sábado, 4 de mayo de 2013
La marrana negra de la literatura rosa
El título del libro llama la atención de inmediato. Si esa era su misión la cumple a cabalidad: La marrana negra de la literatura rosa del escritor coahuilense Carlos Velázquez (1978), quien en su biografía cuenta con dos obra previas: Cuco Sánchez blues (2004) y La Biblia vaquera (2009).
Cinco narraciones que rompen los esquemas, que llaman la atención, que atrapan, que absorben. ¿Cómo es que la literatura de Carlos Velázquez logra esto?, porque su más reciente entrega, aventuro una posible respuesta, contiene elementos de rompimiento y de entendimiento con la cruenta realidad.
El cúmulo de imágenes que logra en cada página son ideas que tienen color, sensibilidad, acidez, así como una dosis precisa de humor. Contiene algo de diferente al resto y quizá allí radique su mayor voltaje. Abre el libro “No pierda a su pareja por culpa de la grasa”, y tal vez por ser el inicial, el que inaugura la pista, no logra un impacto total en el lector, pero cumple su labor a cabalidad, es el acceso a un mundo alterno.
La segunda pieza: “La jota de Bergerac”. La jota en el sentido más puro de lo que eran antes, ahora transmutadas en Drag Queen, trasvestis o similares. Entre recuerdos y sonidos de Marga López en el Salón México, Alexia liga de manera fulminante a Wilmar, la más reciente contratación del equipo local del béisbol, quien la toma como un amuleto, cuando ella va al estadio él se luce, cuando lo que hay es su ausencia, el rendimiento del deportista baja. Ante ello no le queda más remedio al atleta y a la directiva del club que darle un lugar especial a Alexia tanto cuando su equipo juega de local como cuando es de visitante. Tarde que temprano, en un ritmo trepidante Alexia sabrá la verdad: “A una mujer le puedes prometer, le puedes fallar, la decepcionas y siempre estará ahí. Su naturaleza es perdonar. A una vestida tienes que cumplirle. No se trata de amor, es un pacto. Entre hombres”.
Así llegamos a “El alien agropecuario”, un cuento que enternece por su dureza. Alucinamos al personaje que no es el protagonista mas sí es el alma de la misma historia que lleva a un grupo de rockeros juveniles que buscaba tener un símbolo de identidad o más bien de identificación, y lo hallaron en un niño con problemas mentales que le alcanzaba para ejecutar un instrumento musical.
El ritmo radical de la melodía que entona el autor halla un motivo perfecto en “El club de las vestidas embarazadas”, alucinante viaje de nubosidad por la más dura de las cotidianidades, de la doble cara que necesita espacios para movilizarse y dar a luz a esos deseos humanos que no se imaginan normalmente. Y es que eso es lo que tiene buena parte de la literatura de Carlos Velázquez, lo raro de la realidad, lo crudo de la carne.
Cierra la narración que le da título al libro, una bizarra escenografía que tiene en ese animal a su perfecta administradora de emociones, ella sabe lo que quiere y lo que necesita, descubre el amor como animal, satisface sus necesidades como animal, recuerda, olvida y utiliza a los demás como animal. Y así hace recordar de nueva cuenta al humano promedio.
Termina uno de leer esta obra y no sabe cómo reaccionar, y no es porque dependa del estado de ánimo, ni de la siguiente página, tal vez ni siquiera de la coyuntura. Uno buscará inevitablemente en la acera de enfrente más elementos para su entendimiento, quedará aturdido pero muy satisfecho, y tal vez también alerta pues los freacks están cerca, demasiado cerca por momentos.
El espíritu de la violencia es el eje de las tramas. Violencia personal, física, mental. El ánimo por hacer daño, por transgredir la autoestima, ya sea por el peso de la realidad o por el pretexto de algún recuerdo, como sea, estamos frente a un libro que arriesga y gana, y eso siempre se valora.
