llegar”. El alma como figura simbólica de algo más: “La verdadera revolución es la del alma. El centro dinámico está en el interior”. Libro lleno de autores, de citas, de imágenes y símbolos, pero que resulta un viaje interesante a una reflexión urgente, continua, porque como señala, “en el diluvio de información estamos perdidos sin un sistema eficiente de filtros. Y sólo podemos proporcionárnoslo si sabemos qué queremos y qué necesitamos”. Y a veces no lo sabemos. ¿Cuánta globalización podemos soportar? de Rüdiger Safranski es una lectura (o relectura) necesaria, los vertiginosos párrafos del autor nos hacen ver que por mucha inmediatez que se tenga siempre un respiro se agradece y más cuando se aprovecha para saber si cabemos en este tren hacia el lugar que supuestamente vamos, o viramos de dirección o de plano, mejor nos bajamos. Y se agradece que de nueva cuenta la filosofía y la ética vuelvan a estar en el debate como partícipes centrales, ya que como señala nuestro autor: “El desarrollo de la tecnología ha hecho que las preguntas sobre moral y ética se vuelvan más urgentes que antes”. Rüdiger Safranski, ¿Cuánta globalización podemos soportar? Tusquets editores (Colección Fábula), México, 2013; 120 pp. Texto aparecido en al Revista Siempre¡ del domingo 15 de diciembre 2013.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Contar las noches

Narrador nato, eso es Vicente Alfonso (Coahuila, 1977), tanto en la novela (para muestra Partitura para mujer muerta), como en el cuento, para muestra el volumen Contar las noches. Vicente se mueve con naturalidad, pues sabe explotar a la perfección las cualidades del periodista que también lleva consigo: la observación y saber escuchar, de allí que las voces narrativas, los personajes que cobran vida en sus páginas sean naturales, sin falsas poses. En estas páginas nos lleva por el juego de la memoria y las imágenes, de la imaginación y el qué será, como en las dos primeras piezas “Perder en lotería” y “Señas particulares”, cortadas con la misma tijera pero cada una independiente, una llevada por el engaño en despoblado, incluso con la complacencia de las amigas, mientras el otro con la eterna figura del fantasma, del reflejo, la historia de una búsqueda que concluye con el nuevo empeño. Le sigue “Latitud 32” con un ritmo vertiginoso, narrado con la finura de la segunda persona, la dualidad se presenta al mismo que la realidad. El volumen exige atención debido a la contundencia, es como la pieza que lleva ese título precisamente, esa necesidad de la realidad alterna, de lo que se pierde por el delirio, de la libertad que se gana a costa de la distracción del otro. Por su parte “Ojos borrados” es la voz de provincia, de una zona donde se muere o se mata, donde las órdenes están por encima de la razón, de la lógica, del orden. “Alquimia sin luz” parece no compartir el ritmo de los demás, es más lento, con la misma vía, pero desprendiendo otros recovecos narrativos. “Un muerto en la emboscada” es una breve crónica de un engaño, disfrazada con una ráfaga de imágenes, el ritmo vibrante y su desenlace por demás afinado acelera el pulso y la lectura. “Epidemia” es la figura de la plaga en un escenario controlado, un barco, con el tic tac ensordecedor que hace eco en los personajes. “Para soñar tu insomnio” resulta la trama más sensual, Sara es la figura erótica, combinada con el alto clima del café recién tostado (o al gusto de quien va a tomarlo), un homenaje a la belleza y a la sensualidad. “Operativo” es una mezcla de ficción y realidad que a veces la prensa de México lo lleva en sus titulares de manera recurrente, otra vez la vena periodística de Vicente Alfonso, el lector no se sorprende con la trama pero sí con la hechura. “Volver al polvo” es un homenaje del autor a su raíz, pero no exclusivo de la gente de La Laguna (esa región que comparten Coahuila y Durango), sino que bien puede hallar asilo en otros rincones, y hacer de ella la mejor manera que tiene el ser humano para enfrentar el día. Va muy de la mano con “Enroque”, una mezcla de pasiones del autor: la música y el futbol sobre todo, con un destino que tiene bajo la manga los desenlaces inverosímiles. Cierra el volumen “Trago amargo”, una historia tras la historia, un convaleciente escucha en voz de su padre la desgracia propia, la cercana, la que lo descarna. En suma, Contar las noches es una colección de cuentos que refrenda el alto nivel de Vicente Alfonso, un volumen que además de obtener el Premio María Luisa Puga en 2009 encontrará sin duda un caudal de lectores ávidos de buenas narraciones, de personajes bien formados, de tramas sostenidas, de literatura de calidad. Vicente Alfonso, Contar las noches. Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2011; 92 pp. Texto publicado en la Revista Siempre¡ del 23 de febrero de 2013.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Instrucciones para una ola de calor