Carlos Velázquez, La marrana negra de la literatura rosa. Sexto Piso, México, 2010; 134 pp
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 5 de mayo de 2013.
lunes, 29 de abril de 2013
Nada
Perteneciente a lo que se conoce como literatura juvenil, aunque eso de las nomenclaturas se encuentra en constante debate pues los temas de los jóvenes se mueven día a día, llega la novela Nada, de Janne Teller (Dinamarca, 1964), escritora que ha ganado fama por esa extraña combinación de quienes admiran y publicitan su obra, y quienes la prohíben y le dan a su vez más fama de la que debería.
Si bien la trama es por momentos lenta, toma ritmo y fuerza en la última parte. Va de un personaje central que está en contra de todo, el típico malasuerte de la escuela, máxime en un tema tan de moda, que no por ello deja de ser peligroso o alarmante como el bullying en países como México, esta novela retrata una parte de las problemáticas de los jóvenes en la etapa escolar, como lo es la falta de sentido en sus vidas, la nula esperanza de futuro.
Ese que carga con la mayor responsabilidad de la trama se llama Pierre Anthon, quien desde la cima de un árbol manifiesta su disgusto con todo, la clave y es lo que comunica, es que “Nada importa, hace mucho que lo sé, así que no merece la pena hacer nada, eso acabo de describirlo”. La decepción total, el hartazgo ante la realidad, la combinación con factores como el familiar, y la coincidencia con la ausencia de anhelos.
A partir de allí son algunos de sus compañeros quienes le harán ver que sí tiene sentido estar en este lado de la realidad, cada uno de ellos le hará una especie de ofrenda, donde colocan en juego algo simbólico para ellos, algo que significa mucho en sus vidas, y es precisamente la suma de eso lo que la autora llama “Significado”, lo que le da unión y pertenencia al grupo de jóvenes y a su vez, se vuelve la bandera para el traslado del mensaje.
Lo de “Significado” es simplemente la suma material de los objetos que cada joven había llevado para decirle a Anthon que la vida valía la pena, y esos objetos juntos conformaban una masa amorfa que poco a poco fue cobrando fama y fortuna, a tal grado que fue catalogada como una obra de arte y llegó a venderse a buen precio.
Allí es el giro final y quizá de mayor valor de la trama, allí entra en un nuevo ritmo, en el acto de venganza de Anthon, y en su desenlace fatal. Porque ante la algarabía de sus amigos (“Varios de nosotros estábamos contentos porque el montón de significado estaba a punto de ser completado”), él seguía ensimismado; mientras que ellos ya tenían claro el camino, y su autora de paso la moraleja en perfecta armonía (“¡Si renunciamos al significado, no nos queda nada!”), se da un paso seguro y de buen tránsito al pensamiento del lector atento (“El montón de significado empezaba a ser del dominio público”).
El costo de la burla de Pierre Anthon ante el éxito del “Significado” fue su tumba, los demás no iban a dejar contaminarse, él fue declarado culpable por el mismo grupo, y en consecuencia tendrían ahora un mejor futuro.
Si bien el espacio natural de esta novela está en el público adolescente, es de esos libros que por el cercano tema a la superación personal, deja un mensaje, una moraleja que funciona, sirve y transmite.
El camino para ello es interesante, comienza en: “Y también descubrirás que la fama y el gran mundo están fuera de ti y que tu interior está vacío, y así será hagas lo que hagas”, y culmina en una innecesaria nota de la autora al final de la historia (¿para qué explicar en las mismas páginas el por qué escribes la obra?) donde deja en claro su inspiración: “La gente joven todavía está abierta a las grandes preguntas”.
Nada es una buena opción para aquellos que siguen en ese entramado de la literatura juvenil, sin embargo no se culpe si el joven lector lo abandona al inicio, se comprende por la lentitud en la trama, pero si supera la mitad puede apostarse que lo terminará, el final en este caso vale la pena.