La historia parece sencilla: un padre que se ausenta, una esposa que pierde muy seguido la pista, un hijo varón que por momentos desearía no aparecer tanto y dos hijas tan diferentes que por eso mismo tienden a parecerse. Pero llevada a la literatura por Maggie O’Farrell (Irlanda, 1972) resulta una trama entretenida, con buenas formas, diálogos lógicos y personajes entrañables. La autora ya había llamado la atención con La extraña desaparición de Esme Lennox, pero es ahora con Instrucciones para una ola de calor donde se siente más plena, más suelta, con la confianza que le brinda saberse dueña de la historia y del pulso de la misma. El pretexto es la carencia de agua que se da en el Reino Unido en 1976, por lo que se genera la Ley de Emergencia contra la sequía, pero sin duda la esencia y el fantasma que atraviesa todas las páginas es Robert Riordan y su osadía de marcharse a un sitio desconocido (aparentemente) por su familia. La búsqueda no es nada agradable, y en ella, van de por medio las diferencias que de suyo los hacen familiares. La situación comienza a volverse trémula, porque de a poco la madre, Gretta, comienza a dar detalles que para los hijos eran desconocidos. Y es que ya de por sí cada uno cargaba su propia cruz, por un lado Aoife la más chica tenía problemas de vista y por ello era incapaz incluso de leer, Monica (que aparece sin acento) lucha por el amor, o mínimamente por el afecto de las hijas de su marido, quienes no la ven como su madre y mucho menos la tratan como tal. Mientras que Michael Francis está decidido a salvar su vida matrimonial aunque en ello se le vaya la vida. El matrimonio de los padres se veía frágil, pero no para que Robert abandonara a Gretta, y no falta quien vea las similitudes con el compromiso de Michael Francis y Gina Mayhew, pues para algunos lo que le sucede al hijo de Riordan tiene su razón: “Le parece de lo más apropiado que haya pasado eso. Le parece algo totalmente acorde con su actual situación en la vida: un hombre con una mujer que parece odiarlo, un hombre cuya familia está fragmentada, en crisis, un hombre acosado por el calor, por la sequía, por las restricciones de agua, un hombre cuyo padre ha desaparecido sabrá Dios dónde”. Incluso el ritmo al inicio tiende a parecer desesperante, pues la ausencia de un ser querido no se debería tomar tan a la ligera como en ocasiones parece en las escenas donde se les informa a los hijos. Ya juntos, reunidos para tratar de descubrir a dónde fue papá, se saben hechos de la misma sangre pero no por ello iguales, por ejemplo, la hija mayor, Monica, quien recuerda que cuando entra a la casa siente cómo “La risa y la charla se interrumpen, devoradas por el silencio, tal como ella sabía que pasaría. Es la desventaja, reflexiona, de ser la favorita. Te consideran una de ellos, una espía de los padres. Cuando están juntos te toleran, pero jamás te incluyen”. Y el recuerdo de los años de niñez y juventud no se deja esperar, todo tiene el péndulo de los años, por ejemplo Aoife quien “no sabe por qué las tardes con su familia la hacen sentir así: insoportablemente inquieta, encerrada, atrapada, ansiosa por escapar a toda costa”. Pero la constante es la misma, que debe suceder lo que el destino marque, o como dice la narradora: “Lo que haya que ser, será, y por lo general sin obedecer a razón alguna”. Instrucciones para una ola de calor es una novela hecha con el deseo de contar una historia donde varios personajes soportan la trama, donde la carencia de agua es la carencia del padre, donde como dice el dicho, el que busca encuentra, y en ocasiones más, mucho más de lo que se pensaba en un inicio, y eso no siempre es bueno, sobre todo para los que tienen en su imaginario una trama común y pensaban que si no era perfecta al menos sí más cercana. Maggie O’Farrell, Instrucciones para una ola de calor. Traducción de Sonia Tapia. Salamandra, España, 2013; 313 pp. Reseña aparecida en la Revista Siempre¡ del domingo 24 de noviembre de 2013.

martes, 12 de noviembre de 2013

Geografías

En 1984 se publicó la primera edición de Geografías, de Mario Benedetti (1920-2009), escritor nacido y fallecido en Uruguay, pero sin duda de calidad y penetración universal. En esas páginas dejaba ver sus primeros reflejos de una etapa marcada por el exilio, el recuerdo, la memoria y el sentimiento. Cuida no llegar a la exageración, evita la lágrima fácil. Es más un acto de reflexión, de defensa a favor del reconocimiento de uno y los suyos en un momento, de la casa familiar que queda lejos, y de la casa que habita que no siente del todo suya. Un libro compuesto por la fórmula no siempre feliz del poema y la narración. El escritor que de nuevo se presenta a sus lectores (viejos y recientes) a partir de una nueva edición, donde inicia con un epígrafe que cita versos de Rafael Alberti y Jaime Sabines. Se puede leer como novela y también como narraciones individuales, pues es un ejercicio conjunto de poema más narración. Abre “Erosiones”, y desde el primer latido se puede sentir el exilio, tanto en el verso, que cree en los rumores, como en la narración, que inventa juegos, como el de geografías, que no es otra cosa que preguntar acerca de un referente de la tierra que se dejó, un sitio representativo, una tienda, una heladería, un edificio, algo que haga sentir a quien lo juega un poco más cerca, quizás un poco menos lejos. Luego del Golpe de Estado en Uruguay en 1973, el escritor partió al exilio teniendo en Buenos Aires la primera escala. Le seguirían Perú, Cuba y España, en total diez años en las afueras de su tierra natal. En 1983 vuelve a Uruguay, las memorias del exilio en forma de literatura cobraron vida en Geografías presentado en 1984. Esta reedición siente de igual forma cómo la latitud personal se ha modificado: “Todos los paisajes cambiaron, en todas partes hay andamios, en todas partes hay escombros. Eso es lo que dice. Mi geografía”. Se siente un canto de universalismo en los versos, como en “Patria es humanidad”, pero de igual forma se hace íntimo el diálogo, baste por muestra “Como Greenwich” (en “Meridianos”) donde la jovencita confiesa al hombre maduro sus intenciones de suicidarse y lo hace porque “es demasiada noticia para llevarla a solas”. Cada apartado es un viaje nuevo, a veces de ida, en ocasiones de regreso y es que “un pasado así era demasiado para una sola memoria”, por ello el continuo escape, la repetición de lo inverosímil (“la impunidad del eco” bien dice el autor), o de plano la fortuna sonriendo, “sólo entonces comprendió que, de puro distraído, se encontraba de nuevo en su patria”. Sobresale en el apartado “Nadir” la “Fabula con Papa”, donde hace que la figura de Juan Pablo II se vuelva terrenal, todo con ayuda de la imaginación y con el fin de lograr el bien común. Pero sin duda el peso de las confesiones inclina la balanza, como en “Escrito en Überlingen” donde se siente el ambiente familiar, la certeza y la dureza, eso que a veces no se nombra por respeto o se grita por despecho. Los múltiples viajes, las diferentes casas, los sueños en continuo traslado, de eso va Geografías, que tiene un ritmo diferente en cada apartado, que convoca al lector a que viaje y acompañe en esos días de exilio que parecen no tan lejanos. Como dice en “Quiero creer que estoy volviendo”: “hay tanto siempre que llega nunca/ tanta osadía tanta paz dispersa/ tanta luz que era sombra y viceversa/ y tanta vida trunca”. Y al final sabe que es eso, que ese sabor que da la nostalgia no debe pasarse en un solo trago, se absorbe para el disfrute, como la costra que se quita esperando que vuelva a nacer: “Sin embargo, la patria se le fue armando como un rompecabezas, hallando aquí un rostro que se correspondía con una esquina, allá una cometa que buscaba su nube. La patria se le fue componiendo sin bandera, sin himno, sin escudo”. Buena idea editar de nuevo Geografías, para que los lectores de Mario Benedetti ubiquen una etapa más personal de quien conocen y admiran sobre todo por sus poemas, ya que algunas de sus piezas se inspiraron en un suelo lejano, propio cual ajeno, pero distante de su raíz. Mario Benedetti, Geografías. Alfaguara, México, 2013; 201 pp. Reseña aparecida en la Revista Siempre¡ del domingo 10 de noviembre de 2013.