Janne Teller, Nada. Seix Barral, México, 2011 (Segunda reimpresión 2013); 158 pp
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del 3 de abril 2013
domingo, 7 de abril de 2013
Muerte caracol
Una novela que contiene otra novela, una vida que se vive a través de otras plasmadas en otras páginas, y con una combinación donde ambas se complementan para atrapar al lector es lo que Ana Ivonne Reyes Chiquete nos entrega en Muerte caracol, volumen que obtuvo el Premio “Una Vuelta de Tuerca” en 2009.
El orden de los capítulos parece no ser lineal, las dos tramas en su independencia se necesitan, pues el personaje-lector, Carlos Sobera, le da vida a la otra trama. En una, digamos la del libro Muerte caracol, se nos presenta un día normal en la vida de Sobera, solitario, distraído, sin grandes sueños, dependiente en una institución de salud gubernamental. Con un futuro insípido y un presente todavía más gris, se mete de lleno a la lectura de El asesino del caracol, la otra historia de la novela.
En esas otras páginas, la que sabemos gracias a la lectura de Sobera, se presentan la muerte en forma de asesinato, así como los protagonistas que se dan cita alrededor de un mismo hecho. Incluso, la mayor parte del ejemplar de Reyes Chiquete se soporta en esta segunda trama.
El anuncio en el periódico es lo que dispara la acción, ella se anuncia como modelo, miente en la experiencia, miente en la posesión de un portafolios, él miente al afirmar que es un fotógrafo, lo que en realidad resulta ser es un asesino. Se citan, van a la casa de ella (que comparte con otra compañera), y apenas cerrada la puerta él comete el asesinato.
La parte más prometedora de la lectura es la manera en que cada personaje de El asesino del caracol cuenta ese momento. Ambientada en el lenguaje del español ibérico, empieza la supuesta modelo, luego la compañera de piso, el agente que llega a la escena del crimen, la reportera que cubre la nota roja, el agente de homicidios. La misma toma vista desde otro ángulo.
Las interrupciones que hace Carlos Sobera de su lectura es la misma que hace cualquier lector al tomar un libro, sus pensamientos son similares, como las distracciones que se presentan a diario. Esos descansos para pasar al otro capítulo, son una pequeña distracción para no darse cuenta que sólo tiene la lectura para marcar una diferencia con el día anterior, y el anterior y quizás el anterior también.
El saltar de páginas del protagonista es natural en su lectura y es también natural en la nuestra, al terminar la obra se siente con capacidad de escribir, con preparación de escritor y lo hace, empieza a deletrear sus “Crímenes necesarios” (nombre con el que nuestra escritora registró la obra en el concurso citado) que en una imaginación próxima verán la luz porque es una escritura (la de Reyes) que transmite: “Pero el olor a muerto trae de regreso todo lo que uno quiere olvidar”.
La escena en El asesino del caracol lo permite, allí digamos se ubica el más radical perfil del asesino de quien escribe, allí tras la sombra de dos alter egos puede lucir eso que no sabe de manera directa: “El hedor del que os hablo es nuestra esencia, no porque nos recuerde que sólo estamos de paso en este mundo, sino porque nos habla de lo que ya somos y habíamos logrado olvidar”.
Y esto se presenta de esa forma porque en el fondo Ana Ivonne Reyes Chiquete nos habla de la muerte cercana y de la que se traduce o trasporta a través de los otros. Con dos filtros de por medio la sangre tiene otro tinte, ella misma lo deja en claro: “Las masas están conteniendo a la bestia dentro de cada uno de nosotros”.
Plasmó un asesino y un débil lector al mismo tiempo, quizá sean uno mismo al paso del tiempo, pero por lo pronto son los elementos de una novela envolvente, que atrapa de inicio a fin, que se lee en un solo movimiento y se piensa que fue en varios, pues la novela es la de las pausas, la lectura no, pero también en esa confusión nos dejamos caer, a final de cuentas el último lector es quien tiene la palabra al cerrar el libro.
Ana Ivonne Reyes Chiquete, Muerte caracol. Instituto Queretano de la Cultura y las Artes / conaculta (colección Guardagujas), México, 107 pp.
Texto publicado en la Revista Siempre¡ del domingo 7 de abril de 2013.
domingo, 31 de marzo de 2013
Escritor en busca de autor
Hay casos en el mundo de las letras en los cuales quienes escriben son verdaderos personajes en busca de autor, con todas las características propias de personajes con una historia digna de ser contada, uno de ellos es sin duda Sigismund Krzyzanowsi (Kiev 1887 – Moscú 1950), y quien gracias a una edición de Siruela elaborada por Jesús García Gabaldón, empieza a hacerle justicia una larga historia literaria.
Por circunstancias diversas Krzyzanowsi nunca pudo ver en vida una obra suya como tal, digamos con su nombre. Ya tenía en su haber diversos originales, pero era rechazada su obra, o a punto de salir a la luz la editorial se declaraba en quiebra, o el editor se desaparecía, el caso es que la mala suerte se atravesaba en diversas circunstancias, pero su empeño era tal que tomaba esos golpes del destino como un reto para seguir produciendo.
También fue guionista de cine, pero en los créditos de los filmes su nombre tampoco apareció. Entró al mundo del teatro, fue abogado, filósofo, poeta, ensayista de teoría del arte, pero sobre todo narrador, cuentista puro. Era experto de la obra de Shakerspeare, de ese tema sí llegó a publicar doce ensayos en diversas revistas de la época.
Cada libro, cada obra, dice el dicho, llega al lector cuando tiene que llegar. Gracias al cuidado que hizo su esposa Anna Bovshev (1887-1971) de esos manuscritos, y a uno de los golpes que da la fortuna, a partir de las notas de su muerte sucedida en 1950, un joven estudiante de filología de nombre Vadim Perel’muter hizo que el destino lo alcanzara.
Fue este personaje quien empeñoso rescató la obra para que saliera a la luz de quien declaró que toda su vida había sido un escritor “inexistente que ha trabajado de manera honesta sobre la existencia”. Jesús García Gabaldón señala que las obras de Krzyzanowsi “no reproducen una imagen de la realidad, sino que la crean, y es precisamente en esa creación dialéctica de paradójicas imágenes ‘mentales’ de la sociedad de su tiempo donde reside la gran maestría artística del autor de Cuadraturín pues tiene el valor único de revelar la esencia, el espíritu de la época”.
Tal es el caso de La nieve roja y otros relatos, colección de siete extraordinarios cuentos que sorprenden gratamente, refrescan al escuchar una voz que se recrea, que divierte y crea, que se recarga en el más puro estilo de contar historias y que sabe que el lector merece algo nuevo en cada párrafo, esa sorpresa que ata, que mantiene el vértigo y la imaginación pegada a la realidad.
Abre con “Los dedos fugitivos”, donde precisamente esos elementos de las extremidades de un afamado pianista cobran vida no ya sobre el marfil de las teclas de un pulido piano de cola, sino en las peripecias que tienen que surcar para sobrevivir en la calle con todos los elementos que la naturaleza les presenta. Historia de retos, de lo absurdo que llega a ser algo cotidiano en una perspectiva distinta. Desde las primeras palabras y los primeros acordes, el lector siente y presiente que el ritmo cambiará, y así se llega a “Autobiografía de un cadáver”. El tercer cuento es “Cuadraturín”, una historia redonda, perfectamente circular, lleva al lector por los recovecos de las emociones y de las sensaciones. La pieza de más largo aliento es “Marcapáginas”, su longitud mayor al resto rompe un poco el ritmo, pero se mantiene en la línea de la inverosimilitud. Un elemento de lo más elemental para la escritura, para la hechura de las historias, para el seguimiento de una lectura como lo es el marcador de páginas se vuelve protagonista. Sigue “El codo sin morder”, que es un planteamiento a la perseverancia, pues se sabe que no lo logrará y pese a ello se insiste en hacerlo, se lleva incluso al protagonista a foros de mayor audiencia, un espectáculo por ejemplo, la gente con el aplauso calificará su triunfo o chiflará su derrota. Las mordidas en el brazo son testigos y marcas de su récord. El que le da nombre al volumen, “La nieva roja” desvela elementos de reconocimiento para el ser humano, luce el lado del filósofo que también fue Krzyzanowsi, llega a preguntar “¿Acaso no te has dado cuenta de que desde hace varios años en nuestra vida se ha introducido la inexistencia?”. La respuesta da giros, vuelcos, da vida a Shushashin, personaje en quien vuelca las emociones más diversas, se hace preguntas en voz alta, se responde y se evade, de nueva cuenta el vértigo se presenta en la casa. Cierra “La hulla amarilla”, broche perfecto para la imaginación y el pensamiento que en cada cuento el autor quiere compartir, y es que de la mejor manera nos lleva a preguntarnos por nuevas formas de energía, como por ejemplo la que se junta con la “ira que habita en multitud de individuos”, algo debemos ganar con tanto enojo, piensa el lector, y al fin alguien nos recomienda una salida adecuada. Luego de tantos años, la obra de Sigismund Krzyzanowsi nos llega en español, y es una oportunidad para conocer a un escritor que buscó producir con calidad antes que recibir el halago inmediato, que halló en la barrera un motivo más para seguir creando y que transformó la frustración en postergación para consolidar sus metas.