martes, 22 de octubre de 2013

El matrimonio de los peces rojos

Es de las narradoras mexicanas que más ha llamado la atención en fechas recientes, y con justa razón. Guadalupe Nettel (1973) es dueña de un estilo propio que se logra a base de trabajo, signos de identidad que se agradecen, y que mantiene la fórmula que hace pensar al lector en sí mismo y en su posición en este mundo. Ahora nos presenta El matrimonio de los peces rojos, volumen acreedor al Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, formado por cinco piezas con independencia en la fuerza y con fortaleza en su conjunto. Abre el que le da título a la obra y nos muestra las vivencias de un matrimonio joven que por regalo de una amistad de pronto son dueños de un pez rojo que, piensan, requiere compañía. La pregunta salta: “¿Podría hablarse del destino en el mundo de los peces?”, y es que los problemas de la pareja de peces y la del matrimonio joven parecen reflejarse: falta de espacio, molestias que incrementan con ganas de deshacerse del otro. La trama es un toma y daca que presagia lo peor. Le sigue “Guerra en los basureros”, donde un adolescente es enviado a casa de sus tíos por problemas económicos de sus padres, desde esa tribuna tratará de descifrar el mundo ajeno de sus primos, de sus compañeros en la escuela, y sobre todo de la chica del aseo, quien vive junto con su madre en la planta alta de la casa familiar, sitio donde también le hallaron asilo al sobrino arrimado. La trama lleva a la cucaracha en espíritu y forma de lucha, la fumigación de la plaga es la aventura y la decisión. La cucaracha, para algunos es el simbolismo de la nada, es a final de cuentas una especie de protección hacia todo lo desconocido (“¿O fue acaso la sensación de familiaridad la que me produjo el rechazo?”). Es una repetición constante, pues por alguna razón para el protagonista de este cuento las cucarachas “casi siempre terminan convirtiéndose en una obsesión”. El tercero es “Felina”, una especie de confesión de una universitaria, para usar el lugar común, con todo el futuro por delante, pero que por una aventura de una sola noche con Ander, su compañero de piso durante apenas un mes, tiene que hacer una pausa para replantearse lo que quiere. Lo impactante son las similitudes que conlleva su embarazo con el de Greta, su inseparable gata quien junto con Milton, pareja de la minina, le dan el toque de familia a un departamento testigo de los altibajos emocionales de ambas. El embarazo es un pretexto para atestiguar la manera en que se copian patrones y vemos la realidad en otros ojos. Como signan las líneas de la trama: “Los vínculos entre los animales y los seres humanos pueden ser tan complejos como aquellos que nos unen a la gente. Hay personas que mantienen con sus mascotas lazos de cordialidad resistida”. Por eso tampoco sorprende el papel de la asesora universitaria, Marisa, en veces mamá, en otras amiga, el perfecto balance con la vida real. Quizá la trama más predecible, pero no por eso de menor calidad. Prosigue “Hongos”, un cuento que en el nombre mismo genera morbo, va de un matrimonio maduro sin hijos donde por coincidencias de la vida, ella tiene que salir de viaje de trabajo y en ese lapso conoce y se enamora de un destacado músico. La infidelidad se presenta, sobre todo bajo el razonamiento de que “Cuando una relación tiene una fecha de caducidad tan clara como la nuestra, ni siquiera perdemos el tiempo en juzgar al otro”. Es allí precisamente cuando toma un nuevo ritmo la trama, en las ganas de ella de olvidarlo, y en los tantos pretextos para saludarse, enviarse mensajes, mails, usar los más viejos trucos de seducción. Ella pone en riesgo su propio matrimonio, y posteriormente también su propia forma de ver el mundo, mientras que el músico sigue con su vida de casado, problemas cotidianos y esa especie de hongo que le ha crecido en diversas partes del cuerpo porque sabe que “Erradicar un hongo puede ser tan complicado como acabar con una relación indeseada”. La pieza que cierra el libro es “La serpiente de Beijín”, donde de nuevo es a partir de una búsqueda por las raíces familiares, que incluyen un viaje al lejano oriente, donde un padre y al parecer abnegado esposo encuentra la infidelidad. Pero rompe la dinámica cuando en la casa familiar levanta más sospechas que construya una pagoda en la parte de arriba y que adopte actividades que incluyen rituales orientales y una serpiente rara. Las sospechas de la madre y las pesquisas del hijo dan por resultado un final inesperado, el conjuro para deshacerse del recuerdo y la complicidad para que esto suceda. Llevando al reptil como símbolo de fortaleza, un ritual encadenando trampas al sentido. Todos los cuentos nos hacen recordar por momentos a la Nettel de El cuerpo en que nací, donde un desgarre, una cicatriz con su sangre emanando es también el confín de satisfacciones quizás únicas del personaje. Sin duda, El matrimonio de los peces rojos es un libro que se recomienda lectura y relectura, y es que la literatura de Guadalupe Nettel se vuelve peligrosamente adictiva. Guadalupe Nettel, El matrimonio de los peces rojos. Páginas de espuma, México, 2013; 120 pp. Texto publicado en la Revista Siempre¡ del domingo 20 de octubre de 2013.