Hoy, La nieve roja y otros relatos, en una edición bien cuidada y una introducción clarificadora, le da eso que siempre buscó: respeto y proyección. Lo cual es lo mínimo que merece por su calidad estilística y su durabilidad pese a la oscuridad de la ignominia donde vivió, y que no hizo sino fortalecerlo.
Sigismund Krzyzanowsi, La nieve roja y otros relatos. Ediciones Siruela (colección Nuevos Tiempos), edición de Jesús García Gabaldón, España, 180 pp
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ en su edición del domingo 31 de marzo 2013.
lunes, 25 de marzo de 2013
La gente se siente desamparada cuando se sabe gobernada por sinvergüenzas
Entrevista con Fernando Aramburu
A inicios de febrero dimitió la Ministra de Educación de Alemania Annette Schavan, bajo acusaciones de plagio en su tesis doctoral. No era el primer caso en la administración de Angela Merkel, ya hace dos años el Ministro de Defensa, Karl-Theodor zu Guttenberg, había tomado la misma decisión a partir del descubrimiento de plagios en su tesis para obtener su grado de doctor.
En Alemania el título académico puede alcanzar la comparación de los títulos de la nobleza de sus países vecinos, de allí que esta noticia pegue en diversos sectores que componen la sociedad no sólo germana sino allende fronteras pues se percibe que aparentemente lo que se comienza a premiar es la trampa, sin embargo por fortuna cada vez se descubren más.
Fernando Aramburu, escritor español, impartió clases hasta 2009 en Alemania para dedicarse en cuerpo y alma a la escritura, desde su óptica lo acontecido con la ahora exministra de Educación “significa un ejemplo pésimo y una ofensa”. Su argumento se centra en los atajos que corrompen: “La circunstancia de que mediante trampas y mentiras se pueda medrar en la sociedad es por desgracia común, particularmente en algunos campos de la actividad humana, como la gestión política, la administración de bienes públicos, etcétera. Pero en la esfera del conocimiento es, además, un fraude peligroso. Y es una ignominia porque echa suciedad sobre el mundo universitario e implica abuso delictivo del esfuerzo ajeno”.
El perfil humanista debe rescatarse, evitar que se contamine y eso depende de la calidad humana de cada cual. “Algo falla en la persona que ama los jardines y los cubre de flores de plástico. Quien mire éstas de lejos acaso caiga en la ilusión. El embaucador no tiene esa posibilidad. Logrará objetivos materiales, pero ante el espejo de su casa estará siempre solo con su mirada”.
Desde su perspectiva el control de daños de la Primer Ministra fue bueno, y garantiza su gobernabilidad “desde el momento en que los ministros plagiaros dimiten. Otra cosa es que los hubiera mantenido en el cargo después que hacerse pública su conducta fraudulenta. No es este el caso de la canciller alemana, cuya dedicación a la política, como ella misma se encarga de repetir en sus discursos, está vinculada a la defensa de ciertos valores morales”.
La reflexión va más allá, pues lo que sucede en la clase política impacta en la clase que gobierna, los valores, la confianza, la comunicación, sufren transformaciones que pueden impactar para bien o para mal. A final de cuentas una crisis es también una oportunidad para salir fortalecido, si quien lo ataja de frente y con estrategia lo aprovecha.
Pero otra cosa sucede cuando esto es diferente, en palabras del autor de Los peces de la amargura, “la gente se siente desamparada cuando se sabe gobernada por sinvergüenzas. En tal caso, no es extraño que, movida por la resignación, la gente se desentienda de las cuestiones políticas. Hay opciones, a mi juicio, peores: Una es considerar que tiene derecho a saltarse las leyes como los que las promulgan y se supone que deberían defenderlas. Otra es que, por despecho, por desesperación o por lo que sea, se deje arrastrar por la tentación totalitaria”.
Ese es el combustible que la sociedad está tomando como llamado para participar de manera más activa en la toma de decisiones. Ejemplo de ello es la web alemana VroniPlag que se ha especializado en el rastreo de tesis doctorales plagiadas. En ella, signa el escritor, “participan profesores de universidad, estudiantes y todo aquel que lo desee. Tengo entendido que empieza a funcionar a las seis de la tarde, hora europea. Numerosas personas que no se conocen entre sí ni cobran un centavo intercambian datos, se reparten las actividades. Los éxitos cosechados hasta la fecha han animados a otros internautas a sumarse al rastreo”.
El daño por venir siempre está latente, al igual que las formas de erradicarlo. “Cuando existen mecanismos eficaces de control, las instituciones tienen la posibilidad de salir más o menos intactas de los casos de fraude. Y lo mismo puede afirmarse de la ley”.
El resultado salta a la vista, Aramburu hace el recuento: “A los dos ministros plagiaros de Angela Merkel se les probó la fechoría, se les aplicó la norma y santas pascuas”. Sin embargo, inmediatamente después viene el reclamo en forma de literatura, “Lo horrendo para la cohesión y el prestigio de una sociedad es que las faltas y los delitos queden impunes. Si el suelo está sucio, ¡qué más da tirar otro desperdicio! En cambio, si el suelo brilla de limpieza, uno se lo piensa antes de producir la primera mancha, a menos que sea un sujeto incivilizado, en cuyo caso no hay solución posible”.
Texto aparecido en Campus Milenio en su edición 501 del jueves 7 de marzo
sábado, 23 de marzo de 2013
Cuentos a deshora
Perteneciente a la llamada segunda generación del exilio español, Arturo Souto Alabarce nació en Madrid en 1930 y es hijo del pintor Arturo Souto Feijoo. Su nombre aparece en portadas de los libros que integran la colección “Sepan cuantos…” de la editorial Porrúa, pues varias introducciones son de su autoría, así como de la colección “Nuestros clásicos” de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde ha destacado como académico obteniendo incluso el Premio Universidad Nacional.
En ese perfil de investigador ha escrito varios títulos de análisis y formación literaria como “El romanticismo” (1965), “Grandes textos creativos de la literatura española” (1968), “Literatura y sociedad” (1972), “El ensayo” (1972) y “El lenguaje literario” (1985). Incluso la Universidad Autónoma Metropolitana en 1998 le otorgó el grado Doctor Honoris Causa.
En lo que respecta a su vena narrativa, en 1960 la misma UNAM publicó una colección de cuentos titulada “La plaga del crisantemo”, y desde entonces, no había salido a la luz un volumen con la obra de Souto Alabarce que no fueran piezas sueltas en antologías tanto en español como en otros idiomas.
Ahora, Bonilla Artiga editores pone en circulación “Cuentos a deshora”, una reedición de aquel volumen, actualizado y ampliado de este escritor original, serio, con fortaleza en las tramas y que va directo al grano cuando así se requiere, como por ejemplo en “Nunca cruces el parque ni vayas al este”, donde encuentra respiro el recuerdo más duro, el de la guerra española, el de la separación, del olvido, de la distancia, que describe de buena forma en las relaciones humanas: “Pacífico entre feroces, mi amigo era de una generación anterior a la mía y técnicamente le debía respeto, pero en tiempos de violencia y fragmentación como el nuestro, las generaciones se habían fracturado y ya nadie podía saber cuál era la más antigua o la más reciente”.
El ser humano que reflexiona tanto en lo interno como en voz alta, el que ata y desata las emociones, el mismo que transmite sentimientos diversos (“El miedo era al vacío, a la ausencia, a la nada, a la absoluta desolación”), así son algunas líneas de Souto, con una prosa limpia, estética, contundente.
Los cuentos son en su mayoría cortos, y en cada uno tiende un puente de complicidad con el lector, por ejemplo, “Tenebroso” conlleva cierta dosis de erotismo que le viene bien, mientras que por su parte “In memoriam” nos echa en cara gracias a su final original e inesperado, que la infidelidad sirve para nuevos casos, entre ellos para enaltecer el orgullo. Allí se ubica una descripción exacta de los tipos de personajes que gusta elaborar Arturo Souto: “Pertenecía Justino a esa clase que, sin salir nunca de la más oscura miseria, aborrece todo cambio”.
Por su parte el cuento que el da título a su primera obra, “La plaga del crisantemo” se integra de diversos elementos que lo transforman en una gran pieza, va de lo social colectivo a lo personal, el color grisáceo es un misterio que todo se empieza a comer, lo que los ojos alcanzan a ver mutan de color, o mejor dicho lo pierden, y se vuelve todo gris. Allí viene la crítica, pues al ser iguales muchas cosas pierden su valor, o mejor dicho se uniforman, los grupos sociales padecen la más gris de la felicidad.
No desperdicia la oportunidad y entre líneas podemos leer mensajes clasistas pero con cierto humor, por ejemplo cuando enlista a la par de la opinión pública o la prensa a “las amantes de los directores de los grandes periódicos”, lo cual parece no tiene nada que ver, pero no está forzada su integración, digamos que es un guiño de pocos genios.
Su clásico y más famoso cuento es “Coyote 13”, incluso podríamos decir que es su gran tema, pues también toca otras piezas como “El gran cazador” y “Los lagartos”, donde con tino lleva al ser humano en su constante batallar contra sí mismo, contra la soledad, contra el tedio. Se dibuja la individualidad a la par y con el similar contorno que tiene ese complemento del adversario.
El peso que le da a las descripciones a partir del protagonista sobresalen: “Y los ojos diminutos, contraída la pupila por años de blancura solar, eran azulgrises, inocentes y, al mismo tiempo, duros y secos, porque en ellos sólo se reflejaba el desierto, la superficie de inmensas soledades, geométrica y abstracta”. No es difícil prever que el coyote aparecerá tarde que temprano, sin embargo el desarrollo de la trama le da un poder diferente.
La capacidad de atracción de los cuentos de Arturo Souto, el magnetismo de algunos de sus personajes y escenas, la descripción de los ambientes, el pulso para dibujar instantes (gran manejo del elemento tiempo), se conjugan de buena forma para conformar un volumen de gran valía.
Además, sin duda le da la razón a José de la Colina, quien en el prólogo señala que “Coyote 13” es uno de sus veinte cuentos favoritos. Quizá los seguidores o nuevos lectores de Arturo Souto Alabarce, hallen otra pieza para la colección.
Arturo Souto Alabarce, Cuentos a deshora. Bonilla Artiga Editores (número 3 de la colección Las semanas del jardín), México, 2012; 157 pp.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ en su edición del domingo 24 de marzo 2013.
viernes, 22 de marzo de 2013
Microrrelatario de Ficticia
Hace poco más de una década nació el portal de Internet Ficticia.com, un mundo paralelo que sirvió para lo que hoy es común en la red de redes, pero en ese entonces apenas comenzaba: conocer y dar a conocer cuentos de cualquier parte del mundo hispanohablante. El éxito del naciente sitio web dio pauta a la vida real en papel. Así nació Editorial Ficticia comandada desde entonces por el escritor Marcial Fernández.
Una de las mayores atracciones del sitio web era un taller virtual nombrado desde su fundación como “La Marina”. Allí quien quisiera podía compartir un cuento (la mayoría cortos) y el resto de participantes lo comentaba; con mayor orden comenzó a funcionar como taller, y hasta la fecha esa dinámica persiste, gusta, es buscada.
El sitio web cuenta con un número bastante respetable de autores reconocidos quienes amablemente permitieron al mundo de Ficticia que publicara de manera virtual alguno o algunos de sus cuentos, por ello el convivio entre los “famosos” y los “novatos” se presenta de manera natural.
Como consecuencia de ese gustado taller, hoy sale a la luz Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia, compilados por Alfonso Pedraza, personaje central en dicho taller virtual. En el volumen se ubican ese número de relatos breves de la hechura de cuarenta y siete autores de México, España, Argentina, Colombia y Francia, y para muestra algunos botones:
Microficción: “Era un hombre de letras. No tenía palabra”, de Gustavo Marcovich. Orden alterado: “Cada mañana saltaba de la cama al baño, del baño a la cocina, de la cocina a la escalera, de la escalera a la calle, de la calle a la oficina y vuelta de nuevo, hasta que un día se quebró la rutina y el destino dispuso que saltara de la cama a la calle, hecho mil pedazos”, de Luis Terregrosa. Paranoia: “Sus tres intentos frustrados de suicidio le provocaron una seria paranoia. La vida lo perseguía implacablemente”, de Jorge Pardo Pedrosa. Aviso oportuno: “Se solicitan fantasmas para devolver capacidad de asombro. Interesados, favor de presentarse sorpresivamente”, de Beatriz Patraca. Anuncio: “Vendo margarita especial, tamaño XL, con amplios, amarillísimos y tersos pétalos, suaves al tacto, infinitos, para que nunca termine tu duda. Uno, para el ‘me quiere’, otro, para el ‘no me quiere…’. Y así hasta la eternidad. Para que te mueras ahogado entre pétalos sin llegar a oír lo que más temes, lo que más te aterra, lo que por nada del mundo quisieras escuchar”, de José Manuel Dorrego Sáenz. Sin retiro: “Cuando la joven, bella y arrepentida prostituta cruzó las puertas del cielo, creyó que había sido absuelta de sus pecados. Ignoraba que en verdad la requerían, clandestinamente, por su oficio”, de Gabriel Bevilaqua. Intuición femenina: “La acarició y la besó antes de colocarla sobre la marca de los once pasos. Mujer al fin y al cabo, la pelota percibió lo falso de aquel acto y fue directa a los brazos del portero”, de José Manuel Ortiz Soto. Y Justicia: “Dado que todas las pistas conducían a él, se entregó a la policía. Ya cometería el crimen cuando saliera de prisión”, de José Luis Sandin.
Cada uno de estos microrrelatos son universos que van en una misma sintonía, personajes diversos, voces frescas. Muchos se identifican por haber sido finalistas de múltiples concursos, esos que no llegan al primer lugar pero vale la pena leerlos, esos mundos y esos relatos que merecen ser conocidos, por eso y para eso se creó Ficticia, espacio único donde los habitantes marcan el ritmo de las letras.
Lo que unen a estos relatos mínimos son la sorpresa, la brevedad y la calidad, bienvenidos los cien fictimínimos (inevitable recordar al poeta Carlos Pellicer con sus poemínimos), seguro que en el taller “La Marina” se siguen cociendo a fuego lento los demás que darán continuación a este proyecto que salta de la pantalla al papel.
Alfonso Pedraza (compilador), Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia, Editorial Ficticia (colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo, número 34), México, 2012; 113 pp.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ del domingo 17 de marzo de 2013.
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